Vincent van Gogh: la naturaleza como reflejo de la vida

Van Gogh tenía la costumbre de hablar con la naturaleza… Ahí encontraba refugio y espejo.

Algunos dudan del talento de Vincent van Gogh; otros se asombran con la trágica vida detrás de cada uno de sus retratos. Pero cuando se conoce a este pintor mediante su cotidianidad, y a través de la intimidad de su correspondencia –publicada bajo el título Even Yours: The Essential Letters–, no cabe duda de que estamos ante un alma peculiar.

Más allá de toda técnica o estética, la obra de Van Gogh logró irradiar esa peculiaridad y todo su ímpetu visionario.

Pero si algo caracterizó a este pintor fue su sintonía con la naturaleza. En ese sentido, la resiliencia es el rasgo más llamativo de Van Gogh, quien aun con todas las dificultades que afrontó –entre desamores, enfermedades, falta de dinero e incomprensión de su arte–, mostró tener las mismas virtudes que la naturaleza; su vida fue un espejo de aquello que amaba y pintaba. 

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Esta resiliencia provenía de una primigenia comprensión de la naturaleza: Van Gogh entendía perfectamente que la naturaleza, como la vida misma, es armonía seguida de caos, y caos seguido de armonía. Fue esta apreciación la que pudo articular en hermosos pensamientos y que se condensaría en sus obras pictóricas más trascendentes.

El pescador sabe que el mar es peligroso y la tormenta es terrible, pero nunca ha encontrado en estos peligros razón suficiente para permanecer en tierra.

Algo que Van Gogh hacía recurrentemente era admirar la naturaleza, así, sin más: en cualquier lugar donde llegaba, el pintor no dejaba de aprovechar para visitar los paisajes naturales, de los cuales siempre hablaba maravillas en las cartas a su hermano Theo:

La naturaleza es hermosa aquí.

En estos paseos por diversos paisajes Van Gogh aprendió, o probablemente re-aprendió, a ser humano. Se conectó con la naturaleza en una época donde las diferencias entre ésta y el hombre se estaban profundizando: las ciudades estaban en pleno apogeo, y la cultura comenzaba a girar en torno a las veleidades de la modernidad.

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Aún así, Van Gogh pudo vincular los sucesos de la propia naturaleza con los del alma de los hombres, y elaborar así maravillosas metáforas. Quizá la más alucinante la realizó a raíz de uno de sus cotidianos paseos a un recóndito lugar en una villa holandesa, durante el cual se encontraba en uno de sus periódicos episodios depresivos. Fue entonces cuando presenció una tormenta que sin duda era una suerte de presagio y una metáfora perfecta para pensar en la condición humana, con la que él mismo cargaba.

Así narró la experiencia en una carta a su hermano:

Ya sabes cómo es el paisaje ahí, magníficos árboles llenos de majestad y serenidad junto a casas de verano verdes y espantosas, y todo lo absurdo que la espeluznante imaginación de los holandeses con ingresos privados puede encontrar en el camino de los arriates, los cenadores, las verandas. La mayoría de las casas son muy feas, pero algunas son antiguas y elegantes. Bueno, en ese momento, muy por encima de los prados tan interminables como el desierto, llegó una masa de nubes arrastradas una tras otra, y el viento golpeó por primera vez la hilera de casas de campo con sus árboles en el lado opuesto del canal, donde el negro camino de escoria se ejecuta. Esos árboles eran magníficos, y había un drama, estoy tentado a decir, en cada figura, pero quiero decir en cada árbol.

Entonces, el conjunto era casi más fino que esos árboles soplados por el viento vistos por separado, porque el momento era tal que incluso aquellas absurdas casas de verano adquirían un carácter singular, empapadas por la lluvia y desordenadas. En él vi una imagen de cómo incluso una persona de formas y convenciones absurdas, u otra llena de excentricidad y capricho, puede convertirse en una figura dramática de carácter especial si está presa del verdadero dolor, movida por una calamidad. Me hizo pensar por un momento en la sociedad de hoy, cómo sus fundamentos ahora aparecen a menudo como una silueta grande y sombría vista a la luz de la reforma.

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La sensibilidad de Van Gogh por la naturaleza lo hizo encontrar un poco de paz y equilibrio en la turbulencia que caracterizó su vida –y su psique–. Con ello, además, revolucionó su época, aunque murió sin saberlo. Y hoy más que nunca, su forma de aproximarse a la naturaleza es algo que urge recuperar para sanarnos.

Así, el retorno a la naturaleza y el constante contacto con ésta para entender mejor la vida y a nuestros propios procesos internos, es indudablemente algo que podemos aprender de este pintor. Porque Vincent van Gogh fue uno de esos pulsos de vida que hacen evolucionar a la colectividad, en sentidos estéticos pero también espirituales.



