Cada otoño, los habitantes de Corvo —la isla más pequeña de las Azores, en Portugal— hacen algo que pocas comunidades del mundo harían: apagan el alumbrado público completo para que miles de aves marinas recién nacidas encuentren el océano. Las aves en cuestión son los cagarros, una especie marina que realiza su primer vuelo nocturno guiándose por las estrellas y la luz del horizonte del mar. Las luces artificiales las desorientan, las empujan tierra adentro y muchas mueren antes de llegar al agua. Desde 2015, esta práctica colectiva ha permitido rescatar más de 30,000 juveniles en todo el archipiélago de las Azores.
Por qué las luces matan a los cagarros antes de que vuelen
Los cagarros —nombre científico Calonectris borealis— nacen en nidos subterráneos en acantilados y laderas rocosas. Cuando llega el momento de su primer vuelo, generalmente entre septiembre y noviembre, los polluelos emergen de noche y buscan instintivamente la fuente de luz más brillante del horizonte: en condiciones naturales, esa luz es el reflejo del cielo sobre el océano. Pero donde hay farolas, anuncios o ventanas encendidas, el sistema falla. Las aves giran en círculos, se estrellan contra edificios o caen agotadas en calles y aparcamientos.
El fenómeno no es exclusivo de las Azores —ocurre en islas de todo el Atlántico y el Mediterráneo—, pero la contaminación lumínica y sus efectos en la fauna nocturna es un problema que pocas comunidades han decidido atacar de forma tan directa como Corvo. Aquí no hay campaña corporativa ni subvención europea detrás del gesto: es un acuerdo entre vecinos que lleva más de una década funcionando.
Una isla entera de acuerdo, y 30,000 aves vivas para contarlo
Corvo tiene menos de 450 habitantes. Eso hace que el consenso sea posible de un modo que en una ciudad grande sería impensable: cuando el municipio pide apagar las luces, las apagan. Hoteles, casas particulares, la administración local. Todo.
Los datos acumulados desde 2015 en el archipiélago de las Azores muestran que el sistema funciona: más de 30,000 cagarros juveniles rescatados en total, unos 6,000 solo en Corvo. Los rescates los hacen voluntarios y equipos de conservación que recorren las calles en las noches de mayor actividad, recogen a los que se han desorientado y los llevan a la costa para que retomen el vuelo. La mayoría sobrevive si se interviene a tiempo.
Hay algo que merece nombrarse: esto no es altruismo abstracto. Los habitantes de Corvo conviven con los cagarros desde generaciones. La especie anida en sus terrenos, forma parte del paisaje sonoro de la isla, está en su historia. Apagar las luces no es un sacrificio —es, en todo caso, devolver algo que el progreso tomó prestado.
