No importa cuánto hayamos navegado en Internet o cuánto hayamos leído: recorrer el mundo es y será siempre una forma insustituible de abrir nuestra conciencia. Por eso Mark Twain decía que viajar es malo para los prejuicios, la intolerancia y las mentes cerradas. Y tenía mucha razón.

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Sin embargo, tal parece que viajar está teniento impactos negativos no sólo sobre las malas conductas, sino sobre los hábitats naturales y humanos por igual. Nunca antes en la historia el ser humano había podido desplazarse con tanta facilidad, ni viajar había sido algo tan accesible para todos (y tan deseable).

En 1950, había 25 millones de viajes al año. Hoy hay más de mil millones.

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Esto podría parecer una panacea, pero en realidad está ocasionando una crisis para la cual ya se ha acuñado un termino: sobreturismo.

El sobreturismo es la consecuencia natural de que cada vez más personas tengan la posibilidad de viajar y de que esta industria sea en la actualidad una de las más importantes del mundo, que aporta el 10% de la riqueza mundial. Pero esto ha crecido tan desmesuradamente, y a ritmos tan veloces, que se ha salido de control.

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La basura está sustituyendo las arenas de las playas –como en Bali–, monumentos como la Muralla China se desgastan, y en los sitios de mucha afluencia de viajeros se disparan los precios, lo cual degrada la calidad de vida de los habitantes permanentes –en lugar de mejorarla debido a la derrama económica del turismo, que en realidad se la quedan las grandes empresas y emporios–.

El sobreturismo está ocasionado una crisis donde el placer de unos es la tragedia de otros.

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La industria del turismo se antepone, además, al buen vivir de los pueblos indígenas. Eso sucede, por ejemplo, en Bachajón, una zona del sureste de México donde se construye actualmente un megaproyecto turístico, para el cual se despojó de sus tierras a las comunidades indígenas, con gran violencia –Bachajón sumo dos líderes asesinados en el 2013 y el 2014 a la funesta lista mexicana de ecologistas muertos–.

No cabe duda de que el turismo está confrontándonos a unos y otros, así como con la naturaleza y más aún, con nuestro propio espíritu itinerante y con la delicia que es viajar. Pero…

 

¿Deberíamos dejar de viajar?

No viajar sería condenarnos. La cuestión no es dejar de recorrer el mundo, sino hacerlo con conciencia: cada paso que demos en nuestra hoja de ruta será decisivo para no abonar a la crisis que el sobreturismo está provocando.

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Por ello, la Organización Mundial del Trabajo ha buscado crear una nueva conciencia viajera mediante un decálogo de buenas prácticas llamado en inglés Is it too much to ask?, donde recomiendan:

  • Evitar viajar a lugares masificados
  • Evitar monumentos o zonas muy transitadas
  • Asegurarnos de las buenas prácticas de las empresas intermediarias de nuestros viajes
  • Aprehender y entender la cultura local, respetándola en todos sus códigos (de convivencia, vestimenta, etcétera)
  • No abusar de los recursos, sobre todo en lugares donde más escaseen
  • Evitar el uso de plástico al máximo y no tirar basura de ningún tipo
  • Comprar local

Otra cosa que podemos hacer para ser buenos turistas –o viajeros, mochileros, nómadas o cualquier mote de nuestra preferencia– es calcular cuánta contaminación generó nuestro viaje y contrarrestarla con prácticas de reciclaje.

También será preferente, para evitar los sitios masificados o dañar monumentos históricos, visitar lugares ecoturísticos, mismos que son gestionados por las propias comunidades. En México hay muchos hermosos lugares donde nuestros viajes ayudan verdaderamente a la economía local y no tienen impacto ecológico ni social.

Así que no dejes de viajar. Sólo hazlo con conciencia.

 

* Imágen de portada: Kate Shaw, edición Ecoosfera