Como la naturaleza, sé resiliente ante el desastre

Nuestras afecciones emocionales necesitan una dosis de sabiduría natural para ser llevaderas.

Nosotros, como parte de la naturaleza –y aunque nos disociemos tanto de ella–, somos resilientes. O por lo menos lo fuimos antes de caer en las tentaciones de la vida moderna, inicialmente industrializada y ahora vertiginosamente digital.

Que fuimos resilientes puede probarse no sólo porque la propia naturaleza lo es –y al igual que ella, todos los que la habitan deben serlo, pues ahí reside su equilibrio primordial–, sino porque aún hoy existen muchas personas con vestigios de resiliencia, o incluso con marcados rasgos de esta cualidad en su forma de asumir el mundo.

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Según Glenn Greenberg, profesor de psiquiatría en la Escuela de Medicina Yale, la resiliencia genera actitudes flexibles en torno al estrés:

Muchas personas son capaces de aceptar lo que no pueden cambiar: aprender de las fallas; usar emociones como la codicia y el enojo para potenciar la compasión y el coraje; y buscar oportunidades y significado en la adversidad.

Para estos individuos, una dialéctica subyace espontáneamente en su manera de actuar: saber que la vida es un proceso lleno de cambios, positivos y negativos, que regulan el fluir de la existencia.

Así, estas personas pueden lidiar con cualquier situación, aunque les provoque miedo o dolor.

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No obstante, la resiliencia como una forma de asumir el mundo y sobrellevar todo acontecimiento puede ser un rasgo fácilmente adoptado por discursos de autoayuda y superación personal, casi siempre individualistas y nefastos.

Contrario a eso, la propuesta es conocer la resiliencia natural y aprender de ella.

Eso implica, a manera del más humilde de los discípulos, escuchar a la omnipresente maestra que es la naturaleza: un libro infinito donde encontrar respuestas a nuestras preguntas, y un acogedor alivio para la trastornada psique contemporánea.

Pero a su vez, no podemos renunciar a nuestra humanidad. En esto debe haber un punto medio que nos permita lidiar con los problemas actuales, como la ansiedad, el estrés o la epidémica depresión –aún más aguda en países como México–, y encontrar sanación en nuevas formas de afrontar la complejidad de la existencia.

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Concebir a la naturaleza no como utopía, sino como un territorio realmente existente al que podemos regresar.

Es posible hacer esto sin tener que abandonar todo lo valioso que el devenir de la humanidad –con el trabajo de cientos de mujeres y hombres a lo largo de la historia– ha traído consigo en forma de evolución.

Así, volver a la naturaleza es tan factible como necesario. Por un lado es un imperativo para la sociedad, para que los modelos de vida sean más sustentables y orgánicos. Pero por otro, también lo es para sanar los cuerpos y las psiques tan trastornados por el capitalismo –que no es sólo un modelo económico, sino una forma de reproducción social opuesta a la naturaleza y que tiende a destruirla–.

Este equilibrio entre volver a la naturaleza sin negarnos a nosotros mismos, es necesario para que nuestra resiliencia no se convierta en una forma de sumisión o de excesiva tolerancia, sino en un paradigma emocional y cognitivo que permita superarnos como sociedad y actuar respecto a lo que en ésta hay de enfermo.

Porque es urgente tomar el control de las afecciones psíquicas –individuales y colectivas– que nos están llevando a una catástrofe de las emociones, misma que probablemente será recordada en los libros de historia sobre el siglo XXI si no la frenamos ahora.

 

* Collages: Ernesto Artillo

Sandra Vanina Greenham Celis
Autor: Sandra Vanina Greenham Celis
Colaboradora del proyecto político Colectivo Ratio. Le gusta potenciar la depresión en su psique consumiendo productos culturales de las postrimerías del siglo XX. Cree teleologicamente en el arribo de la humanidad al comunismo.


Las increíbles esculturas de Vincent van Gogh hechas con flores (FOTOS)

En el festival de Zundert Flower Parade, cientos de esculturas colosales recorrieron las calles del pueblo dándole vida a los cuadros o imágenes de Vincent van Gogh.

Sí tuviéramos que hablar de un artista comprometido a la belleza de la naturaleza, no podemos voltear a otro lado que hacia el postimpresionista de Vincent van Gogh.

Nacido en Zundert (Países Bajos) hace 162 años, este personaje con un cuadro psíquico de psicosis, creó un legado de símbolos entre la realidad y la fantasía (al menos su fantasía). Y como una manera de homenaje, su pueblo natal le regresa su trabajo a través del recalo más frágil, hermoso y empoderante de la naturaleza: las flores.

En el festival de Zundert Flower Parade, cientos de esculturas colosales recorrieron las calles del pueblo dándole vida a los cuadros o imágenes de Vincent van Gogh, de una manera que sólo el artista es capaz de enaltecer. Te compartimos sus imágenes.

[Boredpanda]