Alimentos probióticos que no son yogurt (y cómo hacer un fermentado casero)

Consumir bacterias buenas hará resiliente a tu organismo.

Muchos saben que los probióticos son necesarios para tener una buena salud intestinal. Incluso para tener una buena salud psíquica, ya que el intestino está conectado a nuestro cerebro. Aunque la mayoría, cuando piensa en consumir estas bacterias amigas, sólo piensa en yogurt. Pero en realidad, estos microorganismos se encuentran en otra gran variedad de alimentos.

 

Alimentos con probióticos que no son yogurt

1. Pepinillos agrios

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Al ser marinados en una solución de sal y agua durante mucho tiempo, los pepinillos se fermentan, lo que hace que produzcan ácido láctico. Durante este proceso es que se forman los probióticos.

 

2. Aceitunas

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Lo mismo ocurre en el caso de las aceitunas, sólo que, contrario a los pepinillos, pueden tener un mayor aporte calórico.

 

3. Chucrut (col fermentada)

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Una versión poco conocida de la col es la col fermentada. Es un alimento antiquísimo y, como otros fermentados de su tipo, tiene la capacidad de regenerar la flora intestinal.

 

8. Tempeh

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Originario de Indonesia, el tempeh está hecho de soya. Adquiere una consistencia similar a un pastel cuando se unen los frijoles de soya gracias a un hongo durante el proceso de fermentación. Al igual que el tofu, es usado como sustituto de carne.

 

4. Sopa miso

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El alimento fermentado por excelencia de Japón. Esta sopa se hace a base de una pasta de soya fermentada y otros granos, lo que la vuelve supersaludable.

 

5. Queso crudo

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El queso que es elaborado con leche cruda, al no ser pasteurizado, conserva un amplio grupo de bacterias buenas. Entre estos quesos, las mejores opciones son los de oveja y de cabra.

 

6. Jocoque

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Si extrañabas al yogurt en esta lista, aquí tienes al jocoque, un alimento libanés que contiene menos grasa que el yogurt y en ocasiones, más probióticos que éste.

 

7. Pan artesanal (o de mesa)

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El pan artesanal es hecho con masa fermentada, repleta de bacterias vivas. Contiene tanto levadura como la bacteria llamada Lactobacillus. A medida que los ingredientes se fermentan (creando esas maravillosas burbujas de aire en el pan terminado), los niveles de bacterias saludables aumentan.

 

9. Kombucha

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La kombucha es ni más ni menos que un té fermentado. Su base es el té negro o el verde, mismo que es colonizado por hongos con forma de champiñones, proceso a partir del cual se obtiene una bebida dulce y un con toque de gas. Es uno de los alimentos con más probióticos que existen.

 

10. Pulque

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El aguamiel de diversas especies de magueyes pulqueros contiene fructo-oligosacáridos (polímeros cortos del azúcar fructosa), los cuales son carbohidratos que favorecen la supervivencia de bacterias probióticas en el intestino grueso.

 

Como puedes ver, entre estos alimentos probióticos hay muchos que no son fáciles de hacer, como el pan artesanal o el pulque. Pero si puedes comprarlos ya preparados, le estarás haciendo un favor a tu flora intestinal y, de paso, también a la economía local.

Pero también puedes hacer tus propios alimentos probióticos, por lo menos aquellos que sean fermentados, o también la sopa miso, un sencillo platillo que los japoneses consumen a diario por buenas razones –pero cuyas versiones industrializadas pueden contener demasiado sodio–.

 

Un alimento probiótico que puedes hacer en casa: chucrut

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Para empezar a experimentar con la preparación de alimentos fermentados, te recomendamos hacer tu propia col fermentada o chucrut. Además de proveer de probióticos, los alimentos fermentados también ayudan a reducir el colesterol y son ricos en triptófano, lo que ayudará a tu salud emocional.

Primero que nada, ten a la mano muchos frascos de vidrio limpios, y asegúrate de utilizar vegetales orgánicos para no alterar el proceso de fermentación.

