La semilla de la paz y la semilla de la discordia no crecen lejos una de la otra. Sin embargo, la diferencia está en cuál cultivamos y cuál hacemos proliferar. Esta es la lección de la activista, ecologista y defensora de los derechos humanos Wangari Maathai

Nacida en 1940 en el seno de una pequeña población en Kenia, Maathai estaba destinada a una vida de servicio y trabajo, roles tradicionales de la mujer. Desde muy pequeña mostró interés por el estudio, por lo que su madre accedió a inscribirla en la escuela local. A los 11 años entró en un internado católico para continuar su formación. En 1960 fue una de las favorecidas por un programa del gobierno de Estados Unidos para continuar con su educación en biología y química.

Pero a poco de desembarcar en América, la joven Wangari se dio cuenta de que “la tierra de la libertad” estaba muy lejos de ser realmente libre. Tuvo contacto con el movimiento de los derechos civiles, que por entonces luchaba por romper las barreras de raza y género en grandes manifestaciones. Luego de concluir sus estudios, decidió volver a su país para buscar empleo en la universidad.

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Sembrar rebeldía para cosechar comunidad

En Kenia, sin embargo, las cosas no iban mucho mejor. Históricamente, el colonialismo británico destruía los bosques locales para sembrar té, y aun después de la independencia del país, los kenianos seguían dependiendo del cultivo de tabaco y café para sobrevivir.

En 1966, 3 años después de la independencia de los ocupadores ingleses, Wangari Maathai trabajaba en la escuela de Veterinaria. En esos años se casó con otro profesor universitario, estudió en Alemania, tuvo dos hijos y se convirtió en la primera mujer de África Oriental en hacer un doctorado.

Como académica, se involucró en la política de su país a través de organizaciones como la Cruz Roja y el Consejo Nacional de Mujeres de Kenia, y luchó activamente comenzando por revalorar el papel de las mujeres, enfantizando además el vínculo entre la degradación ecológica y la económica.

En 1977, Maathai fundó el Movimiento Cinturón Verde, que involucraba a las mujeres en el cuidado de granjas y semillas con el fin de reforestar las tierras que la economía colonialista había arrasado.

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Los viveros y guarderías de semillas creados por Maathai tuvieron un doble efecto. Por un lado, impulsaron el cuidado del medioambiente, la reforestación y la conservación; por el otro, lograron crear un sentido de agencia e incidencia cívica en las mujeres de Kenia. Les demostraba que no tenían que ceñirse a los roles tradicionales de la sociedad, y que el cuidado de la naturaleza comienza por el cuidado y el amor al propio cuerpo.

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La “mujer loca” y su ardua lucha por la democracia

Este camino, sin embargo, no estuvo sembrado de rosas sin espinas. Entre la década de los 80 y la primera del siglo XXI, Wangari Maathai fue encarcelada en numerosas ocasiones. Protestó contra los proyectos de devastación inmobiliaria del gobierno que ponían en peligro el hábitat de especies en peligro de extinción, como el cercopiteco de diadema (también llamado mono azul) y el potamoquero rojo. También denunció ante la comunidad internacional la corrupción y el nepotismo de la naciente democracia keniana. Por esto fue encarcelada, y protagonizó numerosas huelgas de hambre.

A pesar de que contendió varias veces a la presidencia de Kenia, se le veía como una mujer “difícil de controlar”; la Universidad llegó a cortar lazos con ella, y luego de un duro divorcio su exesposo exigió que Wangari dejara de usar su apellido. Así nació Maathai, un nombre inventado para sí misma.

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Gracias a su colaboración con organismos internacionales como la Sociedad Forestal Noruega, el Movimiento Cinturón Verde comenzó a recibir fondos que le permitieron mejorar las condiciones de las sembradoras y sus familias. También emprendió campañas de alfabetización y creó modelos de desarrollo sostenible por los que recibió reconocimiento internacional.

Aunque durante los años 80 el proyecto iniciado por Maathai ya era una referencia africana en la conservación ambiental, el gobierno seguía poniéndose en su camino, y ella en el de ellos. Algunos comentarios machistas contra ella la tildaban de “mujer loca”, y la instaban a “respetar las tradiciones africanas y respetar a los hombres en silencio”.

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En enero de 2003, luego de décadas de persecuciones políticas, Maathai fue nombrada ministra asistente del Ministerio para el Ambiente y Recursos Naturales. También fundó el Partido Verde Mazingira de Kenia.

Un año después se convertiría en la primera mujer africana en recibir el Premio Nobel de la Paz; en su discurso de aceptación, Maathai deseó que otras mujeres africanas pudieran observarla e inspirarse para desempeñar roles más activos en sus propias comunidades.

Wangari Maathai falleció en septiembre de 2011 por cáncer de ovario, a los 71 años. A su deceso, el Movimiento Cinturón Verde había plantado entre 20 y 30 millones de árboles en África

 

* Las ilustraciones de este post provienen del libro Wangari Maathai: The Woman Who Planted Millions of Trees de Krista Tippett.