Por supuesto que todos tenemos buenas razones para quejarnos. Muchos acontecimientos cotidianos abonan a nuestras ganas de expresar lo que sentimos de manera negativa. Y las noticias que vemos o leemos a diario nos afectan también –en gran parte porque creemos que todo son malas noticias, aunque existan pruebas contundentes de que no todo está mal–.

Pero no quejarnos –por lo menos no en exceso– nos hace un favor a nosotros y a quienes nos rodean. Y al cerebro colectivo. No se trata de ser ingenuos o tolerarlo todo, sino de saber lidiar con nuestros demonios y actuar con inteligencia emocional.

 

La sinapsis pesimista y la interacción nociva

En 2016, el estudioso de la naturaleza humana Steve Parton publicó un articulo llamado “The Science of Happiness: Why complaining is literaly kiling you”. Ahí, Parton explicaba cómo quejarse modifica el cerebro, transformando las sinapsis que lo configuran.

Según el autor, mientras más pensamientos negativos tenemos, el circuito entre las neuronas va haciéndose más susceptible a generar dichos pensamientos, incluso de manera inconsciente. Y es que el espacio que hay entre cada sinapsis se va haciendo más pequeño con cada pensamiento ­–con cada carga de energía– que transcurre por él. Estos movimientos el cerebro los usa para reescribirse y transformarse físicamente, y así hacer que si dicha sinapsis se repite constantemente, se vuelva más sencilla con el tiempo.

De esta forma, los pensamientos negativos se vuelven un círculo vicioso.

Parton no estudió las consecuencias que tiene para el cerebro escuchar quejas ajenas. Pero es muy probable que también afecte a la sinapsis, o por lo menos al cerebro, de maneras igual de escandalosas. De lo que no hay duda es de que escuchar a alguien quejarse es asimismo una fuente de estrés, tal y como cuando nosotros nos quejamos. De acuerdo con Parton, cuando nos quejamos también liberamos la hormona del estrés, el cortisol, lo que interfiere con nuestra memoria. Un daño cerebral más.

Así que si quieres tener un cerebro saludable y positivo, no te rodees de gente que se queja mucho –los llamados “quejumbrosos crónicos”–. Pero no olvides empezar por ti mismo: ¿estás seguro de que no te quejas mucho? Intenta percibir tus expresiones y evalúa si son negativas. Hazte consciente de ellas cada vez que aparezcan, y detente en seco cuando las estés pronunciando. Una vez que tú estés libre de este círculo vicioso psíquico que son las quejas, te será más fácil ver qué tanto se quejan quienes te rodean.

Si alguien en tu entorno se queja mucho intenta cambiar el tema, o muéstrate indiferente a sus quejas: no las alimentes. Y en casos extremos no temas decir lo que sientes, y trata de ayudar a la persona con un poco de empatía para que aprenda a no quejarse tanto. Dile que esto mantendrá sano su cerebro y también los cerebros ajenos.

 

* Imagen principal: Cristina Gottardi y Public Domain, collage Ecoosfera