¿Con qué frecuencia cambias de teléfono celular? ¿Cuántas veces has tenido que actualizar programas para tu computadora portátil? ¿Has tenido que cambiar de televisor para poder sintonizar la señal? Bienvenido a la cultura de la actualización, una tendencia de los últimos años que nos obliga a sentirnos modernos, incluso cuando no lo necesitamos.

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Los ciclos de la tecnología se han convertido en directrices de la vida diaria. Julia Christensen lo explica muy bien en su libro Upgrade Available, un texto que desenreda la misteriosa cultura de la actualización.

Lejos de facilitarnos la vida, la monstruosa proliferación de los dispositivos tecnológicos nos la complica con toneladas de desechos electrónicos. En Ecoosfera ya hemos hablado un poco de la obsolescencia programada y de cómo la tecnología, en especial las empresas telefónicas, determinan la vida útil de nuestros celulares.

Jamás nos cansaremos de asegurar que hoy el consumo tecnológico está regido por la actualización de los dispositivos, más no por la vida útil que podrían ofrecernos. Afortunadamente, Christensen nos hace recordar que hay más objetos que acumulamos sin darnos cuenta y que son parte de esta cultura de la actualización.

 

Los objetos de la cultura de la actualización

Por ejemplo, las cintas VHS (un recuerdo nostálgico para muchos), las pilas, las baterías de cámaras, los cables para tele, los cargadores de celular, los USB, los radios portátiles, las consolas, los discmans o reproductores de música, y cómo olvidarnos del walkman.

Es posible que no hayas notado la cantidad de desechos que tenías en casa hasta que esta cuarentena te obligó a reacomodar los espacios. ¿Hemos llegado a considerar los daños colaterales de la cultura de la actualización como parte de la vida moderna? Queremos pensar que sí, pero no.

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“¡Quiero quedarme con mi computadora vieja y con mi Windows 98’ instalado! ¿Y qué?”

Basura en cantidades estratosféricas, gastos enormes en dispositivos nuevos, trabajos mal pagados que violan derechos fundamentales y emisiones de CO2 en aumento, a cambio de un celular nuevo cada año e innumerables actualizaciones de software y aplicaciones que transgreden los límites de la privacidad. 

Esta información no debería sorprenderte. En todo caso, las ideas de Christensen nos invitan a reflexionar sobre las soluciones potenciales del dilema de la obsolescencia tecnológica. ¿Podremos salir de este mercado de consumo masivo que, al parecer, nos está ganando la batalla?

 

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