Silicon Valley es una zona al sur de la Bahía de San Francisco, en Palo Alto, California, Estados Unidos. Su nombre se asocia comúnmente con los gigantes de la tecnología digital: compañías como Google, Apple y Microsoft tienen sus oficinas ahí, y la vida del lugar está sumamente relacionada con la tecnología. Aunque de una forma muy inesperada.

Y es que mientras sus padres y madres crean la vanguardia de aplicaciones y dispositivos que el resto del mundo usa diariamente, los hijos e hijas asisten a colegios sin pantallas. No hay computadoras, ni tablets, ni teléfonos móviles hasta la secundaria. Vaya, no hay ni siquiera calculadoras, sino sencillos ábacos de madera.

El periodista Pablo Guimón ha explorado muy de cerca esta tendencia en la crianza de los “gurús digitales” en colegios como el Waldorf of Peninsula, cuya matrícula anual asciende a 30,000 dólares. En instituciones privadas como esta, el comité de padres de familia suele estar integrado por ingenieros o programadores que son sumamente estrictos sobre el tiempo de pantalla de sus hijos. 

Pierre Laurent es ingeniero informático y padre de tres hijos, además de presidente del patronato del Waldorf. En sus propias palabras: “Lo que detona el aprendizaje es la emoción, y son los humanos los que producen esa emoción, no las máquinas”.

Según su razonamiento, los niños deben aprender a dibujar un círculo a mano antes de utilizar un programa que lo haga por ellos. Nada de talleres de programación y robótica para estos niños, sino huertos, carpintería y actividades manuales estrictamente análogas.

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Otros pioneros informáticos como Bill Gates o Steve Jobs no permitían pantallas en la mesa, y sus hijos recibieron dispositivos electrónicos hasta cumplir los 14 años

 

¿Pero por qué los adultos que crean la tecnología de punta quieren a sus hijos alejados de ella?

Probablemente sea hipócrita, pero también tiene mucho sentido: las apps y dispositivos no están diseñados para promover la educación y el conocimiento, sino para darle al usuario motivos para que permanezca mirando la pantalla el mayor tiempo posible. Facebook y Google no cobran a los usuarios por sus servicios, pero eso no quiere decir que no ganen dinero por el uso que les damos.

Muchas métricas relacionadas a la publicidad y el marketing digital están asociadas al tiempo de permanencia del usuario en determinada página: ese es el tiempo en el cual se pueden recoger datos personales, ofrecerle anuncios y convertirlos en información.

En otras palabras, como reza un adagio digital, “cuando un producto es gratis, el producto eres tú”.

A decir de Laurent:

el objetivo hoy es que el usuario pase más tiempo en la aplicación, para poder recoger más datos o poner más anuncios. Es decir, la razón de ser de la aplicación es que el usuario pase el mayor tiempo posible ante la pantalla. Están diseñadas para eso.

Curiosamente, los niños de las clases económicamente privilegiadas son quienes menos tiempo pasan frente a pantallas: una media de casi 2 horas (en 2017), comparado con las 4 horas que los niños de clase baja pasan online. En países como Estados Unidos, las poblaciones afroamericanas y latinas son quienes pasan más tiempo en línea.

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¿Creatividad y privacidad para niños ricos, robots y vigilancia para niños pobres? (Imagen: El País)

Existen estudios que relacionan el acceso temprano a dispositivos digitales con dificultades de atención y aprendizaje. La Academia Americana de Pediatría recomendó en 2016 evitar que los menores de 2 años usen pantallas, además de supervisar y limitar los contenidos que ven los niños a partir de entonces, sin exceder nunca las 2 horas diarias de “contenidos educativos y de calidad”.

 

¿Dónde están las fronteras digitales?

Los padres y madres pueden limitar el acceso a la tecnología con la que sus hijos interactúan, ¿pero tienen el derecho de limitar el acceso de la gente que trabaja con ellos? Syma Latif, directora de una agencia de niñeras que atiende a familias “de alto perfil” en la zona de Silicon Valley, afirma que son comunes los contratos que especifican que las niñeras no pueden mirar sus propios celulares mientras están con los niños.

Latif puede comprender ambas posturas: por un lado, los padres necesitan confiar en que la niñera no va a descuidar a los niños por estar en el celular; por otro, ¿qué pasa si la niñera tiene una emergencia con su propia familia, un familiar enfermo, o qué ocurre simplemente con el derecho al ocio en sus ratos libres? 

Aunque ejecutivos como Laurent entienden bien que los resultados de estas experiencias de crianza no serán visibles sino hasta dentro de algunos años, resulta interesante conocer hasta qué punto la gente que diseña los dispositivos de vigilancia que minan nuestra privacidad están, a su vez, muy preocupados por que sus hijos no sean víctimas de ella.

Un antiguo adagio del poeta Juvenal puede resumir esta contradicción propia de la era digital:

“¿Quién vigila a los vigilantes?”.