Como la naturaleza, sé resiliente ante el desastre

Nuestras afecciones emocionales necesitan una dosis de sabiduría natural para ser llevaderas.

Nosotros, como parte de la naturaleza –y aunque nos disociemos tanto de ella–, somos resilientes. O por lo menos lo fuimos antes de caer en las tentaciones de la vida moderna, inicialmente industrializada y ahora vertiginosamente digital.

Que fuimos resilientes puede probarse no sólo porque la propia naturaleza lo es –y al igual que ella, todos los que la habitan deben serlo, pues ahí reside su equilibrio primordial–, sino porque aún hoy existen muchas personas con vestigios de resiliencia, o incluso con marcados rasgos de esta cualidad en su forma de asumir el mundo.

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Según Glenn Greenberg, profesor de psiquiatría en la Escuela de Medicina Yale, la resiliencia genera actitudes flexibles en torno al estrés:

Muchas personas son capaces de aceptar lo que no pueden cambiar: aprender de las fallas; usar emociones como la codicia y el enojo para potenciar la compasión y el coraje; y buscar oportunidades y significado en la adversidad.

Para estos individuos, una dialéctica subyace espontáneamente en su manera de actuar: saber que la vida es un proceso lleno de cambios, positivos y negativos, que regulan el fluir de la existencia.

Así, estas personas pueden lidiar con cualquier situación, aunque les provoque miedo o dolor.

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No obstante, la resiliencia como una forma de asumir el mundo y sobrellevar todo acontecimiento puede ser un rasgo fácilmente adoptado por discursos de autoayuda y superación personal, casi siempre individualistas y nefastos.

Contrario a eso, la propuesta es conocer la resiliencia natural y aprender de ella.

Eso implica, a manera del más humilde de los discípulos, escuchar a la omnipresente maestra que es la naturaleza: un libro infinito donde encontrar respuestas a nuestras preguntas, y un acogedor alivio para la trastornada psique contemporánea.

Pero a su vez, no podemos renunciar a nuestra humanidad. En esto debe haber un punto medio que nos permita lidiar con los problemas actuales, como la ansiedad, el estrés o la epidémica depresión –aún más aguda en países como México–, y encontrar sanación en nuevas formas de afrontar la complejidad de la existencia.

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Concebir a la naturaleza no como utopía, sino como un territorio realmente existente al que podemos regresar.

Es posible hacer esto sin tener que abandonar todo lo valioso que el devenir de la humanidad –con el trabajo de cientos de mujeres y hombres a lo largo de la historia– ha traído consigo en forma de evolución.

Así, volver a la naturaleza es tan factible como necesario. Por un lado es un imperativo para la sociedad, para que los modelos de vida sean más sustentables y orgánicos. Pero por otro, también lo es para sanar los cuerpos y las psiques tan trastornados por el capitalismo –que no es sólo un modelo económico, sino una forma de reproducción social opuesta a la naturaleza y que tiende a destruirla–.

Este equilibrio entre volver a la naturaleza sin negarnos a nosotros mismos, es necesario para que nuestra resiliencia no se convierta en una forma de sumisión o de excesiva tolerancia, sino en un paradigma emocional y cognitivo que permita superarnos como sociedad y actuar respecto a lo que en ésta hay de enfermo.

Porque es urgente tomar el control de las afecciones psíquicas –individuales y colectivas– que nos están llevando a una catástrofe de las emociones, misma que probablemente será recordada en los libros de historia sobre el siglo XXI si no la frenamos ahora.

 

* Collages: Ernesto Artillo



Un día en la vida de los niños monje (Video)

Un breve cortometraje en silencio relata un día entero en la vida de estos niños que se preparan para ser monjes.

Si lo que se quiere es extraer aprendizaje valioso de una vida, hay que buscar más allá de los libros; hay que dirigirnos a la experiencia cotidiana y observar. Concretamente, aquella que aún resguarda los pilares de un origen, por ejemplo, la experiencia que nos regala la tradición y la cultura.  

