Padre e hija implementan experimento de telepatía electrónica

Este experimento muestra las incipientes posibilidades de escribir información a distancia en la mente de los demás.

Aunque la ciencia establecida no suele considerar válida la existencia de la telepatía, la tecnología moderna avanza rápidamente hacia la telepatía electrónica. Actualmente existen numerosos aparatos que pueden controlarse con el poder del pensamiento, y el científico Christopher James ahora ha creado un aparato para comunicarse de cerebro a cerebro directamente.

James quiso jugar a este juego telepático con su hija, y colocó electrodos en su cabeza. En el experimento el emisor imagina una serie de dígitos binarios, los cuales transmite al imaginar movimiento en su mano derecha o izquierda. Los patrones de pensamiento son registrados por luces LED –con una frecuencia que representa el 0 y otra el 1–.

telepatia cerebros conectados

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La señal de los LEDs viaja al receptor destellando en una parte específica del ojo, y crea una señal óptica que difunde por el córtex visual del cerebro. Esto se lleva a cabo en ambas direcciones y luego se confirma que el experimento ha sido un éxito.

Aunque para poder transmitir señales telepáticas más complejas por el momento sería necesario implantar electrodos en la superficie del cerebro, este divertido experimento entre un padre y su hija revela un enorme horizonte de posibilidades. Específicamente, la capacidad de escribir información directamente en la mente de los demás, un poco como en la película Inception. O como William Burroughs sugería que hacían los sacerdotes mayas con el pueblo, en una transmisión unidireccional de conceptos. La telepatía electrónica abre las puertas a una nueva frontera de programación mental.



Así es como el universo como lo conocemos podría llegar a su fin

Ya sea con un gran congelamiento o con una ruptura en el espacio tiempo, el universo llegará a su fin tarde o temprano.

«Así es como termina el mundo, no con una explosiónsino con un suspiro»

T.S. Eliot

Lamentamos recordártelo, pero tarde o temprano, todo lo que conoces, todo lo que amas u odias, incluso tú, morirá. Como dice el refrán, “todo lo que inicia, acaba”, y de modo semejante al ciclo de una vida humana, del nacimiento a la vejez, nuestro universo también llegará a su fin.

Pensar en la finitud de la existencia probablemente sea una de las ideas capaces de entristecer hasta al más optimista –pero no cabe duda de que imaginar las posibilidades del final también resulta fascinante desde un punto de vista científico.

El fin de la Tierra como la conocemos es un problema menor comparado con el fin del universo. Sin contar con las tendencias autodestructivas propias de la especie humana, y asumiendo que el cambio climático no produzca cambios que vuelvan imposible cualquier forma de vida en el planeta, nuestra atmósfera seguirá siendo habitable durante mil millones de años más.

El sol de nuestro sistema solar tiene entre 7 mil y 10 mil millones de años de vida por delante antes de convertirse en una gigante roja, expandiéndose más allá de su tamaño actual y engullendo a los planetas circundantes, antes de convertirse en una enana blanca tremendamente masiva, aproximadamente del tamaño actual de la Tierra.

La vida de las estrellas rojas, según el físico John Baez de la Universidad de California, en Riverside, es de 100 trillones de años (considerando que un trillón equivale a un millón por un millón de años, una cifra bastante difícil de imaginar desde la escala humana). Pasado este tiempo, la estrella se apaga al quedarse sin energía, o es absorbida por otro cuerpo celeste de mayor masa y gravedad, como un agujero negro.

Galaxia de Andrómeda

Esto es lo que ocurrirá también con el Grupo Local de nuestra galaxia, cuando la Vía Láctea colisione con su vecina, la galaxia de Andrómeda, en menos de 6 mil millones de años. Tanto la sonda Gaia como el telescopio espacial Hubble han confirmado que ambas galaxias se encuentran en un curso de colisión de 300 kilómetros por segundo desde el punto de vista de nuestro sol; su acercamiento definitivo tendrá lugar un poco antes, en 3,870 millones de años, y su fusión en una galaxia elíptica, en 5,860 millones de años. Ese será el fin de nuestra galaxia, absorbida en una nueva unidad.

La “gran congelación” o la muerte del calor

A partir de entonces, en este lugar del universo al igual que en el resto, la gravedad de los cuerpos celestes más masivos atraerá a los más pequeños, hasta que toda la materia entre en los agujeros negros o flote como partículas libres, cada vez más lejos unas de otras.

Eventualmente, los agujeros negros también se van a evaporar. Este proceso fue descrito por Stephen Hawking, quien explicó que la vida de los agujeros negros, aunque considerablemente larga, también es finita. Calcular su duración equivale a multiplicar diez a la centésima potencia (10^100, un gúgol). Cuando los agujeros negros se consuman, la materia restante seguirá alejándose más y más hasta que el espacio sideral quede realmente vacío y frío, tal vez para siempre.

