La memoria es adaptación: un elemento fundamental de nuestra psique que nos permite conocer el mundo más allá del instinto y el instante. En ese sentido, también es un mecanismo de supervivencia; pero uno bastante peculiar.

Nuestro cerebro adultera nuestro pasado. Falsifica nuestras memorias o las complementa con fantasías y confabulaciones.

¿Para qué? Para generar certezas sobre el mundo y la seguridad de pertenencia a una comunidad, en la cual logramos encajar en parte gracias a los recuerdos ficticios que genera el cerebro. Se trata de algo que asegura nuestra inserción en la sociedad, y que nos permite navegar la existencia con la tranquilidad de que nuestra realidad es tan fiable como –en teoría– lo es nuestra memoria.

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En el caso de las memorias de la infancia este mecanismo resulta fundamental, pues ninguna otra cosa podría explicar por qué el 40% de las personas dicen recordar cuando dieron sus primeros pasos –antes de los 2 años–, aunque está comprobado que las primeras memorias que podemos recordar como adultos no se forman sino hasta los 3 o 4 años.

Sucede que la memoria no es sólo una especie de grabadora o cámara fotográfica; su función es en realidad la de relatarnos el mundo, creando una coherencia entre la experiencia de nuestro mundo psíquico por un lado, y la del mundo exterior por el otro.

Cuando somos niños, esto es más importante que nunca, pues estamos desarrollándonos como seres. Es nuestra identidad la que está en juego.

Por ello, nuestro cerebro considera más importante contarnos una historia consistente que una real. Tener un recuerdo que evocar, aunque sea ficticio o exagerado, es en realidad algo vital para nuestra supervivencia.

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A la vez, ese mecanismo del cerebro podría ser señal de una psique inquieta, más creativa y tendiente a la imaginación.

En los niños suele ocurrir que el asombro empapa su imaginación, lo que hace que su psique adopte historias ajenas para hacerlas parte de sus memorias.

En su autobiografía, el neurólogo Oliver Sacks describió dos recuerdos que tenía sobre bombas explotando en Londres durante la segunda guerra mundial, cuando él tenía 6 años. La primera de esas memorias se la describió a uno de sus hermanos, y era real.

Pero la segunda memoria, sobre bombas cayendo en el jardín de su casa, era falsa; Sacks jamás vio bombas cayendo en el jardín, pero estaba influenciado por la descripción de un suceso similar, narrado en una carta de otro de sus hermanos. Así, su memoria generó lo que Sacks creyó por años que era un auténtico recuerdo, cuando no fue sino un engaño de su inquieto cerebro.

Todo esto demuestra que la memoria humana es más que una llave al pasado. Es, en realidad, el mecanismo psíquico que nos da identidad y que nos permite formar parte –como individuos– de la gran comunidad humana. La memoria es, en suma, un puente entre la realidad y nuestro inconsciente, no exento de falsas percepciones.


* Referencias:
Entrevista a Oliver Sacks, Redes 2005

 

* Imágenes: Amy Friend