No tires el aceite usado de la cocina: mejor dale una segunda vida con estos consejos

El residuo que deja el aceite de cocina es uno de los principales contaminantes del agua, pues requieren de un proceso complejo de eliminación.

El aceite es un recurso útil para la cocina, pues no sólo facilita el proceso, también brinda un sabor único al platillo. Sin embargo, en muchas ocasiones, se quedan cantidades excesivas dentro de la sartén y tendemos a tirarlas por el drenaje –afectando en su mayoría a los mantos acuíferos de nuestro planeta, así como a su biodiversidad–.

El residuo que deja el aceite de cocina es uno de los principales contaminantes del agua, pues requieren de un proceso complejo de eliminación. De hecho, un litro de aceite puede contaminar hasta 1 000 litros de agua, lo cual equivale a lo que bebe una persona durante un año.

Te compartimos medidas de prevención que te serán útiles, y de ese modo también formar parte del cuidado del medio ambiente:

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– Lleva los residuos al Mercado de Trueque de la Secretaría del Medio Ambiente del Gobierno del Distrito Federal. Cada segundo domingo de cada mes puedes llevar el aceite, evitando que acabe en tuberías, drenaje y ríos.

– Dona el aceite de cocina En muchas ciudades se está pidiendo donar el aceite de cocina usado, y así convertirlo en biodiésel de combustión más limpia. Este producto es un combustible no tóxico y biodegradable capaz de encender el motor de un auto ayudando al medio ambiente. Hay lugares de recolección designados donde se puede donar el aceite; basta con realizar una pequeña búsqueda en Internet escribiendo “donación de aceite de cocina –en x ciudad–“.

– Utilízalo para frotar las palas de nieve, que ayudarán a que la nieve se pegue.

– Haz una lámpara de aceite, principalmente cuando hay cortes de energía eléctrica y se está en la oscuridad durante mucho tiempo.

– Lleva grandes cantidades de aceite a un restaurante local, quienes se encargarán de prolongar su vida con el mejor uso.

 



Un día en la vida de los niños monje (Video)

Un breve cortometraje en silencio relata un día entero en la vida de estos niños que se preparan para ser monjes.

Si lo que se quiere es extraer aprendizaje valioso de una vida, hay que buscar más allá de los libros; hay que dirigirnos a la experiencia cotidiana y observar. Concretamente, aquella que aún resguarda los pilares de un origen, por ejemplo, la experiencia que nos regala la tradición y la cultura.  

El caso de los niños preparados para ser monjes budistas, en lugares como el Tíbet, Tailandia o Sri Lanka, es un ejemplo, y uno muy único. Para muchos loable, para otros habitual, pero todos concuerdan con que sin duda es un acto férreo. Durante semanas, meses y algunos casos toda la vida, estos niños adquieren hábitos como la meditación, la oración y sobre todo la disciplina de madrugar. Costumbres tan simples se transforman en un ritual con la frecuencia, transformando no sólo la manera de concebir el mundo desde pequeños, también su destino.

Si bien esta tradición puede parecernos asombrosa en otros lugares de la orbe, la sorpresa que para este texto interesa no es el acto de convertirse en monjes desde pequeños, sino eso que podemos ver como un “sacrificio“, pero que para ellos es un acto natural en la vida cotidiana. Dicho de otra forma, un sacrificio que destila simplicidad, o encuentra asombro en las cosas más sencillas de la vida. Muchos de estos niños, por ejemplo, se vuelven mojes para hacer méritos por su madre, un sacrificio bastante noble. 

Como una especie de cortometraje, los siguientes videos nos muestran un poco de esa cotidianidad fresca que viven los niños monje (pirivena) durante su preparación. Se mira a un grupo de muchachos de Sri Lanka, levantarse de madrugada para asearse y comenzar a orar antes del amanecer, mientras otro monje mayor les prepara el té. Vemos cómo ofrecen a Buda Pūjā en uno de los principales santuarios, realizan breves sesiones de meditación y siguen sus estudios, que incluyen temas como las matemáticas.

Sin mencionar una sola palabra el día a día de estos niños budistas continua, y se desliza por la simplicidad de actos como barrer y limpiar el templo. 

Aunque a muchas personas no les gusta la idea de que los niños se conviertan en monjes, de hecho sus vidas usualmente suelen ser muy ordenadas, pacíficas y educativas. Durante su preparación también aprenden autodisciplina, el complejo acto de vivir con los demás y cómo enriquecer sus propias vidas y servir a las comunidades en las que viven.



¿Cuál es la huella ecológica de tu perro según sus objetos? Fotografías para reflexionar

Los perros también tienen posesiones: ¿qué significa eso para el planeta?

Un perro no concibe los objetos como nosotros lo hacemos, pero cada uno va haciéndose de algunas posesiones personales que significan tanto para ellos como podrían significar para nosotros. Además, como la fotógrafa Alicia Rius quiso destacar en la serie A dogs life, los objetos que los perros poseen a lo largo de sus vidas conforman su identidad.

A dogs life es una original indagación en aquello que los afectos personales dicen sobre la personalidad de los perros, todo captado en una sola y expresiva imagen. El resultado es divertido e invita a reflexionar sobre los perros como seres complejos, los cuales tienen sus propias filias y fobias.

Pero adicionalmente, y aunque ese no es el objetivo original de Rius, nos hacen pensar en lo que consume nuestro perro en términos de recursos. Esto, en las fotografías de Rius, puede verse en toda su magnitud:

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Aquí el perro de tipo “princesa” en la serie A dogs life que, como puede apreciarse, tiene acceso a más cosas de lo que lo tienen millones de personas en el mundo.

Según un estudio de la University of California, los perros y los gatos son responsables de hasta un 30% del consumo de carne en Estados Unidos.

Sin embargo, escasean los estudios sobre el impacto que las mascotas tienen para el planeta. Pero no es difícil adivinar que la huella ecológica que dejan los perros es enorme, no sólo por lo que comen, sino por los objetos de los cuales hacen uso.

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Desde los accesorios que usamos para su aseo, los collares y correas para pasearlos, pasando por las camas para que duerman, sus juguetes y hasta las bolsas de plástico para recoger sus heces: todo debería ser tomado en cuenta en índices que recogieran lo que la parafernalia canina implica para el planeta.

Pero según la investigación de Brenda y Robert Vale, una pareja especializada en viviendas ecológicas y autores del libro ¿Hora de comerse al perro? La guía real para una vida sostenible, el mantenimiento de un perro mediano deja una huella ecológica superior a la de un vehículo 4×4.

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Es evidente que la conciencia ambiental tiene que irradiarse a tal grado que pueda proponer y fomentar una vida sustentable en los perros, algo que depende de nosotros más que de ellos.

Generar, por ejemplo, una industria de comida orgánica para perros que sea amigable con el ambiente sería un compromiso no sólo con la salud de nuestros perros, sino con la del planeta.

Eso, y dejar de hacer a nuestros perros consumidores de objetos innecesarios, es una tarea urgente si queremos seguir compartiendo la vida –y el mundo– con ellos.

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