La sociedad se ha detenido demasiado a pensar en cómo controlar los trastornos mentales. Con esto nos referimos a todos los tratamientos psiquiátricos, como los farmacológicos, electroshocks, terapias y otras tantas nuevas técnicas, todas ellas usadas para “curar” las anomalías de la mente, pese a los incapacitantes efectos secundarios. Es imposible negar que, actualmente, el consumo de psicofármacos está aumentando rápidamente. Los trastornos son cada vez más frecuentes e invasivos.

Desde la aparición de la ansiedad o la depresión hasta enfermedades de carácter complejo como la esquizofrenia, la sociedad ha dedicado sus recursos a esconder estas “irregularidades”. Las drogas se siguen recetando, y con muy poca flexibilidad a la negociación o la escucha de las quejas del paciente.

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El control de la salud de las personas con trastornos mentales está fuera de su juicio, y no porque ellos así lo decidan. Automáticamente, para el psiquiatra (o la sociedad entera) el paciente está funcionando incorrectamente. Por lo tanto, mientras no tome las pastillas, no está funcionando bien.

 

Tratamientos psiquiátricos disfrazados de medicina

Abriendo el catálogo de los tratamientos destinados a trastornos mentales encontramos una serie de “tratamientos medicinales” que horrorizan. Por ejemplo, los electroshocks (una técnica creada por Ugo Cerletti en la década de 1930) consisten en descargas eléctricas de 70 a 130V.

En la actualidad, los pacientes son sedados antes de recibir la descarga; esto de alguna forma le ahorra una terrorífica escena al personal médico y le da al tratamiento una cara de aceptación ante la sociedad. Para el afectado nada cambia; desde 1930 hasta la fecha los efectos incluyen amnesia, depresión y otros trastornos neurológicos irreparables.

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Hay otras técnicas más recientes que tampoco son muy prometedoras. La estimulación cerebral profunda es una de ellas, e incluye un circuito de cables y electrodos conectados al cerebro con baterías insertadas en el estómago. El objetivo de esto es descargar señales eléctricas de manera remota.

La lista es larga y no sólo incluye electrochoques, también están los fármacos. En cierto momento, la teoría de que las farmacéuticas creaban nuevas enfermedades con tal de vender medicamentos alcanzó una gran credibilidad.

Para Peter C. Gotzsche, profesor dedicado a revisar la veracidad de los estudios de salud en Cochrane Collaboration, los ansiolíticos, antipsicóticos y antidepresivos se recetan sin tener en cuenta sus efectos dañinos. El fin debería ser encontrar medicamentos y aplicarlos cuando su aportación a la cura del enfermo sea comprobada. De lo contrario, ningún medicamento que esté destinado a la simplificación de un supuesto desequilibrio químico puede funcionar.

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¿Cómo estamos haciendo psiquiatría?

La frase “desequilibrio químico” se ha vuelto muy popular en el mundo de la psiquiatría. La industria de las farmacéuticas la abrazó de inmediato, con el propósito de continuar con los tratamientos y la medicación.

Seamos honestos: en la psiquiatría las soluciones rápidas no son comunes y los fármacos rara vez son la respuesta a los problemas de la gente. La profunda ironía es que posiblemente ese desequilibrio químico podría no existir, o ser resultado de los propios psicofármacos.

Ciertamente, no podemos asegurar que todos los trastornos mentales son causa del mal empleo de tratamientos psiquiátricos. Muchas personas sufren de problemas mentales que requieren apoyo a través de medicinas, pero también es cierto que dichos problemas pueden empeorar con el uso de drogas psiquiátricas.

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El daño es mucho más alto que el beneficio. Se necesita una revalorización de la forma como se hace psiquiatría. Si bien hoy en día hay una particular manera de ver el mundo y al ser humano (materialista y mecanicista), no se puede ignorar el control ético y moral en la medicina.

Los tratamientos psiquiátricos requieren de un nuevo humanismo, uno en donde se valore a la persona como algo extraordinario. El ser humano es una extensión de la mente. Somos parte de su reacción y conexión, así que no podemos darla por desequilibrada y ya.

La mente y la vida son en sí mismas un viaje de autoconocimiento. Marcar límites mentales sociales, estipular qué es lo normal y qué no lo es termina por encarcelar nuestra más pura esencia. Esto no quiere decir que eliminemos la ayuda médica para los trastornos, sino que profundicemos en ellos y entendamos su origen para abrir un nuevo sendero para abordarlos.

 

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