Muchos de los imperativos normativos –o “buenos modales“– que regulaban el desenvolvimiento social hace 100 años siguen apareciendo, cual fantasmas, en nuestras microacciones cotidianas.

Sin siquiera darnos cuenta, nos seguimos relacionando mediante normas cuyo origen desconocemos.

Muchas veces, estos modales de “buena educación” expresan formas de microdiscriminación, por ejemplo, étnica o de género. Por eso es importante sacarlos de nuestro inconsciente, cuestionar por qué los hacemos y si realmente son un gesto empático –u ocultan algo más–.

Un ejemplo positivo de cómo están cambiando los paradigmas de los “buenos modales” son algunos restaurantes en Estados Unidos que están cambiando los estándares tradicionales del servicio que ofrecen los meseros, evitando las etiquetas sexistas.

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La gerente del restaurante Tied House de Chicago, Meredith Rush, cree que omitir el “damas primero” y sustituirlo por un servicio elegante pero equitativo es algo que se ajusta mejor a las nuevas generaciones. Como ella, otros gerentes y dueños de restaurantes están capacitando a sus meseros para dejar de atender primero a la mujer, ya sea al servir los alimentos o al tomar el pedido.

Ahora los meseros se limitan a tomar la orden o servir los alimentos en la dirección de las manecillas del reloj, dejando al azar si le sirven primero a un hombre o a una mujer. Para Rush, estas medidas no implican dejar atrás los buenos modales, sino simplemente quitarles lo sexista. Como expresó para Eater:

“¿Qué le pasó a los buenos modales?”, dirán los inconformes: “los buenos modales jamás lastimaron a nadie”. Claro, y los buenos modales son integrales a un buen servicio. Pero el mundo está cambiando, y así también, la etiqueta basada en el género.

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Las mujeres de hoy, independientes y más libres, ya no necesitan de “menús” especiales donde el precio no se incluya –aludiendo a que ellas “nunca pagan”–, algo que aún existía hace pocas décadas. Esto quizá fue vigente cuando los roles económicos eran distintos, pero ahora las mujeres están tan insertas en la dinámica laboral que realizan el 52% del trabajo mundial.

Además de estas transformaciones a nivel económico, existen otras a nivel cultural que llaman a cuestionar “buenos modales” tan obsoletos como el de ceder el asiento a la mujer en el transporte público o cargar con su bolsa, pues éstos ocultan una concepción de la mujer como menos fuerte que el hombre.

Por eso transformar estas microacciones cotidianas, que son en realidad muy significativas, puede tener un gran impacto en la manera como se conciben los géneros a nivel cultural. Es importante replicar este tipo de acciones en muchos otros espacios y hábitos. Pero también, que sean las propias mujeres quienes lo propongan –pues no falta la mujer a la que sí le gusta que le paguen la cuenta, ¿no?–.

Y a ti, ¿te gustaría ir a un restaurante de servicio no sexista?