¿Por qué es importante favorecer el comercio justo al momento de elegir un producto?

Fortalecer a los pequeños productores es asegurar una producción más limpia, sana e incluyente: a nadie conviene que las transnacionales sean las únicas proveedoras y propietarias de nuestros productos

Las campanas del libre mercado resonaron con gran fuerza sobre todo en la segunda mitad del siglo pasado. Como si las libertades individuales culminaran y fueran equiparables con el libre mercado, los organismos internacionales como el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial y economistas como Milton Friedman y Friedrich von Hayek promovieron el neoliberalismo como una panacea y última corona de las libertades.

Sin embargo, como anunciaban algunos intelectuales como Wallerstein, el capitalismo del neoliberalismo sería insostenible porque la ambición por sí misma es desmedida y debe ser regulada (lejos del distanciamiento del Estado que promueve el neoliberalismo). Otro gran ingrediente del neoliberalismo que lo hace insostenible es que se inhumaniza, se vuelve abstracto. Estos supraelementos que son las corporaciones, que se desmenuzan en las bolsas de valores sin pertenecer aparentemente a nadie, hacen que la influencia de estas sea ubicua y a la vez de nadie. Una supraentidad a la que se obedece, se le teme, pero no se le conoce.

Mientras las especulaciones y el lobby en los sistemas políticos favorecen a ciertas empresas, el verdadero mercado, las personas de carne y hueso son dejadas atrás por la liberación de capitales que suelen beneficiar a pocos: los afortunados que saben jugar ese juego por cultura, ambición, perspicacia y en pocos casos, por el azar. Mientras los precios internacionales de los granos fluctúan, por ejemplo, en relación a los grandes productores del mundo, los campesinos locales deben adecuarse a estos cambios aunque estén completamente excluidos de esa dinámica.

Es decir, las reglas que rigen el libre mercado están verdaderamente lejanas a las economías locales a pequeña escala y el neoliberalismo promovido desde muchos gobiernos busca abarcarlo todo, llegar a los más mínimos y recónditos espacios para integrar su dinámica supuestamente buena para todos. Pero, en el caso mexicano, que adoptó las medidas de organismos internacionales como el Banco Mundial, la pobreza persiste desde hace 30 años en los mismos niveles (la mitad de la población), fenómeno que se repite en otros países igualmente endeudados con los organismos internacionales y enfrascados en la falta de oportunidades para sus habitantes, que siguen esperando las promesas del neoliberalismo.

Ante esto, hay quienes voltean a ver a lo pequeño; no los cambios radicales del sistema, sino eso que apenas se va abriendo paso en una sociedad: una mayor conciencia en numerosos aspectos, incluyendo el consumo. La economía solidaria o el comercio justo van creciendo paulatinamente, sin escándalos y con una fortaleza que viene de su legitimidad.

¿Qué es el comercio justo?

La economía solidaria o comercio justo es un tipo de economía: una forma de producción, consumo y distribución de la riqueza centrada en la valorización del ser humano y no en la priorización del capital.

Sus principales virtudes:

  • Garantizar a los productores y productoras un salario y unas condiciones laborales justas.
  • Asegurar que los niños y niñas no sean explotados; estos pueden ayudar a sus familias, pero en ningún momento se pondrá en riesgo su desarrollo y se asegurará su educación, descanso y el ocio propio de su edad.
  • Las organizaciones productoras deben destinar una parte de sus beneficios a las necesidades básicas de sus comunidades: sanidad, educación, agua, saneamiento y seguridad alimentaria. El comercio justo debe contribuir al desarrollo de toda la comunidad.
  • El funcionamiento de las organizaciones productoras debe estar basado en la participación y la democracia y velará por la igualdad entre hombres y mujeres.
  • Las relaciones comerciales se basarán en el diálogo, la transparencia y el respeto mutuo, asegurando que estas relaciones sean a largo plazo y garanticen el pago una vez formalizado el contrato.
  • La producción se realizará garantizando la protección del medio ambiente.
  • Los productos de comercio justo serán elaborados bajo normas de calidad.

 

¿Por qué favorecer el comercio justo?

Cuando compramos comercio justo solemos favorecer a los pequeños productores, que son justo los que producen en pequeñas escalas, lejos de los procesos industriales tan dañinos. Es decir, los productos de pequeñas cooperativas o campesinos suelen ser mucho más sanos porque, además, deben cumplir ciertos requerimientos de calidad. De esta manera ayudas a que los grandes consorcios no sean los únicos que venden alimentos, por ejemplo, sino que también exista un mercado alternativo que produce alimentos más sanos y desde técnicas tradicionales.

Uno de los grandes problemas del capitalismo neoliberal es que la repartición de la riqueza en la cadena de producción suele ser poco equitativa y más aún, cuando los precios están globalizados. De esta manera, los más marginados han creado con el comercio justo una forma de participar en el capitalismo desde un mercado más informado y consciente, que persigue intereses de justicia y responsabilidad social además de individuales.

