En diversas filosofías alrededor del mundo se cultiva el hábito de cuidar o visitar jardines: la cercanía con la naturaleza y el propio cuerpo en movimiento parecen favorecer el pensamiento. Así lo afirma Voltaire al final de su famoso Cándido, cuando aconseja “cultivar nuestro propio jardín”, o los monjes zen que se dedican a la contemplación del vacío entre los elementos de un jardín de arena.

Otro notable amante de los jardines y el pensamiento fue Oliver Sacks, posiblemente el neurólogo más famoso del mundo, a quien tal vez recuerdes por libros como El hombre que confundió a su mujer con un sombrero y otros fascinantes estudios sobre cómo el cerebro procesa la música y la memoria

No es de extrañar que, rumbo al final de su vida, Sacks escribiera esto:

en 40 años de practicar la medicina, solamente encontré dos tipos de ‘terapia’ no farmacéutica de vital importancia para pacientes con enfermedades neuronales crónicas: la música y los jardines.

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No perder de vista la corbata vegetal del doctor Sacks (Imagen: YouTube)

 

Cultivar la contemplación para sanar el cuerpo

Para Sacks, los jardines fueron un espacio fascinante desde temprana edad, y su prodigiosa memoria podía recordar con gran nitidez las especies vegetales que observó de niño. Cuando estudiaba en Oxford, Inglaterra, fue un asiduo visitante del Jardín Botánico de dicha universidad, y le complacía pensar que “Boyle, Hooke, Willis y otros personajes de Oxford caminaron y meditaron ahí en el siglo XVII”.

Y es que en los jardines no sólo se cultivan árboles y plantas, sino visiones enteras del mundo. Los jardines botánicos de muchas ciudades europeas datan del siglo XVI; se formaron para albergar las muestras vegetales provenientes de las navegaciones europeas por América y Asia.

El jardín botánico puede leerse como un álbum de recortes o colección provisional, siempre incompleta, de los tesoros naturales del otro lado del mundo: imago mundi del conquistador, pero también del científico.

En el terreno terapéutico, Sacks pudo constatar el efecto curativo de un simple paseo por la naturaleza cuando trabajaba en el hospital Beth Abraham de Nueva York. Sobre la vida en la Gran Manzana, Sack dijo: “solamente es soportable para mí gracias a sus jardines. Y esto aplica también para mis pacientes”.

Sacks relata que el hospital donde trabajó se encontraba frente al Jardín Botánico de Nueva York, por lo que a menudo aprovechaba para llevar a los pacientes enclaustrados de paseo, paseos en los cuales “ellos hablaban del hospital y de los jardines como si fueran dos mundos diferentes”.

¿Qué es lo que hacen exactamente los jardines en nosotros? Ni siquiera Sacks parecía saberlo con certeza, pero no dudaba ni un segundo de que este efecto es real:

No puedo explicar exactamente cómo es que la naturaleza ejerce su efecto tranquilizador y organizador en nuestros cerebros, pero he visto en mis pacientes los poderes restaurativos y sanadores de la naturaleza y los jardines, incluso para aquellos profundamente discapacitados neurológicamente. En muchos casos, los jardines y la naturaleza son más poderosos que cualquier medicación.

Pacientes afectados por la enfermedad de Parkinson, quienes ya no reconocían a sus familiares ni sabían utilizar un tenedor, súbitamente escalan rocas, plantan semillas, y por un momento dejan de ser “pacientes”. Sacks comenta que tuvo pacientes incapaces de atarse los zapatos, “pero a quienes nunca vi plantar algo de cabeza”.

 

Terapia de naturaleza

Además de la biofilia (el amor a la naturaleza y las cosas vivas) y la hortofilia (el amor a los jardines), Sacks creía que nuestra fascinación por la naturaleza tiene que ver también con el hecho de que estudiamos, trabajamos y vivimos en cubículos, recluidos en edificios con poca ventilación e iluminación, con breves accesos a áreas verdes en los trayectos.

A pesar de eso, no dudaba en afirmar que:

Los efectos de las cualidades de la naturaleza sobre la salud no son solamente espirituales y emocionales, sino físicos y neurológicos. No tengo duda de que reflejan profundos cambios en la fisiología del cerebro, y tal vez incluso en su estructura.

Mientras los neurólogos del futuro toman (o no) por válida esa valiosa pista dejada en el camino, nosotros podemos entretenernos en la contemplación de la vida inhóspita y a la vez domesticada que se nos ofrece en toda su magnificencia al atravesar un jardín o parque, al sentarnos un momento entre la hierba y dejarnos absorber por lo que nos rodea.

No es la ciudad ni somos nosotros: por un momento somos simplemente seres vivos en su (verdadero) hábitat natural.