¿Qué ocurre con las mascotas cuando mueren? La cifra que preocupa cada vez más en México

Millones de perros y gatos mueren cada año en México sin una despedida digna, mientras crece una industria funeraria que intenta transformar el duelo animal.

La muerte también forma parte del vínculo que construimos con los animales. Sin embargo, en México, ese último acto de cuidado todavía está marcado por el abandono, la desinformación y la falta de opciones accesibles. De acuerdo con cifras compartidas por la funeraria J. García López, hasta el 75% de las mascotas termina en la basura al morir, una realidad que no solo refleja una deuda emocional con los animales de compañía, sino también una crisis ambiental y cultural profundamente normalizada. Mientras perros y gatos ocupan cada vez más un lugar afectivo dentro de los hogares, el destino de sus cuerpos sigue siendo tratado como un residuo más. El contraste resulta inquietante: vivimos rodeados de discursos sobre amor animal, pero millones de mascotas continúan desapareciendo en silencio, sin ritual, sin memoria y, muchas veces, sin dignidad.

El último abandono también ocurre después de la muerte

Hablar de mascotas suele remitir a afecto, compañía y bienestar emocional, pero pocas veces se habla de lo que ocurre cuando mueren. En ciudades con sistemas de residuos ya saturados, desechar cadáveres animales en la basura genera un impacto ambiental y sanitario que rara vez entra en la conversación pública. La situación se agrava si se considera que, según el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi), alrededor del 70% de perros y gatos en México vive en situación de calle. Eso significa millones de animales expuestos al abandono incluso después de la muerte.

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Muchos terminan en basureros clandestinos, calles o espacios públicos, formando parte de un paisaje urbano donde la vida animal parece perder valor rápidamente. En términos ecológicos, el manejo inadecuado de restos orgánicos puede contaminar suelo y agua, además de convertirse en un foco de bacterias y enfermedades. Pero el problema también es simbólico: la forma en que una sociedad trata a sus animales muertos revela su relación con la vida, el consumo y la responsabilidad colectiva.

Cuando el amor también aprende a despedirse

Durante mucho tiempo, perder una mascota fue considerado un dolor “menor”. Socialmente, el duelo animal quedó relegado a la intimidad, como si el afecto hacia un perro o un gato no mereciera reconocimiento. Sin embargo, algo comenzó a cambiar. Hoy, cada vez más personas entienden a sus mascotas como parte de la familia, no como una posesión reemplazable. Según datos de la Universidad del Valle de México, el 43% de las personas en el país considera a sus mascotas como hijos. Esa transformación emocional abrió espacio para nuevas formas de despedida: cremaciones individuales, velaciones, urnas biodegradables y memoriales diseñados para honrar la memoria de los animales.

Más que un negocio emergente, estos rituales responden a una necesidad humana profunda: reconocer el vínculo creado con otro ser vivo. Algunas funerarias incluso acondicionan espacios similares a jardines para permitir que las familias acompañen el cuerpo de su mascota antes de la cremación. En ciertos casos, se invita a escribir cartas o compartir recuerdos como parte del proceso de duelo. La muerte deja de ser únicamente un trámite y comienza a entenderse como un acto de cuidado final.

La muerte de mascotas abre una conversación incómoda en México

La cremación de mascotas en México crece como una alternativa más consciente frente al abandono o el desecho tradicional. Los servicios especializados realizan cremaciones individuales en hornos adaptados específicamente para animales, garantizando que las cenizas entregadas correspondan realmente a cada mascota. Además de responder a una necesidad emocional, la cremación evita prácticas que pueden resultar contaminantes. Algunas empresas incluso ofrecen urnas ecológicas con semillas integradas para transformar las cenizas en árboles o plantas, proponiendo una visión más natural de la despedida: la muerte como parte de un ciclo y no como un final desconectado de la tierra.

Sin embargo, el acceso sigue siendo desigual. Los costos de una cremación individual pueden ir de mil 250 a más de 7 mil pesos dependiendo del servicio. Para muchas familias, especialmente en contextos de precariedad económica, estas opciones siguen siendo inaccesibles. La despedida digna todavía parece depender del poder adquisitivo. En un país donde millones de animales viven y mueren en abandono, la conversación sobre el derecho a una muerte digna para las mascotas apenas comienza.

La forma en que despedimos animales dice quiénes somos

México vive un momento contradictorio. Por un lado, el mercado de cuidado animal no deja de crecer. Según la firma Imarc Group, la industria pet supera los 5 mil 600 millones de dólares y podría alcanzar los 8 mil 400 millones hacia 2034. Por otro, persisten escenas cotidianas de abandono, maltrato y desinterés estructural hacia los animales más vulnerables. La expansión de funerarias y servicios memoriales evidencia un cambio cultural importante, pero también deja al descubierto una pregunta incómoda: ¿hemos aprendido realmente a convivir con otras especies o solo consumimos nuevas formas de afecto?

En muchas culturas antiguas, los rituales funerarios eran una manera de agradecer el paso de otros seres por el mundo. Hoy, frente a una crisis ambiental global y una creciente desconexión con la naturaleza, quizás despedir dignamente a una mascota también implique recuperar algo esencial: la capacidad de reconocer que toda vida, incluso la más pequeña, deja una huella.

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