Hoy en día, las imágenes son tan comunes y frecuentes que nuestra memoria nunca estará vacía. Cada momento, experiencia, imagen o video se quedan grabados en nuestro cerebro de alguna u otra forma. Pero nuestro órgano más inteligente no es el único en reservar estas capturas; las redes sociales también lo hacen y entre el pasado y el presente, estos espacios digitales se volvieron el álbum de nuestra vida.

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Desde los inicios de Facebook, por ejemplo, millones de personas compartimos fotografías, estados y todo tipo de recuerdos. Esta forma de memoria digital se volvió tan necesaria que pocos pensamos en el efecto que esta bitácora tendría en nuestra personalidad.

De acuerdo con la historiadora Kate Eichhorn, las redes sociales cambiaron los diarios, las fotografías impresas, las cartas, etc., por la memoria de un disco duro o la nube. Ahora la infancia de varios niños está plasmada en perfiles de Instagram y algunos de los más jóvenes ya deciden qué fotos postear y cuáles mantener en secreto.

Nosotros tenemos el control sobre nuestra historia en redes sociales. Elegimos qué queremos compartir con los demás e incluso podemos editar las partes que no nos gustan tanto. Las redes nos convirtieron en editores expertos de quienes somos o queremos ser. Eliminamos, editamos, compartimos y seguimos adelante, o tal vez no.

El peligro está, según Eichhorn, en que las personas buscan establecer nuevas personalidades a través de redes sociales cuando algo no salió de la mejor manera, y no siempre el Internet borra todo. 

 

La realidad y la ficción en las redes sociales 

Siempre que pasamos por un momento difícil, buscamos ser mejores y avanzar. Sin embargo, a menudo la vida digital y el Internet suelen seducirnos con promesas de hacernos ver como alguien totalmente distinto a lo que somos, pero mantienen ciertos recuerdos ocultos. Nos ofrecen eliminar todo, pero mantienen cierta información de nuestras identidades pasadas que jamás se borrarán. Estamos en un limbo entre lo que fuimos y queremos ser, y a esto hay que sumarle los recuerdos que nuestros contactos añaden.

Las sociedades han reconocido muy bien que las personas pueden ser una en las redes sociales y otra en la vida real. Pero eso no importa: las redes son ahora la evidencia de los intentos de borrar a quienes fuimos para mejorar lo que seremos. Constantemente nos recuerdan lo que vivimos y nos sugieren lo que queremos vivir. Esto afecta nuestra personalidad tarde o temprano, nuestro intento de experimentar libremente, de rehacernos como seres humanos y avanzar.

Por eso, pensemos dos veces antes de compartir algo. En ocasiones pueden ser grandes recuerdos y en otras podrán ser grandes aprendizajes, pero para el Internet siempre seremos un par de algoritmos combinados, y no un ser que se transforma y evoluciona.

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Sarah Bryant

 

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