La ira en redes sociales es la mejor propaganda (por si te preguntabas por qué Trump es tan vulgar)

Los políticos de ultraderecha usan el odio para despertar odio (y aumentar su popularidad).

Uno es tan grande como el enemigo que escoge. Y lo que antes pudo ser una desventaja, de pronto se vuelve una recompensa.

Esto lo han sabido reconocer los políticos conservadores y de ultraderecha, como Donald Trump y Jair Bolsonaro, cuyos discursos están plagados de racismo, sexismo, homofobia y desprecio generalizado –también por la naturaleza–. Aunque esto pudiese parecer contraproducente, en realidad el odio que expresan no es sólo un visceral capricho. A ellos les conviene que reaccionemos a su verborrea en las redes sociales.

 

La provocación es rentable para la ultraderecha

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Doug Chayka

Según el periodista Fernando Berlín, existe un algoritmo en Facebook y otras plataformas que da más visibilidad y prioriza las publicaciones que han recibido muchas interacciones.

Aunque Trump, Bolsonaro y otros políticos conservadores y de ultraderecha han llegado a donde están debido a que representan ciertos intereses, lo cierto es que también necesitaban ganar popularidad para allanar el camino de sus victorias. Esto lo lograron no sólo a través de promesas de campaña, sino también mediante un uso obsceno de las redes sociales y sus algoritmos.

Los políticos de ultraderecha se han aprovechado, desde hace ya largo tiempo, de la desregulación en Internet para capitalizar políticamente nuestro uso de las redes sociales. El manejo eficaz que han hecho de estas interfaces y sus algoritmos no sólo los mantiene constantemente en el mapa de la opinión pública, sino que los mantiene en polémica permanente. Esto, en tiempos del escándalo de Watergate, pudo ser fatal para los políticos. Basta ver a Richard Nixon, quien a la fecha es el único presidente estadounidense que dimitió a su cargo.

Ahora, la polémica le conviene a los políticos:
los trending topics son la mejor propaganda.

La ultraderecha es la primera promotora de su “mala fama”.

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Los políticos de ultraderecha siempre agregan un poco de conflicto a los discursos y debates, al igual que a sus desafiantes eslogans, como los de Trump. Y es que estos políticos saben que la polémica no tarda en inundar a las redes sociales. Pero para hacer todavía más álgido el conflicto, se valen también de cuentas de bots para promover aún más interacciones iracundas, mismas que pueden coordinarse si se cuenta con el dinero suficiente.

La cuestión de los bots nos pone a pensar, además, en qué tan real es el apoyo que tienen algunos políticos. Si éstos se han valido de cuentas falsas con menos de 10 seguidores para impulsar trending topics maliciosos, ¿cuántos de sus “seguidores” no serán sino fantasmas virtuales?

Si no quieres hacerle un favor a estos políticos, lo mejor que puedes hacer es no caer en sus provocaciones. Sería mejor concentrarnos en recuperar la cortesía y la amabilidad como dos actitudes que sirven, en el mundo actual, para contrarrestar la política iracunda de nuestros tiempos y para crear nuevas formas de relacionarnos y de hacer verdadera política, en el sentido amplio que esto significa y no en lo que lo han convertido estos políticos. Porque la política debe ser una ética de lo colectivo y establecer, entre otras cosas, renovadas normas de conducta entre los seres humanos. 

Pero no podemos aislarnos:

las redes sociales deben permanecer como espacios de debate.

Y ya que los argumentos no pueden ser siempre conciliadores –si bien nunca deben promover el odio–, podemos reinventar estos espacios y encontrar la manera de recuperarlos para que sirvan a la evolución de la sociedad, y no a la promoción de un mundo de odio por parte de unos cuantos que están usando obscenamente nuestras redes sociales. 

Hagámonos tan grandes como nuestros enemigos, pero por otros medios.

Sandra Vanina Greenham Celis
Autor: Sandra Vanina Greenham Celis
Colaboradora del proyecto político Colectivo Ratio. Le gusta potenciar la depresión en su psique consumiendo productos culturales de las postrimerías del siglo XX. Cree teleologicamente en el arribo de la humanidad al comunismo.


Puedes aplicar para viajar gratis a Finlandia en verano y aprender a ser feliz

Al grito de “Encuentra tu calma, conecta con la naturaleza” los finlandeses recibirán a visitantes de todo el mundo para compartirles sus secretos a la felicidad.

Otra vez Finlandia ha ocupado el primer lugar en el ranking del World Happiness Report. Así, se corona en 2019 por vez consecutiva con la distinción “el país más feliz del mundo”, por arriba de otros 156 países. En este índice, que toma en cuenta variables como ingreso, expectativa de vida y “libertad”, el segundo y tercer puestos también fueron para países escandinavos, Dinamarca y Noruega. 

