La ideología a la hora de comer: ¿qué significa ser reducetariano?

¿Quieres terminar el sufrimiento animal pero no puedes renunciar a la carne? Disminuye tu consumo gradualmente: vuélvete reducetariano.

¿Has considerado las ventajas éticas y de salud de una dieta vegetariana, pero también has caído en la tentación de una hamburguesa de vez en cuándo? No eres el único: Brian Kateman, un activista neoyorquino a favor del reciclaje y las prácticas en pequeña escala a favor del medioambiente, se encontró muchas veces con ese dilema: ¿carne o no carne?, ¿se trata de todo o nada?, por lo que terminó acuñando el término “reducetariano” para referirse a otros como él. 

“Reducetarianismo” es una palabra que sirve para abarcar distintos tipos de acercamientos al vegetarianismo, y que toma en cuenta tanto la necesidad de terminar con el sufrimiento animal, como los factores culturales y sociales que hacen tan difícil evitar al 100% el consumo de carne.

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Disminuir tu ingesta de carne, pedir la hamburguesa pequeña en lugar de la doble, dejar de comer productos animales 1 día a la semana, son pequeñas acciones reducetarianas.

El reducetarianismo es un gran tema para generar debate en cualquier grupo, pues, ¿no se supone que los vegetarianos no pueden consumir ningún tipo de producto derivado de animales? ¿Está bien infligir “sólo un poco” de sufrimiento animal, con tal de obtener “sólo un poco” de placer? ¿Y en realidad adoptar una dieta vegetariana individualmente puede terminar con el sufrimiento derivado del consumo masivo de productos animales? ¿No es una tremenda contradicción?

reducetarianismo

Las consideraciones son tantas y tan variadas que este año se llevó a cabo el primer Congreso Reducetariano en Nueva York. Estas son algunas de las recomendaciones más generales. 

 

1. No todo es blanco y negro

El estadounidense promedio consume unos 125 kilos de carne al año. Una pequeña reducción en la ingesta de carne, a nivel masivo, podría tener grandes impactos a la larga. Aun con los mejores argumentos éticos, exigir que los carnívoros dejen de comer carne de la noche a la mañana sólo genera resentimiento y división: ¿por qué no empezar con un movimiento más realista hacia un mundo sin carne animal en la mesa?

 

2. Cambiar de a poco

Incluso a nivel individual, no todos los que lo intentan logran hacer la transición de una dieta carnívora a una vegetariana. ¿Qué hacer durante las fiestas familiares? ¿Transformar las cenas navideñas en mesas de debate sobre las condiciones de vida de los pavos? Si bien el vegetarianismo como postura política es fundamental, es posible efectuar una revolución alimentaria, duradera y a gran escala, poniéndonos metas que seamos capaces de cumplir, como no comer carne una vez a la semana o antes de cierta hora del día, así como fomentando ese cambio en otros.

 

3. Todas las motivaciones son importantes

No importa si tu motivación para dejar de comer carne proviene de un argumento ético, por razones de salud o por buscar una dieta distinta, lo que importa es que la lleves a cabo. De la misma manera, las motivaciones de otras personas no tienen por qué ser necesariamente las tuyas.

 

4. Reducetarianismo como el fin de los opuestos

Las diferencias entre veganos, vegetarianos, ovolactovegetarianos, paleodietistas y omnívoros, por nombrar sólo algunos de los espectros alimentarios humanos, comparten la necesidad de alimentarse. De entre éstos, quienes buscan (por la razón que sea) reducir su consumo de carne y productos de origen animal, comparten el objetivo último de acabar con la industria de la explotación animal. En lugar de concentrarnos en nuestras diferencias, pensemos en el objetivo último que nos hace semejantes, aunque no iguales.

 

¿Estás de acuerdo con estas ideas? ¿Estarías dispuesto a dejar de comer carne al menos por un breve período? ¿Crees que se trata de un nicho de mercado más dentro de la industria alimenticia? Nos encantaría leer tus opiniones en los comentarios y seguir ahondando en el debate.



Puedes aplicar para viajar gratis a Finlandia en verano y aprender a ser feliz

Al grito de “Encuentra tu calma, conecta con la naturaleza” los finlandeses recibirán a visitantes de todo el mundo para compartirles sus secretos a la felicidad.

Otra vez Finlandia ha ocupado el primer lugar en el ranking del World Happiness Report. Así, se corona en 2019 por vez consecutiva con la distinción “el país más feliz del mundo”, por arriba de otros 156 países. En este índice, que toma en cuenta variables como ingreso, expectativa de vida y “libertad”, el segundo y tercer puestos también fueron para países escandinavos, Dinamarca y Noruega. 

Para celebrar la noticia, Finlandia lanzó un curioso programa que se llama Rent a Finn (renta un finlandés). Consiste en ofrecer viajes gratis a visitantes de otros países para hospedarse con habitantes locales que se han ofrecido a compartir sus respectivas llaves a la felicidad.

