En el corazón de la Antártida, un duelo inesperado se repite bajo las olas: ballenas jorobadas contra orcas. No se trata de una competencia por territorio o alimento, sino de algo que parece más cercano al altruismo. Una pareja de jorobadas nadó directo hacia una manada de orcas B1 en plena cacería de una foca de Weddell. Lo que siguió dejó perplejos a científicos y cineastas: un intento de sabotaje que podría cambiar lo que sabemos sobre la vida emocional de estos gigantes marinos.
Las ballenas jorobadas como defensoras del océano
Las ballenas jorobadas (Megaptera novaeangliae) son conocidas por sus cantos melódicos y sus espectaculares saltos, pero en los últimos años han ganado fama por otra razón: intervenir en las cacerías de orcas. En diferentes mares del mundo, desde Alaska hasta la Antártida, se han documentado casos en los que estas ballenas se interponen entre depredadores y sus presas, incluso si no son de su especie.

En el caso observado por el cineasta Bertie Gregory para Animals Up Close, las orcas B1 (una población rara y en peligro) utilizaban una técnica letal: desintegrar el hielo desde abajo para obligar a la foca a entrar al agua. En ese momento, dos ballenas jorobadas irrumpieron con un estruendoso sonido que vibró incluso en el casco del barco, como un “barrito” marino. Aunque llegaron tarde para salvar a la foca, su intención parecía clara: molestar y posiblemente ahuyentar a las orcas.
Una rivalidad con historia
¿Por qué las ballenas jorobadas harían esto? La explicación más aceptada es que las orcas, en ocasiones, atacan a las crías de jorobadas. Esa amenaza pudo haber impulsado una respuesta instintiva: acosar a las orcas siempre que cazan, para reducir el riesgo en el futuro. Sin embargo, los datos sugieren que estas intervenciones van más allá de la autoprotección.

La bióloga Alisa Schulman-Janiger recuerda un caso en 2012 en el que varias jorobadas nadaron kilómetros solo para acosar durante siete horas a un grupo de orcas que devoraban una cría de ballena gris. Lo más curioso es que ignoraron grandes cantidades de krill (su alimento favorito) durante ese tiempo. Ese sacrificio energético sugiere un fuerte componente emocional.
Estrategias de confrontación
Las ballenas jorobadas cuentan con armas naturales: enormes aletas pectorales con protuberancias afiladas que, al cubrirse de percebes, se vuelven aún más dañinas en un golpe. Han sido vistas embistiendo y abofeteando a orcas, causando lesiones que pueden complicar la vida de un depredador.

En la escena de la isla Adelaida, sin embargo, la táctica fue diferente: nadar de frente y emitir potentes vocalizaciones. Los científicos creen que esto puede funcionar como acoso psicológico, haciendo saber a las orcas que han sido detectadas y arruinando el factor sorpresa. No es un enfrentamiento físico directo, pero sí una señal de que no todo está bajo su control.
Un duelo en un océano cambiante
La historia tiene un matiz inquietante: las orcas B1 están disminuyendo a un ritmo estimado del 5% anual. El cambio climático está reduciendo el hielo marino y dejando más playas e islas al descubierto, lo que dificulta aplicar sus técnicas de caza sobre el hielo. A largo plazo, esto podría alterar por completo el equilibrio entre depredadores y presas en la región.

Aun así, si las orcas desarrollan nuevas estrategias, es posible que las ballenas jorobadas continúen interviniendo, adaptándose a sus nuevos movimientos. Después de todo, la rivalidad parece más emocional que práctica.

Las ballenas jorobadas no son simples espectadores en el drama del océano. Su tendencia a interponerse en cacerías de orcas (incluso cuando la presa no es de su especie) sugiere un comportamiento complejo, quizá motivado por memoria, instinto o algo que, en humanos, llamaríamos empatía. En un mar que cambia tan rápido como el clima que lo rodea, cabe preguntarse: ¿seguiremos descubriendo actos de “heroísmo” animal o estamos viendo los últimos capítulos de esta rivalidad milenaria?




