Lo que alguna vez se perfiló como una especie de edén de la información al servicio de la humanidad, una pradera donde mensajes e ideas podían fundirse y enriquecerse en una dinámica de frescura y desnudez, terminó siendo una simple sofisticación de los sistemas e improntas a los que originalmente parecía desafiar. Internet no es lo que era, o mejor dicho no fue lo que muchos celebramos, quizá con ingenuidad, que sería. Pero el espíritu que propicio su nacimiento sigue vivo y la posibilidad de enmendar lo que “falló” en la Red actual para generar una versión renovada, realmente descentralizada, está más cerca que nunca. 

Internet tiene como antecedente directo una red militar de comunicación, el programa ARPANET del gobierno de Estados Unidos, que comenzó a operar en los años 60 y luego se abrió a otras áreas del gobierno y universidades. Sin embargo, la filosofía que permeó el origen de esta red está mucho más cerca de la revolución psicodélica de esa misma década, de sus comunas y mantras. Una red casi descentralizada para entablar puentes con personas y grupos afines, para empoderar comunidades y facilitar su organización; un flujo inédito de contenido, ideas y perspectivas, de información y, por qué no, de conciencia.

“Internet es ese cerebro global, ese dominio telepático, colectivo, y conectado ciberespacialmente que todos hemos estado anhelando”, celebraba Terence McKenna. Pero con el tiempo, el radiante hiperespacio terminó animando un outlet comercial de data; una red que jamás logró su descentralización, y que en buena medida quedó controlada por jugadores gigantescos como Facebook, Amazon y Google. Económicamente, el prometedor jardín quedó regido, como acusa Douglas Rushkoff en su libro Throwing Rocks at the Google Bus, por un modelo corporativista originado en el siglo XIII, en lugar de generar una red distributiva y abierta de prosperidad sostenible básicamente para todos.

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Esta puede parecer una lectura un poco tétrica de Internet, y quizá lo sea, pero las expectativas eran altas (¿dónde están las perlas de Indra que nos fueron prometidas?), y tampoco es casualidad que muchos de los personajes clave en la gestación de la realidad digital externen hoy su desencanto y alerten sobre los riesgos que ahora representa la Red. 

Desde hace 1 década, Sir Tim Berners-Lee, considerado el creador de Internet (a veces junto con Vint Cerf), ha criticado enérgicamente los vicios que su creación cultivó. En una entrevista para Vanity Fair en 2018, el británico fue tajante: “Demostramos que la Red falló en lugar de servir a la humanidad, como se suponía que ocurriría, y falló en muchos aspectos”. Años antes, Sir Tim nos había ya advertido sobre los peligros de almacenar data sistemáticamente (como ocurre con la actual Red) y había denunciado el uso de esta data para vigilar, manipular comercialmente o, como ocurrió años después, en la pasada elección presidencial en Estados Unidos, incidir en procesos electorales. Apenas hace unos meses, Sir Tim propuso un Contrato para la Red: un plan global de acción para hacer nuestro mundo en línea seguro y que empodere a todos, con nueve acuerdos que incluyen equitativamente a gobiernos, corporaciones y usuarios.  

Otro caso notable de un disidente digital es el de Jaron Lanier, uno de los responsables de incubar lo que hoy conocemos como realidad virtual. Incluso antes que Beners-Lee, Lanier intuyó la gravedad del rumbo que la Red estaba tomando; en 2006 publicó su ensayo Digital Maoism: The Hazards of the New Online Collectivism, en el que alertaba sobre la glorificación de la mente colectiva, denunciando en ella un espejismo -lo cual resultó cierto, ya que la Red terminaría no siendo modelada por el conocimiento colaborativo sino por plataformas gigantescas que recolectan, almacenan, analizan, explotan y comercializan data. En 2018, Lanier nos llamó a todos a eliminar nuestras cuentas en redes sociales, advirtiendo en ellas redes de monetización de contenido generado por el usuario (quien no recibe un centavo a cambio), que además se abocan a la minería de datos con fines también comerciales o de vigilancia. 