Cabe advertir que no todos los productos etiquetados como comercio justo son realmente auténticos. Está probado, por ejemplo en el documental Oro negro, cómo cadenas como Starbucks, Procter & Gamble, Nestlé y Kraft, quienes controlan más de 50% del mercado de 80 mil millones de dólares que genera la industria del café, en realidad abusan de este tipo de conceptos y compran el café a minúsculos precios a los productores, pese a etiquetarse como comercio justo.

Como siempre, quizá la mejor forma de que puedas asegurarte de que el producto que compras sea realmente de comercio justo es que provenga de productores locales cercanos. Recuerda: mientras más se aproximen los productos a la producción a pequeña escala y cercana a tu comunidad, serán más auténticos.

 Twitter del autor: @anapauladelatd

Autor: Ana Paula de la Torre
Politóloga de carrera, colabora para diversas publicaciones digitales como Pijama Surf. Creadora del proyecto ciudadano yanostoca.com. Y pintora ocasional


La economía budista: una propuesta para comenzar a cultivar bienestar por encima de la productividad

Un modelo de economía budista, según Clair Brown, busca cultivar la prosperidad compartida

El mundo no tiene suficientes recursos como para que todo seamos millonarios, pero tal vez sí suficientes para que todos podamos vivir moderadamente. La economía tradicional cree que más es más, mientras que la economía budista considera que menos es más.

El trabajo y el dinero son sólo una parte de la vida; existen otras cosas en qué involucrarse. Así es como los economistas interesados en el budismo traducen la ecuación de las finanzas. Crecimiento y desarrollo basado en principios espirituales (incluso naturales) como la felicidad misma, sería la premisa de una economía budista, en vez de adquisición de bienes materiales; en esencia, darle prioridad a lo que es importante, las personas.

La doctora Clair Brown es profesora de economía y la directora del Centro para el Trabajo, la Tecnología y la Sociedad de Berkeley. Interesada en estudiar la pobreza y formas alternativas al capitalismo escribió Buddhist Economics: An Enlightened Approach to the Dismal Science, donde el planteamiento fundamental es que necesitamos, en todo el mundo, un modelo holístico de economía.

El budismo es el camino de no excederse, el camino medio; en términos del dinero y los bienes, esto implica “tomar lo suficiente”. Si el capitalismo se basa justamente en generar oferta y demanda y tomar más de lo que necesitas, ¿quién y cómo decidir cuánto es suficiente?

Lo que mueve y ha movido la actividad económica es generar necesidades que no lo son, gastos basados en la apariencia y en una idea de realización dependiendo de cuántas cosas se pueden comprar. La publicidad y la economía pueden llegar a manipular miedos y deseos para hacernos adquirir cosas por estatus o para llenar un vacío.

Muchas veces la gratificación y el éxito se miden por bienes materiales y la idea de obtener éstos casi sin importar los medios; con ello, se genera un ambiente de competitividad y oportunismo insaciable.

Desde temprana edad la doctora Brown se dio cuenta de la distribución desigual y la segregación, y esto la inspiró a buscar nuevos modelos de economía.

Un modelo de economía budista estaría enfocado en cultivar “prosperidad compartida” (es decir sustentabilidad, pero con un marco espiritual). Una vida con sentido y propósitos menos egocéntricos genera bienestar y el bienestar, de acuerdo con los especialistas, también genera riqueza.

Se ha llegado a reducir la idea de generosidad; pensar en las generaciones futuras, en qué mundo y con qué recursos los vamos a dejar, es pensar con prospectiva y reciprocidad, un grado de conciencia que se plantea en el budismo.

El óctuple noble sendero es la “guía” del budismo hacia la liberación. Uno de estos ocho puntos consiste en llevar una correcta manera de vivir, contemplar lo que recibimos y lo que damos: ¿quién lo hizo, cómo lo hizo, dónde lo vende, a quién se lo vende… qué se hace con las ganancias? Si todos aplicáramos esta conciencia, podríamos contrarrestar el derroche y la avaricia.

Más bienes compartibles y compartidos y mejores servicios para una mejor calidad de vida serían principios fundamentales que el budismo podría aportar a la economía.

En resumen, ahorro, empatía, austeridad y moderación, serían las nobles verdades para una economía que nos permita vivir con menos, pero con mayor bienestar entre todas las naciones.

Hay motivaciones psicológicas detrás de las decisiones económicas, pero en la medida en que somos éticamente maduros, es posible una vida menos centrada en el consumismo y más en la cooperatividad.

En el video a continuación puedes encontrar más información sobre la economía budista de Brown:

 



¿Qué es una blockchain y por qué podría cambiar el futuro de la mente colectiva?

Nuestra forma de pensar la realidad podría estar cambiando gracias a las posibilidades que ofrecen las redes digitales y el internet.

La forma en la que funciona el mundo está cambiando. La sociedad tiene necesidades, y cada vez es más evidente que necesitamos desechar la anticuada estructura vertical, donde tenemos que escalar para empoderarnos. La sociedad que estamos repensando hoy en día es horizontal: una red de individuos que estamos construyendo algo más parecido a una colectividad. 