Los ocho habitantes voluntarios, que radican en diversos pueblos o ciudades de Finlandia, mostrarán por ejemplo “la simplicidad de la vida en el Arquipiélago”, llevando a su huésped a acampar y navegar en un pequeño velero, o también podrás visitar un pueblo de Laponia donde acompañarás a Esko a recoger moras en el bosque o jugar juegos tradicionales finlandeses.

Por cierto, llama la atención de que las llaves que aparentemente llevan a la felicidad a los habitantes de Finlandia, todas tienen algo en común: la simplicidad y la naturaleza (y esta podría ser una buena pista). 

¿Quieres aplicar para visitar Finlandia?  

Si tras leer esto has sentido el llamado a buscar la felicidad en las latitudes del norte, regocijándote en la generosidad finlandesa, esto es lo que debes hacer:

1. Llena una forma en línea aquí

2. Grábate en video y explica por qué te gustaría ir y cómo te conectas tu con la naturaleza (agrega el video a tu forma).

3. Espera la lista de los elegidos.

 



Nuestro futuro, ¿sensibilizar la máquina o tecnificar el cuerpo?

El auge de los dispositivos tecnológicos en nuestra vida plantea preguntas de urgente relevancia.

Al menos hasta el siglo pasado, la categoría de lo humano era lo suficientemente amplia como para albergar toda la variedad de intereses, procedencias e ideas que pudieran surgir del homo sapiens, este homínido que seguimos siendo; sin embargo, con el avance mismo de la tecnología, la especie se dividió en dos grandes grupos: aquellos que tienen acceso a los gadgets de la economía de consumo y aquellos que no.

 
 
 
 
 
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Esta diferencia es importante no sólo desde un punto de vista económico sino desde un punto de vista ético: ¿es más humano aquel que puede comunicarse en tiempo real de un lado a otro del mundo, y por lo tanto decidir los destinos de las personas que no pueden hacerlo, o bien se trata simplemente de una sociedad de fetiches, donde los objetos (y el poseerlos) se vuelven más importantes que las relaciones sociales que tenemos con otras personas?

Por ejemplo: una persona de clase media o media-alta se encuentra asediado en nuestros días por gran cantidad de información que apela y exige su atención: notificaciones del smartphone, actualizaciones de la tablet, toneladas de correo electrónico (basura o de trabajo, lo mismo da), con lo cual el tiempo destinados a interrelacionarse con otras personas en el universo 1.0 (offline, o en “el mundo real”) se reduce considerablemente. Probablemente esa persona no quiera pasar demasiado tiempo en el universo 1.0 debido a que cree que tiene mayor control sobre su tiempo y su atención mientras está conectado. Pero la realidad es que el universo 2.0, con todas las ventajas y fascinantes vías de desarrollo y aprendizaje que ofrece, no es sino una interfaz de comunicación, una vía o un medio, si se quiere, para conseguir un fin: comunicarse, informar o estar informado; pero esto no es un fin en sí mismo.

 
 
 
 
 
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Hoy en día tenemos más herramientas que nunca para estar comunicados, pero hemos dejado de tener algo que comunicar. Las computadoras son nodos que integran información, pero que hasta hace poco eran incapaces de producirla; ellas eran la heramienta y nosotros la fuente. ¿Seguirá siendo así durante el presente siglo?

Puede ser que los seres humanos en las sociedades desarrolladas o en vías de desarrollo nos vayamos pareciendo cada vez más a nuestras preciadas máquinas: siempre despiertas, siempre conectadas, siempre listas para responder con más información de salida a la información de entrada que recibimos sin parar. Estamos programándonos inconscientemente para reaccionar a la información en lugar de para pensar: para discernir qué tanto de la información que recibimos es valiosa y cuánta es sólo basura. 

Al decir esto no nos consideramos dentro de la tendencia “apocalíptica” que Umberto Eco señaló en su famoso libro, Apocalípticos e integrados, sino que nos proponemos pensar hasta qué punto ya no somos capaces de ubicarnos espontáneamente en ninguno de los dos parámetros señalados por el escritor italiano. El humano de hoy en día se parece más a una interfaz autónoma que recibe y procesa información, en lugar de una mente capaz de crearla y darle forma: somos cada vez más una máquina sensible respondiendo a impulsos del entorno, una computadora humana que aprende a resolver problemas, a contestar correos, a tuitear a velocidades vertiginosas sin detenerse un momento a pensar sobre dónde está parado, o hacia dónde desemboca este tren del progreso.

La impronta de nuestro tiempo parece ser, como bien apunta Douglas Rushkoff, “programa o prepárate para ser programado”: ¿en qué lugar de la balanza nos colocaremos? ¿Dónde te situarás tú?

 

*Fotografías: Nirav Patel