Las necesidades alimenticias de cada persona varían de acuerdo a su nivel de actividad física, edad, sexo y estado de salud en general, entre otras variables. Sin embargo, el consumo excesivo de alimentos y bebidas puede dejar una importante marca ecológica.

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Probablemente, la marca o huella ecológica más importante, sea la del desperdicio de alimentos. Y en esto, los reyes indiscutibles, son los Estados Unidos. Se estima que entre el 30% y el 40% de los alimentos producidos en ese país (1,300 millones de toneladas de comida en buen estado) terminan en la basura, con un costo de aproximado de $160,000 millones de dólares anuales.

Sin embargo, un estudio publicado en la revista Frontiers in Nutrition, afirma que no sólo el desperdicio de comida es un problema, sino que también lo es la epidemia de obesidad.

Según el investigador italiano Mauro Serafini, las cifras de desperdicio de comida palidecen frente a las de consumo excesivo. A decir de sus estimaciones, anualmente se consumen 140,000 millones de toneladas de comida “innecesaria”, esto es, según la hipótesis del “desperdicio de comida metabólica”.

En otras palabras, la cantidad de comida que se desperdicia palidece frente a la cantidad de comida que se consume en exceso, lo que genera un impacto ambiental anual de 240,000 millones de toneladas de dióxido de carbono en producción, empaque y transporte de alimentos.

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El alcohol y los lácteos están entre los alimentos que más se desperdician.

De hecho, la ONU ya emitió una alerta importante: no debemos depender de los combustibles fósiles, pero tampoco de la alimentación basada en carne animal.

Según los autores del estudio, 

Encontramos evidencia de la enorme cantidad de comida que se pierde debido a la obesidad y su impacto ecológico. Reducir el desperdicio de comida metabólica asociada a la obesidad contribuirá a reducir el impacto ecológico de los patrones de dieta no balanceada a través del mejoramiento de la salud humana.

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Salud y crisis climática

Durante la mayor parte de la historia humana, las necesidades alimenticias de los seres humanos dependían de su acceso a fuentes de alimentación, ya fuera en el periodo de cazadores-recolectores o como parte de pequeñas comunidades sedentarias de agricultores. Pero la industrialización cambió la lógica de la alimentación: no nos alimentamos para permanecer con vida solamente, sino que incurrimos como sociedad en un consumo excesivo de alimentos con fines sociales.

Probablemente nunca antes en la historia habíamos tenido tanta variedad y cantidad de alimentos disponibles en los supermercados, o incluso a un clic de distancia. La enorme cantidad de comida que se produce, consume y desperdicia, tiene que ver con esa disponibilidad, así como a las agresivas campañas de mercadotecnia. De hecho, existen indicios de que Estados Unidos exporta obesidad ahí donde abre nuevas cadenas de comida rápida, especialmente en países con subdesarrollados.

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Estados Unidos exporta obesidad a través de agresivas campañas de mercadotecnia de comida chatarra, especialmente en países de menor desarrollo que ellos.

Otra cifra que debe considerarse en este contexto es el costo de los servicios de salud asociados a la obesidad. En Estados Unidos, la obesidad cuesta al Estado una cifra exhorbitante y difícil de imaginar: $1.72 millones de millones de dólares anuales.

Según el estudio de Serafini, los productos que más se desperdician son los derivados de la leche, así como los huevos de aves de granja, las bebidas alcohólicas, los cereales y la carne. Pensemos en los costos de producción y distribución de todos los alimentos que consumimos, y si estos realmente aportan a nuestra ingesta calórica o se trata de lujos y gustos deliciosos.

Alimentarse sanamente en este momento tiene que ver más con la salud que con la apariencia delgada (otro producto de consumo de los medios), además de que mejorar nuestra alimentación puede tener un importante impacto ambiental a largo plazo.