La participación de la juventud en los movimientos sociales siempre ha sido tan contundente como decisiva. Prueba de ello son las protestas que, en lo que va de este siglo, han sacudido a muchos paíes; por ejemplo, las de los estudiantes en Chile, mismas que hasta hoy siguen en auge.

No obstante, comparando el total de la población joven a nivel global con el número de jóvenes que participan en los movimientos sociales tenemos como resultado que, en realidad, una gran mayoría de este sector es indiferente a la política. Tal es el caso en México, que aunque se ha visto inmerso en procesos sociales de gran envergadura y su población joven representa el 50%, más del 40% dice tener nulo interés por la política.

Sin embargo, es posible que participar en movimientos sociales sea bueno incluso a nivel psíquico pues, según algunas investigaciones, formar parte de amplios procesos sociales podría impedir el desarrollo de la depresión y otros trastornos emocionales.

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En un estudio realizado en la Graduate School of Public Health se examinó la prevalencia de la depresión en la población de Hong Kong que formó parte de una protesta que duró 79 días en el 2014, llamada Ocuppy Central o Umbrella Movement.

Los investigadores utilizaron una encuesta para determinar probables síntomas de depresión y su incidencia en 1,170 personas. La mayoría (un 37%) resultó ser resiliente, un 22% fue resistente, mientras que con depresión moderada sólo se calificó a un 8%. Sin embargo, las personas no tenían menos depresión sólo por haber participado en el movimiento, sino también porque tenían buenos ingresos y mucho apoyo familiar.

Lo anterior podría apuntar a que muchos habitantes de la urbe, aunque están en relativas zonas de “confort” debido a su posición social, buscan una identidad más colectiva y solidaria, alejada de los patrones individualistas de nuestra sociedad que hacen a los jóvenes tan proclives a la depresión y otros trastornos psíquicos.

Pero, ¿qué hay de quienes no tienen ese trasfondo social? Bueno, participar en movimientos sociales podría ser el lugar en donde obtener aquello que falta en otros ambientes, ya sean laborales, familiares o escolares.

Según un estudio publicado en Sociological Forum, el trabajo cultural en los movimientos sociales está acompañado de fuertes y muy positivas emociones, orientadas a motivaciones y finalidades colectivas en torno a la emancipación, la dignidad y una mejor calidad de vida para todos, lo que en sí constituye una actitud empática que en pocos lugares puede desarrollarse.

De acuerdo con esta investigación, las relaciones de los jóvenes que forman parte de los movimientos sociales suelen ser de lazos afectivos más estables; además, existe mayor lealtad y solidaridad entre sus miembros. Así que, contrario a lo que se ha instalado en el imaginario, un movimiento colectivo no tiene que ser sinónimo de irracionalidad ni de “masas sin sentimientos”. Al contrario: de estos procesos pueden surgir raudales de emociones (individuales y colectivas), expresadas de maneras tan originales como durante las protestas estudiantiles de mayo de 1968 en Francia, cuyas indelebles consignas son todavía inspiradoras:

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Pero entonces…

¿la depresión es inversamente proporcional a nuestra participación colectiva?

A grandes rasgos, y desde un enfoque crítico, podría decirse que sí. Porque la depresión es precisamente desencadenada por muchas de las actuales condiciones de vida ante las cuales los movimientos sociales oponen otras vías: por ejemplo, la precarización laboral, la falta de acceso a la educación, la mala planeación urbana y la destrucción de la naturaleza por el capitalismo. Tener una postura y realizar acciones contra estas situaciones no sólo es motivante, sino que ofrece una oportunidad única para ser más propositivos, así como para desarrollar otras lógicas y otros afectos mientras se busca cambiar las condiciones estructurales.

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Por supuesto, los movimientos sociales no son todos iguales, y antes de interceder en ellos hay que conocerlos y reconocerlos. Porque no se trata de participar del movimiento social como si éste fuese un antidepresivo, sino de hacerlo a conciencia, con genuino interés y a sabiendas de que ser un luchador social implica compromiso y dedicación.

Como sea, los movimientos sociales apuntan a lograr una felicidad colectiva, indispensable para combatir la depresión que es correlato del individualismo y el consumismo; es decir, de las ideas del libre mercado, la realización personal, la competencia exacerbada y otras quimeras por el estilo.

Y aunque ningún movimiento social tiene como principal objetivo sacudir la depresión de la psique individual, y ni siquiera colectiva, parece pertinente saber que la participación activa en estos procesos sociales puede ayudar a combatir los trastornos psíquicos que tanto se han arraigado en el capitalismo, lo que es ya sintomático de que la nueva sociedad –que los propios movimientos sociales quieren construir– sería mejor que esta ilusión que no es, como el mantra leibnitziano supuso, el mejor de los mundos posibles.

 

* Imágenes: 1) Lit-Ci.org; 2) CC; 3) efe/end