Cuando vemos las estrellas, es probable que algunas de ellas ya estén extintas. Pero nosotros las vemos aún refulgentes de vida.

Y es que, cuando miramos el universo, la distancia nos cuenta nada más que una memoria cósmica. Lo que vemos ya pasó, hace cientos o miles de años, pues la luz que llega desde el espacio se demora mucho en llegar hasta nuestros ojos. El tiempo depende de la distancia.

Lo que no podemos ver a simple vista son los remanentes que quedan tras una supernova –es decir, la muerte de una estrella–. Sólo con el telescopio espacial Kepler la NASA pudo capturar una imagen semejante, la cual, por cierto, es violenta de una forma extrañamente poética.

La estrella muerta más joven de la Vía Láctea tiene 400 años. Era 15 o 20 veces más grande que el Sol, y se llamaba Cassiopeia A, pues estaba en la constelación del mismo nombre, a 11,000 años luz de la Tierra: casi la misma distancia a la que se encuentran otras galaxias. Pero sus remanentes todavía están ahí, y los astrónomos quieren estudiarlos.

El problema es la distancia que nos separa de este mausoleo estelar.

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Pero recientemente, un equipo del Harvard-Smithsonian Center for Astrophysics y el Center for Computation and Visualization de la Universidad de Brown, reprodujeron el interior de la Cassiopeia A en realidad virtual. Para ello utilizaron información de rayos X proporcionada por la NASA, información infrarroja del telescopio espacial Spitzer, e información óptica de otros telescopios.

Todas estas capas de data fueron suficientes para moldear los remanentes de esta estrella en 3D, y convertirla en una experiencia en realidad virtual que permite caminar entre los restos de lo que fue una estrella de nuestra galaxia. Además, durante el cósmico recorrido en el peculiar mausoleo, los usuarios pueden entender mejor estas explosiones estelares y qué materiales se diseminan debido a ellas, gracias a pequeñas lecturas que forman parte de la experiencia virtual.

De alguna forma, esta experiencia nos hace aprender de nosotros mismos: porque somos polvo de estrellas. Las masivas supernovas fueron quizá el principio de la vida, ya que arrojan una gran cantidad de elementos que pueden ser observados tanto en el universo como en nuestro planeta.

Así que estas experiencias no sólo ayudarán a los astrónomos a conocer más del universo, sino que también son una forma de re-conocer lo que nos hace humanos.