Ingredientes:

  • 2 coles (una blanca y una morada, si quieres darle un toque especial a tu chucrut)
  • 6 cucharadas de sal de mar
  • Comino de prado o comino normal

Preparación:

  • Lava la col, retira las primeras hojas y pícala en trozos finos.
  • Mezcla las coles picadas con la sal en una olla. Usa tus manos para integrar bien la sal a la col, y para que ésta se vaya hidratando por efecto de la sal. Para que esto ocurra, debes masajear durante unos 10 minutos.
  • Si la col no suelta suficiente agua, puedes agregar medio vaso de agua con media cucharadita de sal a la mezcla.
  • Agrega unas pizcas de comino de prado o comino normal.
  • Coloca tu mezcla en los tarros de vidrio necesarios, bien apelmazada para evitar que quede aire en el interior, y ciérralos herméticamente.
  • Déjala fermentar por un período de entre 6 semanas y 3 meses. Según el tiempo que dejes reposar la mezcla, la col será menos o más agria. Puedes saber que ya está fermentada cuando veas burbujas por todo el frasco.

 

* Imágenes: 1, 2, 7, 8) CC; 3) Nutritious Life; 4) Full of Plants; 5) Nutt; 6) What’s Gaby Cooking; 8) Cultures for Health; 9) un_tal_bles; 10) Dr Axe



Juventud por el planeta 🌎: una semana de huelga para exigir acciones contra el cambio climático

Sin importar tu edad, es necesario alzar la voz en una acción contundente y mundial. Aquí te damos las razones.

2019 ha sido un año clave en la movilización contra el cambio climático. Los niños y adolescentes están despertando a una experiencia política común, sin importar dónde se encuentren: la necesidad de actuar de una manera articulada e inmediata para mantener la temperatura del planeta en los niveles recomendados por el Panel Intergubernamental de Cambio Climático (IPCC) antes del año 2030.

Las movilizaciones de #FridayForFuture están sentando la pauta para lo que podría ser una movilización permanente y masiva para producir un cambio real. Greta Thunberg y otrxs 46 activistas firmaron una convocatoria para realizar una semana de huelga mundial a partir del 20 de septiembre de este año.

Greta Thunberg en una protesta en Bélgica.

En su carta, los activistas enfatizan el papel de los adultos para no desentenderse de las movilizaciones, sino de sumarse a ellas.

“Les estamos pidiendo a los adultos que caminen a nuestro lado. Existen muchos planes en marcha en diferentes lugares del mundo a los que los adultos pueden unirse y tomar partido y salir de su zona de confort sobre nuestro clima.”

Esta urgencia se ha manifestado en los más de 4,000 eventos en 150 países organizados por estudiantes para exigir acción inmediata de los gobiernos del mundo contra el cambio climático.

La huelga buscará involucrar a generaciones anteriores.

Los incendios forestales, las emisiones de gases contaminantes, así como los proyectos extractivistas en áreas protegidas, demuestran que el cambio climático no es una hipótesis, sino una realidad que cuenta con toda la evidencia científica para respaldarla. La negación al respecto obedece a intereses de empresas y gobiernos, es por eso que las movilizaciones requieren un eco mundial y bien organizado para crear un impacto profundo.

“Pero para cambiar las cosas necesitamos de todos. Es tiempo de que desatemos entre todos una resistencia masiva, ya hemos demostrado que la acción colectiva sí funciona. Necesitamos escalar la presión para asegurarnos de que los cambios ocurran, y debemos escalarla juntos.”

El desdén de los gobiernos ante esta situación sólo puede compararse en dimensión con la sobria pasión de las y los jóvenes activistas que están alzando la voz en todas partes, y  en esta responsabilidad con el mundo y con ellos mismos:

“Se trata de cruzar la línea: de rebelarse en donde sea que te puedas rebelar. No se trata de decir: ‘Sí, lo que hacen los chicos está muy bien, si fuera más joven me habría unido a ellos.’ Eso no ayuda, todos pueden y deben ayudar.”

Organízate y marca la semana del 20 de septiembre en todos tus calendarios. Será histórica.

