Tal vez compartimos más de lo que creemos con nuestra pareja, o incluso con nuestro roomie o hermanos. Y es que, al parecer, el sistema inmunológico adaptativo es modificado a partir de la convivencia, y se mimetiza con el sistema inmunológico de aquel con quien vivamos. Esto es importante: sobre todo si, como se cree, el sistema inmunológico modifica nuestra conducta.

Pero lo que ocurre a nivel celular podría no ser tan romántico como suena.

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Lo que sucede, más bien, es que nuestro sistema inmune detecta el contacto con el otro –y todas sus bacterias y patógenos– como un riesgo potencial. La manera que tiene nuestro organismo de protegernos es mediante la memoria inmunitaria, un proceso que crea “recuerdos” sobre ataques previos y va generando nuevos mecanismos de defensa. Es a partir de este proceso de “inmunidad adquirida” que se pudieron inventar las vacunas.

Así que nuestra pareja es vista como un agente invasor…

Pero lo que se encontró en un nuevo estudio, publicado en Nature Immunology, es que este cambio en el sistema inmunológico no es pasajero –como suele ser cuando un intruso amenaza a nuestro organismo–, sino que se vuelve permanente.

Según el estudio, realizado a más de 600 personas, los sistemas inmunes son muy estables en el tiempo: ni siquiera una vacuna o una enfermedad los modifica por un período demasiado largo. Al parecer, sólo la vida en pareja es capaz de transformarnos celularmente de manera permanente.

Para llegar a esta conclusión, los investigadores tomaron 1,000 muestras celulares de un grupo de 638 personas, incluidos 70 pares de padres con hijos, durante 3 años. Algunos viajaban, otros no, pero todos, eventualmente, se enfermaban de algo o se tenían que vacunar. No obstante, el cambio en sus sistemas inmunológicos no duraba demasiado. Tampoco el de las parejas.

Pero los investigadores hallaron algo peculiar: las parejas compartían un sistema inmunológico casi idéntico.

Los investigadores no pudieron observar ni analizar el proceso de mimetización del sistema inmune de las parejas, ya que cuando comenzaron a estudiar su organismo, las 70 parejas ya vivían juntas y tenían hijos. Pero la hipótesis es que compartir un mismo ambiente es lo que los hace tan similares con el tiempo. Aunque esto también podría deberse a la crianza de los hijos, quienes podrían actuar como conductores microbianos y ser el puente que produce la mimetización del sistema inmunológico de sus padres.

Y si realmente la lucha contra los patógenos que libra nuestro sistema inmune es capaz de cambiar nuestra conducta, ¿qué significaría que nos mimeticemos así con quien compartimos la vida?

Porque de acuerdo con otras investigaciones, el sistema inmunológico sí está conectado al cerebro, lo que podría tener una incidencia en nuestro estado psíquico. Así que los cambios que podrían desatarse en nuestra conducta a raíz de una enfermedad bien podrían ser idénticos también a los de nuestra pareja, lo que nos haría también psíquicamente más parecidos.

Esto sí sería romántico, y demostraría que eso de ser “la otra mitad del otro” podría ser cierto incluso a nivel celular y neuronal. O más aún: que por más diferencias que tengamos, siempre somos iguales en lo esencial.

 

* Imagen principal: “Cyanotypes of British Algae”, de Anna Atkins (1843); Public Domain Review