Padre e hija implementan experimento de telepatía electrónica

Este experimento muestra las incipientes posibilidades de escribir información a distancia en la mente de los demás.

Aunque la ciencia establecida no suele considerar válida la existencia de la telepatía, la tecnología moderna avanza rápidamente hacia la telepatía electrónica. Actualmente existen numerosos aparatos que pueden controlarse con el poder del pensamiento, y el científico Christopher James ahora ha creado un aparato para comunicarse de cerebro a cerebro directamente.

James quiso jugar a este juego telepático con su hija, y colocó electrodos en su cabeza. En el experimento el emisor imagina una serie de dígitos binarios, los cuales transmite al imaginar movimiento en su mano derecha o izquierda. Los patrones de pensamiento son registrados por luces LED –con una frecuencia que representa el 0 y otra el 1–.

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La señal de los LEDs viaja al receptor destellando en una parte específica del ojo, y crea una señal óptica que difunde por el córtex visual del cerebro. Esto se lleva a cabo en ambas direcciones y luego se confirma que el experimento ha sido un éxito.

Aunque para poder transmitir señales telepáticas más complejas por el momento sería necesario implantar electrodos en la superficie del cerebro, este divertido experimento entre un padre y su hija revela un enorme horizonte de posibilidades. Específicamente, la capacidad de escribir información directamente en la mente de los demás, un poco como en la película Inception. O como William Burroughs sugería que hacían los sacerdotes mayas con el pueblo, en una transmisión unidireccional de conceptos. La telepatía electrónica abre las puertas a una nueva frontera de programación mental.



¿Cómo saber en quién confiar? Un consejo de la ciencia para no ir por la vida cubriéndote la espalda

Un nuevo estudio demostró un interesante patrón de comportamiento en la gente que nunca miente.

La incertidumbre, a no ser que sea en pocas cantidades para aderezar la existencia, puede ser muy incómoda. Y más aún, aquella incertidumbre provocada por no saber si las personas de nuestro entorno cercano son confiables. ¿Puedes prestarle dinero o un libro a ese compañero del trabajo con la seguridad de que te lo regresará? ¿Puedes contarle un secreto con la seguridad de que no lo contará? ¿Podrías confiarle tu vida?

La duda nos carcome. Y es valido: muchas personas de las cuales nos rodeamos no son de fiar. Pero para evitar un estado de paranoia permanente –y poder relacionarnos libremente–, tendemos a confiar en los demás, y a veces con mucha ingenuidad de por medio. Las desilusiones no se hacen esperar, y pronto estamos preguntándonos por qué confíanos en tal o cual compañero del trabajo o la escuela.

Pero dejar de confiar no es una opción.

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Porque sin duda la confianza es parte del lenguaje del amor: no podemos dejar que la desconfianza nos carcoma. Lo que sí es una opción es medir el grado de empatía de aquellos que nos rodean. ¿Cómo? Sabiendo qué tanto son tendientes a la “propensión de culpa.

¿Qué es la propensión de culpa? Básicamente un sentimiento adelantado de culpa que se produce con solo imaginar que se transgrede un pacto de confianza. No es muy agradable cuando este sentimiento está exacerbado –seguramente conoces a esa persona que todo el tiempo se disculpa, diciendo “perdón” como si fuese una especie de mantra.

Pero un estudio reciente comprobó que la propensión a la culpa es el mejor indicador de que una persona es confiable.

A partir de investigaciones hechas en equipo por varias universidades se buscó predecir comportamientos e intenciones confiables entre las personas de un mismo ambiente laboral. Los investigadores establecieron ciertos juegos y ejercicios entre los participantes, quienes debían tomar ciertas decisiones que expresaban cuánto estaban dispuestos a mentir, y qué tanto tendían a ser amables, neuróticos, escrupulosos, así como cuánto se predisponían a la culpa. Después, los investigadores estudiaron estos rasgos y cuánto acentuaban o aminoraban la transgresión de la confianza ajena en cada individuo.

De todos los rasgos que los psicólogos pudieron examinar, encontraron que la propensión a la culpa es la emoción que más ayuda a las personas para evitar transgredir la confianza de otros. Antes de mentir u ocultar algo deliberadamente, quienes sienten propensión a la culpa buscan reparar su hipotético acto de una manera por demás ingeniosa: no cometiéndolo.

Según los investigadores, la propensión a la culpa es un acto autoconsciente.

“Teorizamos que la propensión a la culpa predice confiabilidad porque las personas que son propensas a la culpa se sienten más responsables por los demás”, dice Emma Levine, profesora asistente en la Escuela de Negocios Booth de la Universidad de Chicago.

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La propensión a la culpa puede ser algo muy benéfico para reconectar la empatía y alejar toda conducta que roce los distintos grados de psicopatía a los que cualquier mente saludable puede llegar bajo ciertas condiciones.

Así que si quieres saber cuánto puedes confiar en alguien, tu mismo puedes sondear su propensión a la culpa. Hazle preguntas originales e interesantes: ¿qué sentirías si súbitamente recordaras que no devolviste un dinero que te prestaron? ¿piensas seguido en cómo reaccionaría alguien si descubriera que le mentiste? Antes de ser infiel, ¿qué pensarías?

A través de sus respuestas, o de sus expresiones –faciales o corporales–, puedes saber qué tan propensa es una persona a la culpa y, por ende, cuánto lo es a la mentira. Fantástico, ¿no te parece?

