Michel de Montaigne fue un político, aristócrata y sabio francés del siglo XVI quien, retirado de la vida pública a una edad relativamente joven, escribió:

“Lo más maravilloso del mundo es saber cómo pertenecer a uno mismo”.

Este tipo de saber no se da (solamente) por acumular muchos conocimientos, sino por la experiencia de estar en paz con la propia presencia. Después de todo, desde que nacemos hasta que morimos estamos “acompañados” de nosotros mismos. ¿Entonces, por qué nos es tan difícil a veces estar solos? ¿Por qué nos sentimos insuficientes o rechazados si no tenemos a alguien cerca?

El doctor Dilip Jeste, de la Universidad de California en San Diego, ha abordado la relación de la sabiduría con la soledad. Ninguno de estos conceptos es fácil de definir, y han corrido ríos de tinta desde la antigüedad para tratar de ponerlos en claro. Sin embargo, para Jeste, comprender su relación es clave para nuestro bienestar, así como para combatir lo que llama “la epidemia de soledad” que vivimos hoy en día.

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La imagen popular de un sabio es la de alguien que está bien consigo mismo, como Montaigne en su torre o Henry D. Thoreau en su cabaña en el bosque, y que desprende una especie de aura tranquilizante. Asociamos a los sabios con maestros, mentores e incluso líderes religiosos. Pero antes de entender qué es un sabio, debemos preguntarnos: ¿en qué consiste su sabiduría (y en todo caso, cómo se obtiene)?

Según Jeste (a partir de un análisis a fondo de la literatura sobre el tema):

la sabiduría es un complejo rasgo humano con componentes específicos, tales como la regulación emocional, la autorreflexión, comportamientos prosociales como la empatía y la compasión, la capacidad de decisión, la orientación social, la tolerancia a valores divergentes, y la espiritualidad.

Nada más y nada menos.

Por extensión, un sabio sería aquella persona que logra hacerse de una o varias de estas cualidades, por lo que es sencillo entender por qué sería deseable ser una persona así o tener a alguien así cerca de nosotros.

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¿Pero cómo se relaciona la sabiduría con la soledad?

Jeste y sus colegas desarrollaron instrumentos de medición para tratar de determinar variables como la soledad, la salud física y emocional, así como la sabiduría, en una muestra de voluntarios cuyo rango de edades era de entre 27 y 101 años de edad.

Los participantes de ciertas edades dijeron sentirse más solos que la mayoría, lo que los investigadores asociaron con otra serie de malestares. La soledad puede manifestarse como un problema de salud física y no sólo emocional o espiritual.

La soledad puede provocar depresión, agravar la dependencia a sustancias adictivas o provocar desnutrición y problemas para dormir, entre otros efectos indeseables.

Las tres edades en que la soledad se siente con más fuerza, según este estudio, fueron a finales de los 20 años, a mediados de los 50 y a finales de los 80.

Aunque el estudio de Jeste no ofrece explicación sobre por qué la soledad subjetiva se percibe con más fuerza durante esas edades, podemos especular que existe un vínculo importante en los cambios en las relaciones sociales que se dan durante esas etapas de la vida.

Por ejemplo, a finales de los 20 la gente se topa con las primeras consecuencias de sus decisiones en la edad adulta: sus elecciones de carrera, de pareja, de amistades pudieron haber sido afortunadas o no, y tendemos a compararnos muy duramente con amigos de edades similares. Si además lo hacemos a través de las redes sociales, el efecto puede agravarse.

Durante los 50, algunos amigos o conocidos pueden enfermar y morir por causas asociadas a las decisiones de vida. La salud comienza a ser un tema recurrente, así como la llamada crisis de la edad adulta. Según Jeste, “es la primera vez que te das cuenta de que tu esperanza de vida no es eterna”.

Por último, si llegas a vivir más allá de los 80 años, te das cuenta de que las personas más importantes de tu vida han muerto o están próximas a morir. La mayor parte de tu vida, estadísticamente, ha quedado atrás.

 

Saber pertenecer a uno mismo

Sin embargo, otro descubrimiento clave del estudio fue que la gente más “sabia” de entre los participantes no sentía la soledad como algo opresivo, y su salud no se veía afectada. Los parámetros con los que los investigadores midieron la sabiduría fueron: altruismo, sentido de justicia, introspección/visión (insight), conocimiento general de la vida, manejo de emociones, aceptación de valores divergentes y capacidad de decisión.

Los investigadores interpretaron que, debido a que estas personas cultivaban tanto su relación consigo mismos como con los demás, tendían a ser compañías deseables. En otras palabras, los participantes “sabios” eran aquellos a quienes otras personas recurrían o en quienes podían confiar, pero sobre todo, eran aquellos que sabían pasársela bien consigo mismos.

Por desgracia, este estudio no puede darnos las claves de la sabiduría. Pero los parámetros clave (los rasgos de personalidad que tendría una persona más o menos decente que no se hace ilusiones ingenuas porque conoce bien la vida, pero tampoco se deja amargar por ella) son aspectos que todos deberíamos cultivar en nuestra propia vida.

Tal vez la sabiduría no sea otra cosa sino ese “saber pertenecerse a sí mismo” del que hablaba Montaigne, en la soledad alegre de su torre.

 

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