El caso de los niños preparados para ser monjes budistas, en lugares como el Tíbet, Tailandia o Sri Lanka, es un ejemplo, y uno muy único. Para muchos loable, para otros habitual, pero todos concuerdan con que sin duda es un acto férreo. Durante semanas, meses y algunos casos toda la vida, estos niños adquieren hábitos como la meditación, la oración y sobre todo la disciplina de madrugar. Costumbres tan simples se transforman en un ritual con la frecuencia, transformando no sólo la manera de concebir el mundo desde pequeños, también su destino.

Si bien esta tradición puede parecernos asombrosa en otros lugares de la orbe, la sorpresa que para este texto interesa no es el acto de convertirse en monjes desde pequeños, sino eso que podemos ver como un “sacrificio“, pero que para ellos es un acto natural en la vida cotidiana. Dicho de otra forma, un sacrificio que destila simplicidad, o encuentra asombro en las cosas más sencillas de la vida. Muchos de estos niños, por ejemplo, se vuelven mojes para hacer méritos por su madre, un sacrificio bastante noble. 

Como una especie de cortometraje, los siguientes videos nos muestran un poco de esa cotidianidad fresca que viven los niños monje (pirivena) durante su preparación. Se mira a un grupo de muchachos de Sri Lanka, levantarse de madrugada para asearse y comenzar a orar antes del amanecer, mientras otro monje mayor les prepara el té. Vemos cómo ofrecen a Buda Pūjā en uno de los principales santuarios, realizan breves sesiones de meditación y siguen sus estudios, que incluyen temas como las matemáticas.

Sin mencionar una sola palabra el día a día de estos niños budistas continua, y se desliza por la simplicidad de actos como barrer y limpiar el templo. 

Aunque a muchas personas no les gusta la idea de que los niños se conviertan en monjes, de hecho sus vidas usualmente suelen ser muy ordenadas, pacíficas y educativas. Durante su preparación también aprenden autodisciplina, el complejo acto de vivir con los demás y cómo enriquecer sus propias vidas y servir a las comunidades en las que viven.



Qué es la resiliencia (y por qué hoy más que nunca importa que lo entiendas)

Este concepto puede hacerte redefinir tu vida.

La resiliencia es la gran prosa que cuenta la historia de la vida en la Tierra. Es una historia que aún no ve su fin: un proceso de desarrollo ininterrumpido. Se trata, a grandes rasgos, del proceso por excelencia de la vida y las posibilidades de su evolución a partir de la adaptación a todo cambio.

La resiliencia es una categoría científica y un concepto vivo (literalmente) hoy día, pues se encuentra asociada a la autorregulación, la supervivencia, la evolución y el equilibrio, palabras que acaso resuenan en el proceso de desarrollo de todo ser vivo.

 

Es decir que en cualquier forma de vida existe resiliencia, sólo que ésta puede variar en su magnitud y velocidad. No todos los organismos son iguales (por ejemplo una ciudad o una comunidad), pero todos tienen un cierto grado de resiliencia. 

Ejemplos de resiliencia en la naturaleza los tenemos también en:

  • La tierra, la cual vive procesos de erosión natural de los cuales se recupera.

Pero sólo el paso de la actividad humana la deja infértil para siempre.

  • Los manglares que proveen un flujo de recursos que sostienen la integridad del hábitat costero.

No obstante, su adaptación al agua y sus sales no será posible si el nivel del mar sigue creciendo como está creciendo.

  • La genética, que hace posible la diversidad faunística mediante la evolución.

Pero la caza de animales para confección de ropa y producción de alimentos, así como la invasión a sus hábitat, está promoviendo la extinción de muchos de ellos. 

¿De qué nos sirve saber esto?

