El dodo desapareció de Mauricio hace más de 300 años y durante siglos lo usamos como sinónimo de algo irrecuperable. Ahora un equipo de científicos en Texas identificó alrededor de 2,300 fragmentos de ADN vinculados a los rasgos físicos del ave mediante inteligencia artificial, un avance que reabre una pregunta que parecía cerrada: ¿qué tan lejos puede llegar la ciencia cuando decide recuperar lo que la humanidad destruyó?
¿Qué encontraron exactamente y por qué es tan complicado?
El ADN de especies extintas no llega intacto. Con los siglos se degrada, se fragmenta y pierde información, lo que hace casi imposible distinguir qué secuencias son exclusivas de una especie y cuáles son variaciones genéticas comunes entre animales emparentados. Esa es la razón por la que los 2,300 fragmentos identificados no son suficientes para reconstruir un dodo de cero, pero sí para empezar a entender qué lo hacía ser lo que era.
El proyecto, desarrollado en Texas, usó inteligencia artificial para analizar esos fragmentos y conectarlos con rasgos físicos específicos del ave. No se busca un clon genético perfecto. Lo que los científicos persiguen es comprender los cambios genéticos que diferenciaban al dodo de sus parientes actuales, particularmente de la paloma de Nicobar, el ave viva más cercana al dodo en términos evolutivos. Esa paloma sería el punto de partida para, mediante edición genética, intentar reproducir algunos de los rasgos del ave extinta.
Jurassic Park era ficción. Esto también tiene límites, pero son distintos
La comparación con Jurassic Park aparece sola, pero la diferencia es sustancial: en la película de Spielberg se clonaban dinosaurios a partir de ADN preservado en ámbar, una premisa que la ciencia descartó hace décadas. Lo que ocurre con el dodo es diferente: no hay clonación, hay edición genética en animales extintos, y el resultado nunca sería un dodo idéntico al que caminó por Mauricio antes de que los marineros europeos lo cazaran hasta el último ejemplar.
Lo que sí podría obtenerse es un ave con características que recuerden al dodo: morfología, quizá comportamiento, rasgos que la evolución construyó durante milenios en esa isla del océano Índico. El debate ético ya está sobre la mesa: si se introduce un animal así en un ecosistema, ¿a cuál ecosistema pertenece? El de Mauricio hoy no es el de hace 300 años. Las especies que convivían con el dodo también desaparecieron o cambiaron. Revivir una pieza del rompecabezas no reconstruye el rompecabezas.
Aun así, el valor científico del proyecto va más allá del dodo. Entender cómo el ADN antiguo codifica rasgos físicos podría abrir puertas para la conservación de especies en peligro crítico hoy, aquellas que todavía están a tiempo. El dodo funcionaría, paradójicamente, como modelo para salvar a los que aún no se han ido.
- Kathleen Martínez y la búsqueda de especies perdidas