De hecho, muchos están imaginando estructuras sociales y económicas completamente distintas de las que la modernidad había planteado. En este sentido, la noción de “blockchain” es uno de los pilares de esta nueva forma de conceptualizar el mundo.

¿Qué es una “blockchain”?

El concepto es reciente, pero está revolucionando rápidamente a Occidente: una “blockchain” es un sistema de información compartido que sirve para intercambiar datos. Estos datos pueden representar valores, por ejemplo, económicos. En realidad las “blockchains” son grandes base de datos, que registran diferentes tipos de movimientos virtuales (como transacciones comerciales o intercambios de datos personales).

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Estos son distintos tipos de redes. En el caso de las blockchains, lo que se plantea es construir una estructura distribuida, representada por la figura C de esta imagen.

Todos los usuarios del sistema conforman una red y pueden acceder a él y alimentar la base de datos; la condición es que nadie puede modificar o borrar la información que esta contiene. Para protegerla esta información se encripta y la red de información no es administrada por ningún sujeto en especial. En su lugar, hay copias de la base de datos en las computadoras de todos los usuarios. Así, las blockchains —como el nombre lo indica— forman una cadena con bloques de información cerrados, pero actualizados constantemente. El registro de cada movimiento virtual no puede ser modificado, pero la información no está centralizada.

¿Por qué este sistema podría cambiar el futuro de la mente colectiva?

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Toda interacción social crea una red. Imaginemos que una persona conoce a otra e intercambian datos como su nombre y algunos gustos personales. Esta información tiende un puente entre ambas personas. Si una de ellas le platica a una tercera persona sobre este sujeto que conoció, la información tiende un puente entre las tres personas involucradas. Cuando estas redes de intercambio son digitales, tenemos un registro muy preciso de su desarrollo. Un ejemplo de esto son, evidentemente, las redes sociodigitales, como Twitter o Facebook.

Así, trazando las interacciones entre personas, entendemos cómo forman cadenas que se distribuyen diferentes cosas. Algunas veces sólo son datos, otras objetos o dinero, a veces, incluso, son ideas. Una persona que está comunicada con más personas, puede distribuir más cosas.  Un ejemplo cotidiano de esto son las personas famosas. Como tienen mucha “influencia comunicativa” tienen más capacidad de hacer llegar sus ideas y otros recursos (como su trabajo) a más personas.

En las sociedades occidentales se tiende a ese “empoderamiento en la red”. En otras palabras, buscamos que nuestra “influencia comunicativa” sea mucho más amplia. Procuramos agrandar el número de personas a las que les podemos comunicar o hacer llegar cosas.

Claro que, toda entidad que tenga mucha fuerza de influencia comunicativa, la tiene por una razón específica. Es posible que las personas que la rodean se la hayan otorgado. O que su nombre haya sido distribuido por otra entidad relevante (como si una televisora importante presentara a un actor, volviéndolo “famoso”). Algunas de las entidades que tienen más fuerza de influencia comunicativa, la tienen porque les hemos pedido que se encarguen de cohesionar la red: los gobiernos y bancos, por ejemplo.

Los bancos en realidad no son los pilares de nuestra economía. Todos los que formamos parte de un sistema social somos igual de importantes, porque sin cada uno, la red no podría ser lo que es. La diferencia entre un banco y una persona es que un banco tiene más conexiones para distribuir sus recursos, entonces digamos que tiene más posibilidades de administrar la red. A estas instancias les llamos intermediarios.

Lo que las blockchains se plantean es eliminar a los intermediarios. De esta forma, la red se auto-administra y su estructura solo responde al flujo que sigue la distribución de información y no a las intenciones personales de un intermediario. Esto, en teoría, lo primero que erradicaría en una transacción económica o de datos personales es la corrupción.

Se piensa que al eliminar a los intermediarios, por medio de las blockchains, estamos transitando a una sociedad verdaderamente horizontal o colectiva. Lo que está detrás de las blockchains es la búsqueda por empoderar a cada individuo y democratizar la participación en la estructura social.

Pero ¿es en realidad la horizontalidad lo que necesitamos?

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Un sistema auto-regulado que no admite “el error humano” amenaza la diversidad y podría resultar contraproducente.

Ahora, vale preguntarnos —porque es valioso cuestionarlo todo— si deberíamos dejar que la completa horizontalidad sea lo que nos estructure. Ser horizontales es ser idénticos en términos de posicionamiento y esto erradica o “aplana” las diferencias. Y aunque esto podría parecer positivo en la superficie, es la variabilidad —o diversidad— lo que nos permite adaptarnos a distintos entornos, sobrevivir. Si estamos todos en la misma posición, podríamos volvernos vulnerables ante los grandes cambios de nuestro entorno, tanto político, como ecológico.

Mientras que las blockchains prometen equilibrio y participación social igualitaria, no deberíamos dejarnos llevar —sin hacer preguntas— por la pura promesa de la democracia. Pues es esta democracia occidental la que pone en primer lugar —o por lo menos como telón de fondo de toda significación humana— a un sistema económico de intercambios. Y eso no hay que dejar de cuestionarlo.

Autor: Fernanda Garduno