En el corazón salvaje de Alaska, una decisión judicial volvió a abrir un debate ambiental profundamente incómodo. El estado autorizó nuevamente la matanza aérea de osos pardos y negros para intentar recuperar a la manada de caribúes de Mulchatna, cuya población cayó de casi 200 mil ejemplares en los años noventa a poco más de 16 mil en 2025. Helicópteros sobrevuelan zonas de parto mientras cazadores disparan desde el aire a depredadores considerados una amenaza para las crías. La medida, respaldada por autoridades estatales, enfrenta fuertes críticas de científicos y organizaciones ambientales que advierten sobre las consecuencias de alterar aún más un ecosistema ya afectado por enfermedades, pérdida de alimento y cambio climático.
La caída de una de las grandes manadas de Alaska
Durante décadas, los caribúes de Mulchatna fueron símbolo de abundancia. Miles de animales recorrían el suroeste de Alaska y sostenían la alimentación de comunidades indígenas que dependían de ellos para sobrevivir. Pero el equilibrio comenzó a romperse lentamente. Las cifras muestran un colapso alarmante. De casi 200 mil caribúes registrados en 1997, la población cayó a cerca de 12 mil en 2019. Aunque en los últimos años hubo una ligera recuperación, los especialistas coinciden en que la manada continúa en estado crítico.

Detrás de esta caída aparecen múltiples factores: enfermedades como la brucelosis, pérdida de líquenes esenciales para alimentarse, alteraciones en el hábitat y un clima que cambia más rápido de lo esperado. En un ecosistema tan delicado, cada modificación deja huellas profundas. El calentamiento del Ártico altera rutas migratorias, transforma la vegetación y modifica ciclos naturales que durante siglos permanecieron estables. Alaska ya no es el mismo territorio que conocieron generaciones anteriores.
La estrategia que convirtió a los osos en objetivo
Ante el declive de la manada, el Departamento de Pesca y Caza de Alaska decidió intensificar un programa de “manejo de depredadores”. La lógica parece simple: si menos osos y lobos cazan crías de caribú, más animales sobrevivirán. Pero la realidad ecológica rara vez funciona de manera tan lineal. Desde 2023, equipos autorizados por el estado comenzaron a recorrer miles de kilómetros cuadrados en helicópteros y avionetas para localizar osos pardos, osos negros y lobos durante la temporada de parto.

En apenas tres años fueron eliminados cerca de 191 osos y alrededor de 20 lobos. La medida provocó una ola de críticas porque los osos no son únicamente depredadores: también son piezas esenciales del equilibrio natural. Los grandes carnívoros regulan poblaciones, dispersan nutrientes y sostienen procesos invisibles que mantienen viva la biodiversidad. Su ausencia puede desencadenar efectos en cadena difíciles de revertir.
Un debate que enfrenta ciencia, ética y supervivencia
El fallo del juez Adolf Zeman, emitido en mayo de 2026, permitió reactivar temporalmente las operaciones aéreas pese a las demandas impulsadas por organizaciones como Alaska Wildlife Alliance y Center for Biological Diversity. Los grupos ambientalistas sostienen que el estado no posee datos sólidos sobre la cantidad real de osos en la región y advierten que eliminar cientos de ejemplares podría afectar poblaciones enteras. También cuestionan la base científica del programa. Diversos estudios señalan que la depredación no sería la principal causa del colapso de los caribúes.

Para muchos investigadores, el problema está más relacionado con la degradación del hábitat y los efectos acumulados del cambio climático. Aun así, el gobierno estatal defiende la estrategia. Según las autoridades, los índices de supervivencia de crías mejoraron tras las primeras temporadas de control de depredadores. Para comunidades que dependen históricamente de los caribúes como fuente de alimento, recuperar la manada representa una cuestión cultural y de subsistencia. El conflicto revela una pregunta incómoda: ¿qué especie merece ser protegida cuando ambas forman parte del mismo ecosistema?
El riesgo de intervenir en un ecosistema herido
Los osos pardos de Alaska son mucho más que una imagen icónica de la vida salvaje. Su presencia moldea bosques, ríos y cadenas alimenticias completas. Algunos transportan restos de salmón desde los ríos hacia zonas boscosas, fertilizando el suelo y alimentando otras especies. Otros regulan dinámicas entre herbívoros y pequeños depredadores. Eliminar grandes carnívoros puede producir las llamadas “cascadas tróficas”, alteraciones que afectan múltiples niveles del ecosistema. En un territorio ya golpeado por incendios, deshielo y cambios climáticos acelerados, varios científicos temen que estas intervenciones reduzcan todavía más la resiliencia ecológica del Ártico.

La controversia alrededor de la matanza de osos en Alaska no trata únicamente sobre caribúes o depredadores. Habla de una naturaleza sometida a presiones cada vez más intensas y de la dificultad humana para aceptar que muchos desequilibrios actuales no tienen soluciones simples. Mientras helicópteros sobrevuelan los paisajes helados del suroeste de Alaska, la pregunta permanece abierta: ¿es posible reparar un ecosistema fragmentando aún más sus piezas esenciales?