La ilusión de un Internet distinto, mucho más apegado al espíritu original, no implica dejar de disfrutar las mieles de la actual Red ni de reconocer los beneficios que ha traído consigo. Pero también sería bueno entender el potencial humanitario de los valores que inspiraron su creación. Necesitamos imaginar destinos alternativos de la “red de redes”, lejos de algoritmos, data mining y legislaciones que atentan contra los principios elementales de esta red.

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Desde hace años se trabaja desde diversos frentes para enmendar el rumbo de la Red. Al parecer, la clave está en un sistema verdaderamente descentralizado: cuyo centro esté en “todos lados”, es decir, que pueda reproducirse y alojarse de manera temporal en cualquier nodo de la Red en cualquier computadora que se conecte) y que impida el almacenamiento, o por lo menos la concentración, de la data generada por los usuarios. El propio Berners-Lee lleva un rato incubando una plataforma con estas características, Solid, con apoyo del MIT: “Un proyecto que apunta a cambiar radicalmente la forma en que las aplicaciones funcionan hoy, dando como resultado una verdadera propiedad de la data (por parte del usuario) y mucho mayor privacidad”. Por otro lado, defensores de la privacidad, activistas y capitales de riesgo apuestan por la maduración de esta red descentralizada con iniciativas como Blockstack, un sistema descentralizado de apps, o las cada vez más populares blockchains.  

 

¿Cómo contribuir a la gestación de un Internet más libre y humanista?

Desde que Internet llegó, el futuro dejó se ser lo que era. Hasta el siempre oscuro Rupert Murdoch lo sabe: “Internet ha sido el cambio más fundamental que me ha tocado en la vida y a la humanidad en cientos de años”. 

Mientras los genios digitales y avezados entusiastas avanzan en el desarrollo de una Red blindada contra el acecho corporativo y la vigilancia gubernamental, nosotros, los usuarios, también podemos contribuir a este proceso evolutivo. De entrada, sería bueno entender un poco, más allá de su simple uso compulsivo, cómo funcionan las plataformas a las que le damos buena parte de nuestra existencia: cómo están orientadas, por qué funcionan cómo lo hacen, y que obtienen a cambio de “regalarnos” sus funciones. “Programa o serás programado”, advierte Rushkoff, quien ademas nos recuerda que en una dinámica donde no eres el cliente ni el proveedor, lo más probable es que seas el producto (y te pone a ti usando Facebook como ejemplo).

Otro requisito en el proceso de madurez de una sociedad digital es la defensa activa de la privacidad: necesitamos entender que cada acción que realizamos en Internet, cada clic, like o mensaje, queda registrado. Quien tiene acceso a esta huella y la procesa algorítmicamente obtiene una enorme cantidad de información sobre nosotros: tu ubicación, tus gustos y hábitos, tus relaciones, e incluso tus propensiones (casi podría predecirse qué harás mañana a partir de la data que ya has generado). Además, esta información es capitalizada y monetizada sin que tú participes de esa ganancia, e incluso sin que entiendas las implicaciones de esta transacción: tú das tu data y contenido (algo parecido a tu alma, en estos tiempos), y ellos te dan acceso “gratuito” a una plataforma para “conectar” con otras personas y dar likes (mientras, muy probablemente, te generan trastornos emocionales y un existencialismo pop).  

En su Contrato para la Red, Sir Tim Berners-Lee (a quien, por cierto, le tenemos especial afecto en Ecoosfera) propone tres principios que son responsabilidad de la ciudadanía. El primero: “Sean creadores y colaboradores en la Red”; es decir, involucrarnos activamente en el entendimiento y rumbo de la red, y navegarla de forma más consciente y menos autómata. El segundo: “Formen comunidades fuertes, que respeten el discurso civil y la dignidad humana”. El tercero: “Luchen por la Red”, que está ligado a dimensionar el potencial que tiene Internet para programar una realidad más justa, digna y equitativa y, obviamente, valorarlo.