La resiliencia es parte intrínseca de la vida y su desarrollo. Es también cuna de la biosidversidad y de sus ciclos:

 

Pero el concepto de resiliencia debe ser adaptado a las condiciones actuales. Hoy en día no se puede comprender el mundo sin entender sus alteraciones. La más grande de esas alteraciones… nosotros mismos. Los ecosistemas ya son, en gran medida, organismos socioecológicos, y viceversa: la sociedad es primigeniamente una suerte de ecosistema hiper-modificado.

Esta interacción entre humanos y ecosistemas es una relación compleja repleta de lazos, cual si fuera un tejido compacto. En ella, lo que predominan son los impactos humanos a factores muy sensibles de la naturaleza, es decir: a su resiliencia.

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Si la resiliencia es la posibilidad de aprender a vivir con el cambio y la incertidumbre, y es algo innato en todas las formas de vida, significa que nosotros también lo debemos poner en práctica, de manera consciente. Si lo hacemos, podemos evitar las principales consecuencias que tiene nuestro paso por la Tierra:

  • Reducción de la biodiversidad

  • Extinción de la fauna

  • Secamiento de lagunas

  • Erosión de la tierra

  • Cambio climático

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Debemos concentrar nuestros esfuerzos, entonces, a generar una vida lo más sustentable posible. Las actividades económicas son sostenibles solamente si los ecosistemas que soporten la vida (y de los cuales somos dependientes), tienen un adecuado nivel de resiliencia y no los perturbamos. Por eso, la resiliencia, la sustentabilidad y la vida van de la mano.

 

¿Por qué es importante?

Ser resilientes es volver a los principios de autorregulación y evolución naturales de la biósfera. Debemos entender que hay recursos finitos, o que pueden ser fácilmente perturbados, y que por ende debemos mimetizarnos con los patrones de la naturaleza, de otro modo. Nuestras sociedades deben ser más cercanas a los ecosistemas en su regulación, y menos disruptivos de la armonía de la Tierra; deben ser capaces de volcar su atención a las capacidades, valores y atributos positivos que como ser humano o sociedad poseen, y dejar las debilidades solo como objeto de estudio. 

Por eso el concepto de resiliencia es aplicable también en la psique; a los procesos a través de los cuales afrontamos los eventos traumáticos, como la muerte de un cercano. Esa resiliencia espiritual es difícil de obtener: puede llegarse a ella, por ejemplo, a través de la meditación. Pero también debe ir acompañada de un enfoque resiliente ecológico, pues de éste depende nuestra supervivencia. Ya que, si seguimos tomando de la naturaleza lo que no podemos restituir, será imposible llegar a cualquier grado de resiliencia, llámese espiritual o material.

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Es urgente comprender este concepto tan orgánico como vital, y sobre todo aplicarlo en nuestra praxis cotidiana. De ello depende la supervivencia de todas las especies del mundo, incluidos nosotros. Aprender algunas lecciones desde quienes se enfrentan constantemente a situaciones adversas, incluso a riesgos de extinción podría ser una buena forma de contribuir a fortalecernos como seres resilientes.

Es el caso de las comunidades indígenas, cuyas prácticas y forma de organización comunitaria son esencialmente resilientes y han logrado introducir su cultura primigenia en la vida contemporánea, que cada vez se aleja de esta riqueza y se acerca a una suerte de cultura global de poca profundidad, donde los valores y los hábitos esenciales para la supervivencia se ven diluidos por la capacidad de poder, y en suma se obtienen organismos sociales que desconocen su origen y el cómo se ha ido construyendo, teniendo por resultado que su capacidad de sobrevivir se reduzca al mínimo. 

Los seres resilientes deben tomar en cuenta a toda costa lo anterior: establecer sus propias reglas para no diluir los ingredientes que están reforzando su pervivencia (por ejemplo la cultura y la tradición para una sociedad), y entender que esta necesidad, la de entablar una conexión con el origen, debe obedecer a las necesidades mismas de la naturaleza, a sus ritmos. 

 

*Referencias: Al mal tiempo, buena resiliencia