También en Ecoosfera:

Movilizaciones de #FridayForFuture en México y el mundo

 

Padres exigen al gobierno de México acciones urgentes contra la crisis climática 



De la culpa, la frustración y cómo evitar caer en ese espiral con la meditación

No hiciste lo que debías, pero, ¿sentir culpa arreglará algo?

Realizar una disciplina requiere, precisamente, disciplina, es decir, tener orden y paciencia para poder aprender. Si queremos obtener resultados en una práctica, como la meditación o cualquiera semejante, necesitamos comprometernos: darle suficiente tiempo a la semilla que plantamos para que pueda florecer. Lo importante no es ni siquiera el “objetivo final”, sino hacer que el camino sea agradable.

Pero sucede a menudo que perseguir con tanta ansia la disciplina y la perfección nos lleva a retroceder en ese camino. Nos exigimos tanto que cualquier tropezón es como un pecado. Y eso nos hace entrar en una espiral de culpa: una caída sin fin previsible que nos lleva desistir. Y ahí surge la pregunta: ¿sirve de algo juzgarnos tan severamente? Parece ser que rara vez nos ayuda. Lo que sí sirve es conocernos, y eso requiere conocer y reconocer también a nuestra culpa.

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Observa tu culpa (no juzgues) 

En un genial artículo para Tricycle, la psicóloga clínica Tara Brach –también experta en meditación– afirma que lo primero que tenemos que hacer es analizar nuestra culpa.

Según esta experta, observar nuestra propia culpa –que la desata, cómo se desarrolla y cuáles son sus consecuencias– nos ayudará a saber cómo lidiar con ella. Pero antes que nada, nos ayudará a saber que la culpa es ni más ni menos que un sentimiento natural y que no podemos evitarlo. Es uno de esos pensamientos obsesivos que, según la filosofía zen, no debemos intentar bloquear, sino dejar fluir.

Como dice Brach, la culpa puede ser un llamado de atención: un recordatorio de que debemos escuchar a nuestro corazón y lo que realmente queremos. Por otro lado, puede ofrecer una oportunidad de adaptación, porque si nos sentimos mal por algo que no hicimos, ¿qué nos impide hacerlo en otro tiempo o lugar? Lo importante es que la culpa no se convierta en una espiral que conduzca a un paralizante remordimiento. Y menos si no hay razón para ello, ya que a todos se nos puede olvidar hacer algo, o nos puede distraer una preocupación. Porque a decir de Brach:

Actuar desde la culpa no transforma. Sólo refuerza nuestra identificación con un yo deficiente.

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En ese sentido, la culpa es un sentimiento que precede o acompaña a la depresión –el trastorno paralizante por excelencia–, pero que visto de cerca pierde todo sentido. ¿De dónde viene el “sentirnos mal” o nuestra depresión? ¿No vendrá acaso de una aspiración errónea? “Debo ser el mejor”, “No puedo fallar”, “Todo tiene que salir a la perfección”, son imperativos que a veces no son lo que queremos, sino lo que nos imponen.

Para escuchar el mensaje que el sentimiento de culpa nos quiere mandar tenemos que deshacernos de estos imperativos sociales. Después, debemos ver si más allá de estos mandatos hay alguna necesidad interna que no estemos logrando realizar debido a nuestra falta de compromiso o disciplina. Esa será una culpa más sincera y a la que valdrá la pena escuchar, para saber así en qué debemos reflexionar o qué debemos cambiar en nuestra vida.

Un extra hack: conéctate con el aquí y el ahora

Es importante no olvidar que es la vida contemporánea la que nos hace tan difícil el ser disciplinados. Prestar atención por más de un segundo, en nuestra época, es casi imposible, aunque sea tan importante. Si quieres ser disciplinado y más constante, quizá debas intentar con prácticas que no sean tan demandantes y que te permitan entrar a lo que la psicología llama “el estado de flujo”. Por ejemplo, pintar, origami o tejer: tareas creativas que, al realizar, nos permiten entrar en estados meditativos, y que logran conectarnos con el aquí y el ahora gracias a que ejercitan la constancia y la concentración.

 

*Imágenes: 1) cc; 2) Archive Timothy McCarthy; 3) Muhammed Sajid