Un sencillo truco psicológico para hacer cambiar de opinión a alguien (aprobado por Blaise Pascal)

Para hacer que el otro cambie de opinión, empecemos por reconocer las ideas, palabras o puntos de vista en los que sí estamos de acuerdo.

El filósofo, teólogo y matemático francés Blaise Pascal llegó a una idea que podemos aprovechar en nuestra vida diaria con extraordinaria utilidad: el arte de hacer que el otro cambie de opinión.

A nadie le gusta estar equivocado. Sin embargo, es más sencillo persuadir que imponer razones. Con extraordinaria elocuencia y sencillez, Pascal lo expresa así en sus Pensamientos (publicados de manera póstuma en 1669):

Cuando tratamos de corregir con ventaja y mostrarle al otro que se equivoca, debemos notar desde qué punto de vista éste observa la cuestión, puesto que desde ahí es usualmente cierto, y reconocerle esa verdad, pero revelarle también el ángulo desde el cual es falso.

La diferencia entre discutir y colaborar se cifra en que la verdad puede tener muchas aristas, y una opinión es sencillamente un punto de vista con respecto a un problema. Así, al reconocer que el otro tiene al menos parte de verdad en lo que dice, “se queda satisfecho al ver que no estaba equivocado, y que solamente falló en observar todos los demás ángulos”. Al unir varios puntos de vista, es más probable que nos hagamos una idea completa de esa situación o problema. Pascal añade:

Ahora bien, nadie puede ofenderse al no ser capaces de observarlo todo; pero a nadie le gusta equivocarse, y esto probablemente deriva del hecho de que el hombre naturalmente no puede observarlo todo, y de que naturalmente no puede equivocarse desde el ángulo que observa, ya que las percepciones de nuestros sentidos son siempre verdaderas.

En las discusiones que sostenemos con otras personas, tener la razón puede ser menos importante que encontrar un punto de vista común. A nadie le gusta caer en contradicciones, y mucho menos que le demuestren que su opinión está equivocada; sin embargo, es probable que tarde o temprano también nosotros nos equivoquemos. Así, será más probable persuadir al otro de cambiar su punto de vista si reconocemos que parte de lo que dice es cierto (un truco que también puede funcionar para ser más empáticos con el punto de vista de los demás):

Por lo general, se persuade mejor a la gente mediante las razones que ellos mismos han descubierto que mediante aquellas que llegaron a través de la mente de otros.

El profesor de psicología Arthur Markman, de la Universidad de Texas en Austin, constata esta intuición de Pascal al hablar en términos de “defensas”:

Si yo empiezo a decirte inmediatamente todas las formas en las que estás equivocado, no tienes ningún incentivo para cooperar. Pero si comienzo diciendo “ah, sí, tienes un par de puntos muy buenos aquí, pienso que son puntos importantes”, entonces le das a la otra parte una razón para querer cooperar como parte de un intercambio. Y eso te da la oportunidad de señalar tus propias preocupaciones acerca de la posición del otro, de una manera que permita la cooperación.

En lugar de tener la razón a toda costa, dice Markman, es mejor permitirnos cambiar de opinión: “Una de las cosas que debes hacer para permitirle al otro cambiar de opinión es disminuir sus defensas y evitar que se obstinen en la posición en la que ya se plantaron”.

Y tú, ¿te permites cambiar fácilmente tu punto de vista?

 

* Ilustración principal: Man Repeller



¿Es la realidad razonable? De la contemplación a la comprensión

Entre ver y saber. ¿La realidad es razonable?

De un momento de contemplación se pasa a la comprensión. “Escuchamos y aprehendemos lo que en cierto modo ya sabíamos”. Si parece muy obvio, no lo es. Discernir entre lo objetivo y subjetivo da dolores de cabeza a los filósofos, también a las personas – y especialmente a las mentes inquietas.

Henry David Thoreau (Julio 12, 1817– Mayo 6, 1862) nos es cercano por la conciencia que tuvo de observar la naturaleza y vivir en sintonía con ella (Walden), por su argumentación sobre la desobediencia civil, por la suma de ideas que quedaron en sus notas (Diarios).

Thoreau sigue siendo un espíritu afín a nuestra época. Aunque nació hace casi dos siglos, este filósofo no sólo sigue siendo vigente sino un provocador del pensamiento, especialmente en tiempos del individualismo tecnologizado y las imposiciones de la economía global.

Ver de verdad

En esta ocasión abordamos el enfoque sobre saber vs. ver. Como punto de partida, Thoreau proponía que aprehender la realidad, extender los horizontes de la Verdad, se limita por las preconcepciones (puntos ciegos de los que nadie está excento). Y que, de alguna manera, “recibimos lo que estamos listos para recibir”, esto refiere a recibir el conocimiento de forma directa.

No siempre lo que creemos es lo es. La historia de la humanidad y las historias de vida son una urdimbre de creencias que se deshacen para ver más allá de los velos. Esto es algo a lo que se ha acercado la filosofía por distintos caminos, tanto en Occidente como en Oriente. Anterior a la Escuela Trascendentalista, el Budismo señala que es la ignorancia (Avidya) lo que distorsiona la realidad de la condición humana y nubla la mirada para comprender la Verdad Última.

La ignorancia en estas tradiciones suele representarse como una anciana ciega que camina a tientas. Pero también para Thoreau mientras los prejuicios nos cieguen, seguimos ignorantes, no podemos saber.

Y, ¿por qué ver con claridad ha sido sinónimo de sabiduría? ¿Por qué la experiencia de lo verdadero es como “ver de nuevo”?