La profesora Katie Mack de la Universidad del Estado de Carolina del Norte, explicó que “podemos intentar entenderlo, pero no hay nada que podamos hacer para cambiarlo de ninguna manera.”

Y es que pensar en el fin del universo no solamente es un reto para los astrofísicos que lo estudian, sino que nos da un poco de perspectiva acerca del lugar de la humanidad en el universo. Es una postura entre filosófica y científica, pero sin duda de un realismo total, pues como dice la profesora Mack, “no tenemos ningún legado en el cosmos, eventualmente. Ese es un concepto interesante.”

El “gran desgarramiento”

Pero no todo tiene que terminar en una helada universal que dure un tiempo incalculable: otras teorías apuntan a que el universo no sólo se está expandiendo, sino que esa expansión se está acelerando. La energía oscura podría apresurar aún más esta aceleración.

La energía oscura, según los teóricos, es fuerza gravitacional repulsiva que empuja toda la materia más y más lejos desde su punto de origen, desde el principio del universo. Sin embargo, científicos como Carlos Frenk de la Universidad de Durham, afirman que “energía oscura” es solamente una forma de llamar a un fenómeno para el cual los científicos no tienen una explicación satisfactoria.

Aunque el gran congelamiento parece más probable que el gran desgarramiento, si la energía oscura en el vacío del universo acelera lo suficiente la expansión, en unos 100 mil millones de años el universo entero podría romperse, cambiando la naturaleza misma del vacío.

Imagina un vacío más “vacío” que lo que conocemos por ese nombre. El gran desgarramiento podría llevarse consigo toda la lógica con la que funciona el universo como lo conocemos, cambiando radicalmente las interacciones de la materia.

Este es el agujero negro más masivo descubierto hasta el momento.

Los investigadores piensan que el universo es estable gracias a elementos como el “campo de Higgs”, que determina la masa de las partículas subatómicas; si elementos como ese se ven afectados por el gran desgarramiento, nadie conoce a ciencia cierta las consecuencias, una destrucción potencial o el inicio de un periodo de “metaestabilidad”, donde las reglas cambien. Sería el inicio de una física completamente distinta. Y su final.

La profesora Mack explica que “en algún punto del universo, tendrías una burbuja de vacío auténtico que se expande a la velocidad de la luz y envuelve al universo, destruyendo todo.”

¿Un vacío a la velocidad de la luz? Y no sólo eso: un vacío capaz de absorber planetas, galaxias enteras más rápidamente que un agujero negro.

Inflación cósmica, ¿un nuevo comienzo?

Todas las perspectivas apuntan hacia lo mismo: en un corto plazo (en la escala del tiempo universal), la humanidad será destruida; tal vez ganemos algo de tiempo si logramos colonizar algún sistema planetario vecino, o encontrar la manera de viajar entre galaxias. De cualquier manera, con humanos o sin ellos, la maquinaria del universo sigue moviéndose en direcciones inesperadas hacia el fin… o hacia el inicio.

Si la gran expansión (Big Bang) fue el comienzo de todo, ¿cómo saber si no existió antes otra física, otro universo (o universos) cuyo resultado final fuera el comienzo del nuestro? Alan Guth, físico del MIT e inventor de la teoría de la inflación cósmica, afirma que la creación y destrucción de universos también puede estar más allá del espectro de visión de nuestras herramientas actuales.

Podrían existir secciones enteras del universo que no se vieran afectadas ni por la gran congelación ni por el gran desgarramiento; lugares más allá de nuestro propio universo donde otros universos estuvieran siendo creados y destruidos, una y otra vez, quién sabe desde cuándo y hasta cuándo.

Para Guth, esta perspectiva es la más optimista de entre todas las teorías del fin del universo, en parte, porque deja lugar a la posibilidad de que la vida resurja de maneras que simplemente no podemos imaginar.

“Incluso si nuestra parte del universo se termina”, afirma Guth, “otras partes donde la vida prolifere podrían continuar para siempre.”

Sea como sea, sin duda es más sencillo conceptualizar la propia muerte (tomando en cuenta de que los seres humanos somos finitos, y rara vez vivimos más allá de un siglo individualmente) que la muerte del universo. Pero pensarlo no debe deprimirnos, sino hacernos imaginar que el universo también se comporta como un organismo vivo, que cambia, se multiplica y eventualmente es destruido.

Es poco probable que estemos ahí para atestiguar el fin de estos eventos, pero considerarlos en su infinita y destructora magnitud puede hacernos apreciar la fugacidad de nuestra existencia planetaria: un suspiro en el gran orden del tiempo universal.



3 experimentos que puedes hacer en casa para comprobar tus dones telepáticos

Todos tenemos esta poderosa capacidad psíquico-intuitiva. ¿Quieres comprobar que tú también puedes hacer telepatía?

