Al menos hasta el siglo pasado, la categoría de lo humano era lo suficientemente amplia como para albergar toda la variedad de intereses, procedencias e ideas que pudieran surgir del Homo sapiens, este homínido que seguimos siendo. Sin embargo, con el avance mismo de la tecnología, la especie se dividió en dos grandes grupos: aquellos que tienen acceso a los gadgets de la economía de consumo y aquellos que no.

 
 
 
 
 
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Esta diferencia es importante no sólo desde un punto de vista económico, sino desde un punto de vista ético: ¿es más humano aquel que puede comunicarse en tiempo real de un lado a otro del mundo y, por lo tanto, decidir los destinos de las personas que no pueden hacerlo, o bien, se trata simplemente de una sociedad de fetiches, donde los objetos (y poseerlos) se vuelven más importantes que las relaciones sociales que tenemos con otras personas?

Por ejemplo: una persona de clase media o media-alta se encuentra asediada en nuestros días por gran cantidad de información que apela y exige su atención: notificaciones del smartphone, actualizaciones de la tablet, toneladas de correo electrónico (basura o de trabajo, lo mismo da), con lo cual el tiempo destinado a interrelacionarse con otras personas en el universo 1.0 (offline, o en “el mundo real”) se reduce considerablemente. Probablemente, esa persona no quiera pasar demasiado tiempo en el universo 1.0 debido a que cree que tiene mayor control sobre su tiempo y su atención mientras está conectado. Pero la realidad es que el universo 2.0, con todas las ventajas y fascinantes vías de desarrollo y aprendizaje que ofrece, no es sino una interfaz de comunicación, una vía o un medio, si se quiere, para conseguir un fin: comunicarse, informar o estar informado; pero esto no es un fin en sí mismo.

 
 
 
 
 
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Hoy en día tenemos más herramientas que nunca para estar comunicados, pero hemos dejado de tener algo que comunicar. Las computadoras son nodos que integran información pero que hasta hace poco eran incapaces de producirla; ellas eran la herramienta y nosotros la fuente. ¿Seguirá siendo así durante el presente siglo?

Puede ser que los seres humanos en las sociedades desarrolladas o en vías de desarrollo nos vayamos pareciendo cada vez más a nuestras preciadas máquinas: siempre despiertas, siempre conectadas, siempre listas para responder con más información de salida a la información de entrada que recibimos sin parar. Estamos programándonos inconscientemente para reaccionar a la información en lugar de para pensar: para discernir qué tanto de la información que recibimos es valiosa y cuánta es sólo basura. 

Al decir esto no nos consideramos dentro de la tendencia “apocalíptica” que Umberto Eco señaló en su famoso libro Apocalípticos e integrados, sino que nos proponemos pensar hasta qué punto ya no somos capaces de ubicarnos espontáneamente en ninguno de los dos parámetros planteados por el escritor italiano. El humano de hoy en día se parece más a una interfaz autónoma que recibe y procesa información, en lugar de una mente capaz de crearla y darle forma: somos cada vez más una máquina sensible respondiendo a impulsos del entorno, una computadora humana que aprende a resolver problemas, a contestar correos, a tuitear a velocidades vertiginosas sin detenerse un momento a pensar sobre dónde está parado, o dónde desemboca este tren del progreso.

La impronta de nuestro tiempo parece ser, como bien apunta Douglas Rushkoff, “programa o prepárate para ser programado”. ¿En qué lugar de la balanza nos colocaremos? ¿Dónde te situarás tú?

 

* Fotografías: Nirav Patel