No se trata aquí de privilegiar uno de los sentidos sobre otro. Si no de subrayar que entre menos preconcepciones más terreno hay para la experiencia directa. Es decir, que podemos comprobar empíricamente el alcance de nuestras hipótesis o sus limitaciones.

¡Eureka!

Eureka es una expresión atribuída al matemático Arquímides en el momento que tuvo una chispa de comprensión. Parecida es la leyenda de que Newton llegó a la resolución de su Teoría de la Gravedad cuando estaba sentado bajo la fronda de un árbol y, repentinamente, se desprendió una manzana de una de las ramas. Estos momentos de visión articulan la claridad y la vuelven inteligible.

Esto sigue siendo un misterio; rastrear el pensamiento, meterse en la cabeza de otra persona, literalmente, no es posible. Tenemos a la mano la experiencia individual que desde la infancia temprana va cotejando subjetividad-objetividad.

Sin embargo las creencias preconcebidas, como descartar que los humanos no pueden volar porque no tienen alas y por ello tomar por algo iluso los planos de Leonardo Da Vinci que antecedieron a los aviones, es algo cíclico en la historia del conocimiento.

Ideas fijas

El sabio es el que ve. Manifestado así en casi todas las tradiciones. El sabio ve porque se ha liberado de las ideas fijas. Un idea fija es una creencia que se vuelve una obsesión, a veces una obsesión colectiva. Y este tipo de pensamiento estrecho ha cuestionado a científicos y filósofos, pero también a artistas, por ejemplo, el Impresionismo fue tachado por una pintura de bestias (Fauvismo), simplemente porque, hasta entonces, nadie había visto el color y la luz de esa manera.

En México, el filósofo Luis Villoro se propuso explicar qué es ver, saber, creer y conocer. Es un privilegio contar con eruditos que se adentran en Teoría de Conocimiento y más si lo hacen de forma apasionada y en nuestro propio idioma. 



Literatura y sanación: ¿existe una frontera?

El principal aspecto terapéutico de la escritura tiene que ver con observar lo real en movimiento.

Brandy Schillace es profesora de literatura e imparte talleres de escritura creativa. Sin embargo, su acercamiento al desarrollo de las habilidades de expresión verbal de sus estudiantes está nutrido por sus investigaciones en antropología y psicología, específicamente en relación al miedo y terror psicológico de las novelas góticas y la psicología de la era Victoriana. En el salón de clases, desde el 2009, ella y sus estudiantes han encontrado algunas lecciones que vale la pena compartir…

Schillace ha estudiado los puntos de encuentro entre la psicología y la literatura desde hace años: la cura de la palabra del psicoanálisis, después de todo, no surgió de la nada. En sus clases aborda cómo los narradores omniscientes revelan los escenarios donde se desarrollan narrativas que pueden abordarse desde el punto de vista psicológico e incluso neuroquímico de sus personajes. Un caso especialmente interesante e ilustrativo es el de los hermanos Henry y William James. El primero es un afamado novelista, mientras el segundo fue importante como psicólogo en su tiempo. La paradoja, para Schillace, es que el hermano narrador sea el mejor psicólogo, y el hermano psicólogo sea el de prosa más bella.

Una vuelta de tuerca Henry James

La primera lectura propiamente freudiana de la novela Una vuelta de tuerca de Henry James data de 1924, y desde entonces una parte de la crítica literaria se ha empeñado en deducir el contexto psicológico de personajes y autores a partir de la escritura. Pero Schillace no está interesada en eso. En sus clases, los alumnos leen Una vuelta de tuerca no para disecarla, sino para aprender sus métodos. ¿El miedo es algo real? ¿Qué lo vuelve real? ¿Cómo podemos producir miedo (y catarsis) a través de procedimientos narrativos? ¿Los personajes están vivos o muertos? ¿El texto nos miente? ¿Qué significa lo real?

En su clase, además de procedimientos narrativos, se discute la manera en que la experiencia personal se enmascara en la ficción, y cómo esto también puede revelar un tipo de verdad. Aunque no escribamos ficción, todos tenemos algún tipo de máscara tras la cual vamos por el mundo, ocultando nuestros temores y experiencias más dolorosas. Hemingway decía que la única forma de escribir era encontrar un dolor que fuera nuestro, y luego oprimirlo hasta que la herida estuviera seca. Algo parecido ocurre en el taller de Schillace. En sus propias palabras: 

“Esto no es sólo escritura. Es terapia. Ideas dolorosas, nuevas identidades, miedos y fe y disgusto y júbilo fueron abordados, no sólo en la esquina sombría de la intimidad, sino enfrente de nuestros compañeros. Esa lucha interna por obtener respeto se volvió concreta. El miedo largamente albergado salió a la luz cegadora —y ahí, en esa ficción, todos encontramos algo ‘real’”.

Y es que los escritores y artistas podrían tener recursos propios, de los cuales el psicoanálisis y otras terapias sólo serían émulos o simulacros: cuestionarse críticamente por la naturaleza de la realidad es lo que cada artista realiza a través de su trabajo; es esto también lo que lo provee de una zona elusiva a la cual volver para enfrentarse a sus propios demonios. Para saber que no está solo o sola frente al maremágnum de lo real.

Es tan difícil saber si los personajes de Una vuelta de tuerca están vivos o muertos como tan difícil reconocer que nos hemos equivocado con aquellos a quienes amábamos, o darnos cuenta de que la gente no nos ve como nosotros quisiéramos que nos vieran. La literatura y la escritura creativa nos permiten explorar aspectos de nuestra propia personalidad que de otro modo permanecerían velados y oscurecidos, incluso para nosotros.

 

*Imagen 2: Ilustración de Ana Juan para la edición de Galaxia Gutenberg