La telepatía es la capacidad psíquica que permite experimentar la mente del otro desde lejos, algo que probablemente a todos nos ha pasado y le llamamos casualidad. Y precisamente, lo que ha hecho pensar a esta forma de comunicación como un fenómeno “paranormal” es el hecho de que se desconoce el medio a partir del cual se transmiten los mensajes.

Pero, ¿y si se trata de algo que no podemos percibir, como el éter? Rupert Sheldrake, biólogo de la Universidad de Cambridge y apasionado de la telepatía –estudia este fenómeno incluso entre las mascotas y sus dueños–, ha propuesto algo parecido.

Según Sheldrake, existen campos mórficos en los que transita una especie de información transhistórica: una memoria inherente a la existencia que es “heredada” de generación en generación, y que podría explicar la telepatía. Esta teoría embona con la visión cuántica del espacio-tiempo, de acuerdo con la cual podrían existir sustancias desconocidas e imperceptibles en el cosmos, como el éter.

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Gareth Halliday

Asimismo, una explicación a nivel cuántico para una especie de telepatía o de campo mórfico es la del “enlazamiento” entre partículas. Según la física cuántica, no importa que un par de moléculas subatómicas jamás hayan compartido el mismo espacio o el mismo tiempo: aun así se influenciarán mutuamente, en el pasado o en el futuro –algo que, por lo demás, funciona como una maravillosa metáfora cuántica del amor–.

Pero como explica el gurú científico Michio Kaku, sería demasiado difícil desarrollar la telepatía mediante esta interconexión subatómica, pues implicaría coordinar nuestros trillones de átomos con los de otra persona para que vibraran al unísono en cada mente.

En realidad, la telepatía podría ser algo más intuitivo. ¿Cómo comprobarlo?

Sheldrake ha estudiado la telepatía como un fenómeno evolutivo, pensándola como una extensión psíquica y una capacidad comprobable empíricamente. Es por eso que ha desarrollado algunos experimentos para que cualquiera pueda poner a prueba sus innatas dotes telepáticas y, de paso, ayudar a sus investigaciones sobre el tema.

Esto y un poco de mímesis te abrirán las puertas a nuevas e insospechadas formas de comunicación psíquica. ¿Te atreves a probarlo? Aquí tienes tres experimentos para empezar.

 

1. ¿Puedes saber cuando alguien te ve a la distancia?

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Para este experimento necesitas un amigo, una computadora con Internet y relojes sincronizados. Debes conectarte al mismo tiempo con tu amigo y ambos deben compartir un video del otro en tiempo real. Cada uno debe ver su video a intervalos, apuntando los momentos en los que hayan visto el video a lo largo de 5 minutos, y también los minutos o segundos que hayan creído haber sido vistos por el otro.

Eso es todo. Se trata de probar si podemos percibir cuando estamos en la mente del otro, concretamente cuando nos esta aprehendiendo con la vista, y si los efectos de esa percepción cambian, por ejemplo, dependiendo la distancia o de si hay más observadores (lo cual es válido en el experimento).

Puedes hacerlo por tu cuenta o a través del portal de Rupert Sheldrake.

 

2. Telepatía telefónica

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Otro de los experimentos de Sheldrake consiste en utilizar las llamadas telefónicas para saber qué tan lúcida es nuestra intuición telepática. Aunque el experimento sólo se ha llevado a cabo en el Reino Unido, Estados Unidos y Canadá, lo cierto es que tú mismo lo puedes intentar con otras tres personas.

El experimento consiste en que una persona reciba seis llamadas al azar de tres personas distintas (pueden escoger sus turnos mediante un juego de dados o algo que lo deje completamente a la casualidad). Quien recibe las llamadas, debe intentar saber quién lo está llamando.

Puedes jugar con la distancia, así como con el grado de familiaridad que tengas con los demás, pues según ha comprobado Sheldrake, un 61% de los aciertos se han dado cuando las llamadas son entre personas muy cercanas.

 

3. Mimetízate con el otro

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Es probable que la telepatía, al ser algo muy intuitivo, se desarrolle de manera más potente (incluso al punto de la mímesis) entre individuos que conviven constantemente. Con aquellos con quienes pasamos mucho tiempo es más fácil sentir y crear conexiones insospechadas, lo que se comprueba cotidianamente cuando sabemos espontáneamente lo que el otro hará o dirá. Puedes probar a indagar en esta mímesis telepática mediante una sesión con alguien con quien vivas o trabajes.

Intenta encerrándote con otro en una habitación o yendo a un lugar tranquilo donde se puedan concentrar sólo el uno en el otro: mírense a los ojos por un período prolongado y luego intenten adivinar por turnos lo que el otro piensa o siente. Así comprobarán su grado de mímesis y qué tanto existe una comunicación psíquica entre ambos.

 

Prueba estos pequeños juegos telepáticos y comprueba el poder comunicativo de tu psique. Esta es también una buena forma de mostrar nuestro grado de empatía.

 

* Ilustración principal: Man Repeller