Tu cerebro en silencio

El silencio es vital (así lo demuestra la ciencia).

Vivimos rodeados de ondas sonoras cuyos decibeles –actualmente más potentes que nunca en la historia de la humanidad– están causando estragos en la salud. Y es que nuestra psique no estaba acostumbrada a semejante estrés sonoro, sino a la paz que proporciona un cerebro en silencio.

Tanto el ruido como el silencio trastocan el cerebro, pero el primero se ha impuesto al segundo, así que prácticamente hemos olvidado lo que es un cerebro en silencio, pues son pocas las ocasiones en las cuales podemos experimentar un espacio libre de ruido y entablar un contacto con el silencio y sus prodigios –no por nada, hoy en día, el silencio se vende ya como un producto–.

El silencio no sólo proporciona cambios a nivel espiritual, como podríamos imaginarnos a partir de las prácticas de meditación, sino que estar en silencio implica impactos neuronales en el cerebro que se irradian sobre todo el organismo y modifican el funcionamiento entero del cuerpo.

Quizá precisamente por eso el silencio era –y es– tan apreciado en las prácticas budistas, pues aunque no se basan en un conocimiento científico del silencio, lo practican de manera constante. Por eso, en el budismo el silencio es un lenguaje de por sí (el moku), que nos conduce a otros planos de la realidad, libres de irrupciones abruptas, y donde mente y espíritu pueden canalizarse hacia nuevos hallazgos del mundo.

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El silencio regenerador

De donde quiera que procedamos, y cualquiera que sea nuestra tradición espiritual o de pensamiento, el silencio es algo vital. Esto ha sido comprobado científicamente, pues desde hace muchas décadas se han estudiado los efectos del silencio en el cerebro y el organismo, y se ha demostrado cuán necesario es proporcionarnos espacios libres de toda perturbación sonora.

Estos son cuatro hallazgos científicos sobre los portentosos prodigios del silencio y cómo se traducen en el cerebro:

 

El silencio y la neurogénesis

En un experimento, un grupo de investigadores descubrió que los ratones expuestos a 2 horas de silencio diario desarrollaban nuevas células en el hipocampo, la zona del cerebro que involucra a la memoria y al procesamiento de las emociones. Esto no es bueno per se, pero complementariamente se comprobó que estas células se convertían en neuronas, lo cual es excelente, pues generar nuevas neuronas es vital para la salud óptima del cerebro, y es algo que requiere de muchos buenos hábitos para lograrse.

 

El silencio potencia la sensibilidad y la empatía

Además de poder generar nuevas y necesarias neuronas en el hipocampo, el silencio está asociado a otras áreas del cerebro de alta sensibilidad y donde es generada la empatía –e incluso, los sentimientos de amor–, como el giro supramarginal, que necesita de tranquilidad y silencio para funcionar adecuadamente y promover la empatía, ya que los ambientes de estrés promueven exactamente lo contrario.

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Collage: Jaen Madrid

 

El silencio estimula otro tipo de atención

Cuando el cerebro está en silencio también se activan procesos de atención, aunque de un tipo distinto a los que conocemos, que también son necesarios para guardar energía sin dejar de estar presentes. En una investigación publicada en el 2001 se halló que el silencio promovía el descanso de la corteza prefrontal, que entraba en un “modo de fábrica” necesario para ahorrar energía, pero promovía un tipo de atención más pasiva: una habilidad, según pudieron observar los investigadores, que hemos perdido con el pasar del tiempo, pero que podría ser evolutivamente fundamental.

 

El silencio libera tensión del cuerpo y el cerebro

En el 2006, el físico Luciano Bernardi llegó por accidente a un resultado insospechado cuando estudiaba los efectos de la música en el cerebro. Bernardi realizó una prueba en la que le puso seis canciones distintas a un grupo de personas, quienes experimentaron cambios fisiológicos en la presión arterial y en la circulación en el cerebro. Pero lo sorprendente para Bernardi y sus colegas fue encontrar que las pausas de 2 minutos de silencio tenían efectos relajantes sobre los participantes, lo que podría deberse a que estar en silencio hace que descansen las neuronas de la corteza auditiva y, con ello, las zonas del cerebro relacionadas a la atención.

Como puede verse, el silencio es algo que necesitamos: un remedio natural contra los embates modernos del ruido –palabra cuya raíz en latin significa “dolor”– y que podemos conseguir con un poco de creatividad. ¿Ya pensaste cómo y dónde conseguir tu dosis de silencio?

 

* Imagen principal: Reuben Wu



Habitaciones para experimentar el silencio total (📽️)

Se trata de una forma de meditación radical que nos permite acceder a la mente en poco tiempo.

El silencio, en nuestras sociedades de sonidos amplificados, está cobrando una vital importancia. Tanto es así que la ausencia de sonido se está volviendo un bien mercantilizable, por cuyas dosis podríamos estar dispuestos a pagar en un futuro cercano.

Y es que el silencio es una experiencia. Si existe o no, no importa –pues no podemos dejar de escuchar, aunque sea los sonidos de nuestra mente o nuestra respiración–. Lo que importa es cómo lo que podríamos percibir como el silencio tiene la capacidad de curar el cuerpo y regenerar la mente. Alejarnos del ruido es algo que nos libera cognitivamente, que puede ayudarnos a lidiar con la tensión y la ansiedad y que promueve la creatividad.

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Es por eso que en el medio del arte se ha comenzado a indagar en las potencialidades del silencio y el vacío. Es, quizá, el único recurso con el que no se ha experimentado demasiado. Y es que sólo existen algunas cámaras anecoicas en universidades como Harvard y Salford. Se trata de recintos aislados de cualquier ruido externo y capaces de absorber las reflexiones producidas por las ondas acústicas al interior.

En estas cámaras, de paredes futuristas repletas de pequeñas cuñas, es donde algunos músicos y artistas han realizado sus experimentos acústicos. Algunos de ellos, como Mark Fell, buscan crear experiencias inmersivas que rayen lo trascendental.

 

Y es que estar en silencio es entrar a la mente

Las cámaras anecoicas se han convertido en inusuales espacios de meditación. Muchos han experimentado con la radical experiencia de no ver ni escuchar nada, y quedar sólo a la deriva de sí mismos en estas cámaras. Son capaces de escuchar el sonido de sus músculos relajándose, e incluso el de la sangre moviéndose alrededor de las orejas. Algunos aseguran haber sentido la expansión del cerebro. Pero quizá todos tengan en común una conclusión: es una experiencia intensa.

Bien podría ser que en un futuro estas cámaras sean de uso común, para que en el trajín diario de la vida cotidiana podamos entrar a la mente aunque sea por 2 minutos –que es el tiempo en el cual el silencio se vuelve benéfico a nivel neuronal–. Eso sí: habría que cuidar no obsesionarnos con el silencio, pues se trata de un ambiente hasta cierto punto artificial que, en dosis demasiado altas, podría ocasionar nuestro aislamiento o una intolerancia al ruido que tampoco es saludable.

Hay que recordar que los monjes budistas, quienes viven en silencio gran parte de sus vidas, saben que el silencio no es necesariamente la ausencia de ruido exterior. Así que podríamos complementar cualquier experiencia psicodélica con las cámaras anecoicas; pero lo importante es saber estar en silencio nosotros.

 

* Imagen principal: Doug Wheeler