*Imágenes: Ren Hang. Portada edición Ecoosfera



3 experimentos que puedes hacer en casa para comprobar tus dones telepáticos

Todos tenemos esta poderosa capacidad psíquico-intuitiva. ¿Quieres comprobar que tú también puedes hacer telepatía?

La telepatía es la capacidad psíquica que permite experimentar la mente del otro desde lejos, algo que probablemente a todos nos ha pasado y le llamamos casualidad. Y precisamente, lo que ha hecho pensar a esta forma de comunicación como un fenómeno “paranormal” es el hecho de que se desconoce el medio a partir del cual se transmiten los mensajes.

Pero, ¿y si se trata de algo que no podemos percibir, como el éter? Rupert Sheldrake, biólogo de la Universidad de Cambridge y apasionado de la telepatía –estudia este fenómeno incluso entre las mascotas y sus dueños–, ha propuesto algo parecido.

Según Sheldrake, existen campos mórficos en los que transita una especie de información transhistórica: una memoria inherente a la existencia que es “heredada” de generación en generación, y que podría explicar la telepatía. Esta teoría embona con la visión cuántica del espacio-tiempo, de acuerdo con la cual podrían existir sustancias desconocidas e imperceptibles en el cosmos, como el éter.

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Gareth Halliday

Asimismo, una explicación a nivel cuántico para una especie de telepatía o de campo mórfico es la del “enlazamiento” entre partículas. Según la física cuántica, no importa que un par de moléculas subatómicas jamás hayan compartido el mismo espacio o el mismo tiempo: aun así se influenciarán mutuamente, en el pasado o en el futuro –algo que, por lo demás, funciona como una maravillosa metáfora cuántica del amor–.

Pero como explica el gurú científico Michio Kaku, sería demasiado difícil desarrollar la telepatía mediante esta interconexión subatómica, pues implicaría coordinar nuestros trillones de átomos con los de otra persona para que vibraran al unísono en cada mente.

En realidad, la telepatía podría ser algo más intuitivo. ¿Cómo comprobarlo?

Sheldrake ha estudiado la telepatía como un fenómeno evolutivo, pensándola como una extensión psíquica y una capacidad comprobable empíricamente. Es por eso que ha desarrollado algunos experimentos para que cualquiera pueda poner a prueba sus innatas dotes telepáticas y, de paso, ayudar a sus investigaciones sobre el tema.

Esto y un poco de mímesis te abrirán las puertas a nuevas e insospechadas formas de comunicación psíquica. ¿Te atreves a probarlo? Aquí tienes tres experimentos para empezar.

 

1. ¿Puedes saber cuando alguien te ve a la distancia?

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Para este experimento necesitas un amigo, una computadora con Internet y relojes sincronizados. Debes conectarte al mismo tiempo con tu amigo y ambos deben compartir un video del otro en tiempo real. Cada uno debe ver su video a intervalos, apuntando los momentos en los que hayan visto el video a lo largo de 5 minutos, y también los minutos o segundos que hayan creído haber sido vistos por el otro.

Eso es todo. Se trata de probar si podemos percibir cuando estamos en la mente del otro, concretamente cuando nos esta aprehendiendo con la vista, y si los efectos de esa percepción cambian, por ejemplo, dependiendo la distancia o de si hay más observadores (lo cual es válido en el experimento).

Puedes hacerlo por tu cuenta o a través del portal de Rupert Sheldrake.

 

2. Telepatía telefónica

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Otro de los experimentos de Sheldrake consiste en utilizar las llamadas telefónicas para saber qué tan lúcida es nuestra intuición telepática. Aunque el experimento sólo se ha llevado a cabo en el Reino Unido, Estados Unidos y Canadá, lo cierto es que tú mismo lo puedes intentar con otras tres personas.

El experimento consiste en que una persona reciba seis llamadas al azar de tres personas distintas (pueden escoger sus turnos mediante un juego de dados o algo que lo deje completamente a la casualidad). Quien recibe las llamadas, debe intentar saber quién lo está llamando.

Puedes jugar con la distancia, así como con el grado de familiaridad que tengas con los demás, pues según ha comprobado Sheldrake, un 61% de los aciertos se han dado cuando las llamadas son entre personas muy cercanas.

 

3. Mimetízate con el otro

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Es probable que la telepatía, al ser algo muy intuitivo, se desarrolle de manera más potente (incluso al punto de la mímesis) entre individuos que conviven constantemente. Con aquellos con quienes pasamos mucho tiempo es más fácil sentir y crear conexiones insospechadas, lo que se comprueba cotidianamente cuando sabemos espontáneamente lo que el otro hará o dirá. Puedes probar a indagar en esta mímesis telepática mediante una sesión con alguien con quien vivas o trabajes.

Intenta encerrándote con otro en una habitación o yendo a un lugar tranquilo donde se puedan concentrar sólo el uno en el otro: mírense a los ojos por un período prolongado y luego intenten adivinar por turnos lo que el otro piensa o siente. Así comprobarán su grado de mímesis y qué tanto existe una comunicación psíquica entre ambos.

 

Prueba estos pequeños juegos telepáticos y comprueba el poder comunicativo de tu psique. Esta es también una buena forma de mostrar nuestro grado de empatía.

 

* Ilustración principal: Man Repeller