Para celebrar la noticia, Finlandia lanzó un curioso programa que se llama Rent a Finn (renta un finlandés). Consiste en ofrecer viajes gratis a visitantes de otros países para hospedarse con habitantes locales que se han ofrecido a compartir sus respectivas llaves a la felicidad.

Los ocho habitantes voluntarios, que radican en diversos pueblos o ciudades de Finlandia, mostrarán por ejemplo “la simplicidad de la vida en el Arquipiélago”, llevando a su huésped a acampar y navegar en un pequeño velero, o también podrás visitar un pueblo de Laponia donde acompañarás a Esko a recoger moras en el bosque o jugar juegos tradicionales finlandeses.

Por cierto, llama la atención de que las llaves que aparentemente llevan a la felicidad a los habitantes de Finlandia, todas tienen algo en común: la simplicidad y la naturaleza (y esta podría ser una buena pista). 

¿Quieres aplicar para visitar Finlandia?  

Si tras leer esto has sentido el llamado a buscar la felicidad en las latitudes del norte, regocijándote en la generosidad finlandesa, esto es lo que debes hacer:

1. Llena una forma en línea aquí

2. Grábate en video y explica por qué te gustaría ir y cómo te conectas tu con la naturaleza (agrega el video a tu forma).

3. Espera la lista de los elegidos.

 



Nuestro futuro, ¿sensibilizar la máquina o tecnificar el cuerpo?

El auge de los dispositivos tecnológicos en nuestra vida plantea preguntas de urgente relevancia.

Al menos hasta el siglo pasado, la categoría de lo humano era lo suficientemente amplia como para albergar toda la variedad de intereses, procedencias e ideas que pudieran surgir del homo sapiens, este homínido que seguimos siendo; sin embargo, con el avance mismo de la tecnología, la especie se dividió en dos grandes grupos: aquellos que tienen acceso a los gadgets de la economía de consumo y aquellos que no.

 
 
 
 
 
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Esta diferencia es importante no sólo desde un punto de vista económico sino desde un punto de vista ético: ¿es más humano aquel que puede comunicarse en tiempo real de un lado a otro del mundo, y por lo tanto decidir los destinos de las personas que no pueden hacerlo, o bien se trata simplemente de una sociedad de fetiches, donde los objetos (y el poseerlos) se vuelven más importantes que las relaciones sociales que tenemos con otras personas?

Por ejemplo: una persona de clase media o media-alta se encuentra asediado en nuestros días por gran cantidad de información que apela y exige su atención: notificaciones del smartphone, actualizaciones de la tablet, toneladas de correo electrónico (basura o de trabajo, lo mismo da), con lo cual el tiempo destinados a interrelacionarse con otras personas en el universo 1.0 (offline, o en “el mundo real”) se reduce considerablemente. Probablemente esa persona no quiera pasar demasiado tiempo en el universo 1.0 debido a que cree que tiene mayor control sobre su tiempo y su atención mientras está conectado. Pero la realidad es que el universo 2.0, con todas las ventajas y fascinantes vías de desarrollo y aprendizaje que ofrece, no es sino una interfaz de comunicación, una vía o un medio, si se quiere, para conseguir un fin: comunicarse, informar o estar informado; pero esto no es un fin en sí mismo.

 
 
 
 
 
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Hoy en día tenemos más herramientas que nunca para estar comunicados, pero hemos dejado de tener algo que comunicar. Las computadoras son nodos que integran información, pero que hasta hace poco eran incapaces de producirla; ellas eran la heramienta y nosotros la fuente. ¿Seguirá siendo así durante el presente siglo?

Puede ser que los seres humanos en las sociedades desarrolladas o en vías de desarrollo nos vayamos pareciendo cada vez más a nuestras preciadas máquinas: siempre despiertas, siempre conectadas, siempre listas para responder con más información de salida a la información de entrada que recibimos sin parar. Estamos programándonos inconscientemente para reaccionar a la información en lugar de para pensar: para discernir qué tanto de la información que recibimos es valiosa y cuánta es sólo basura. 

Al decir esto no nos consideramos dentro de la tendencia “apocalíptica” que Umberto Eco señaló en su famoso libro, Apocalípticos e integrados, sino que nos proponemos pensar hasta qué punto ya no somos capaces de ubicarnos espontáneamente en ninguno de los dos parámetros señalados por el escritor italiano. El humano de hoy en día se parece más a una interfaz autónoma que recibe y procesa información, en lugar de una mente capaz de crearla y darle forma: somos cada vez más una máquina sensible respondiendo a impulsos del entorno, una computadora humana que aprende a resolver problemas, a contestar correos, a tuitear a velocidades vertiginosas sin detenerse un momento a pensar sobre dónde está parado, o hacia dónde desemboca este tren del progreso.

La impronta de nuestro tiempo parece ser, como bien apunta Douglas Rushkoff, “programa o prepárate para ser programado”: ¿en qué lugar de la balanza nos colocaremos? ¿Dónde te situarás tú?

 

*Fotografías: Nirav Patel