Sé entonces lo que es el presente, ese tiempo difícil: un mero fragmento de angustia.
                                                                                                                                            (saudade) 

Roland Barthes

 

El lenguaje nos articula con los otros y con la realidad y nos permite interpretar, así como ser interpretados. Por eso, nombrar se convierte en una afirmación de nuestro estar en el mundo que constantemente inventa y reinventa la existencia. Es así que, cuando nombramos lo que sentimos, realmente estamos invocando poderosas fuerzas creativas que escriben constantemente el guión de la existencia humana.

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En esta narrativa, la ausencia es sin duda una de las grandes protagonistas.

La ausencia despierta nostalgia, añoranza y melancolía, algo que en portugués se expresa como saudade, una palabra que transmite con desmesura la omnipresencia de la ausencia y los efectos de ésta sobre la realidad de quien la siente. No obstante, la palabra saudade es intraducible al español ―y al parecer, a cualquier otro idioma―, por lo menos en términos estrictamente literarios.

El ejercicio de la traducción no puede ser siempre literal. Y menos en lo que supone a las pasiones humanas.

Y es que, si algo es importante en el lenguaje es su vitalidad y dinamismo inherentes, producto de que las lenguas se construyan tanto racionalmente como por experiencias sensoriales y emocionales. Esto hace al lenguaje proclive a transformarse según los sentires y necesidades de quienes lo utilizan, haciéndolo en ocasiones “intraducible”.

Se vuelve imposible sintetizar en otro idioma los siglos de afectos detrás de una sola palabra. Porque tal expresión ―por ejemplo, saudade― sólo se entiende a partir de los afectos desarrollados por una colectividad a lo largo del tiempo. A ello habría que agregar que la ausencia es algo que todos sentimos, pero no todos la sentimos igual.

Cómo sintamos depende de la “sintaxis” de las relaciones humanas en una cultura dada. De cómo se escribió la historia de un pueblo, y cómo esos sentimientos, al parecer fragmentados en el curso de su existencia, llegan hasta nosotros. La palabra saudade tiene que ser, entonces, analizada y explicada pedagógicamente por los arqueólogos e historiadores de la condición humana, y no sólo por los lingüistas.

 

¿Qué significa realmente saudade?

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Saudade es una especie de añoranza o nostalgia melodramática por lo que ya no está.

Una ubicuidad de la ausencia ―ya sea del ser amado, de objetos o experiencias― que se siente y se presiente; que se transmite a través del espacio que nos rodea, a través de una persona o a partir de un súbito recuerdo. Es una emoción de simbiosis desmesurada entre el dolor y el deseo que, para los hablantes de la lengua portuguesa, es percibida como una emoción poéticamente positiva.

Un brasileño nos puede decir, por ello, é bom ter saudades, “es bueno tener saudades“, porque para la persona sentir saudades se vuelve un ejercicio memorístico. A partir de éste es posible vivir el presente añorando viejos tiempos, pero sin despreciar por ello el porvenir.

 

Sentir saudades frente a los elogios a lo insensible

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Afirmándose en un estado de saudade se defienden simultáneamente las añoranzas y las emociones profundas: aquellas que podrían parecer nocivas por “interponerse” a la felicidad, pero que en realidad potencian lo humano. Dejarse embargar por las saudades se convierte, entonces, en una defensa de la fragilidad y del derecho a ser sensible

Se coloca así el ser sintiente en un estado de indefensión consciente que, no obstante, es enfrentado con valentía. Y ello pese a que vivimos en una época que nos invoca a renunciar a lo sensible y perdurable, sustituyéndolo por lo insensible y fugaz.

Por eso, dentro de las culturas que hablan el portugués la palabra saudade ha tenido tal importancia. Se encuentra en canciones, libros y poemas por igual, tanto como en el léxico cotidiano. Y es que se le reconoció popularmente como una defensa de la identidad (portuguesa o brasilera), volviéndose así una gramática colectiva de culto a la emoción y al ser.

Por eso afrontar esa presencia de lo ausente es hacer un bello homenaje simultaneo: al pasado, a la identidad y a la fragilidad humana. Pues pese a la ambivalencia que implica sentir saudades­ ―incluso el origen de la palabra es aún incierto―, para los hablantes de la lengua portuguesa es un orgullo sentir y poder expresar esta emoción. Así se reconectan con el pasado a través de las emotividades colectivas y hacen frente a los elogios de lo insensible tan propios de nuestra época, donde los hombres no pueden llorar, donde no hacen falta cartas de amor y donde nos resistimos a ser envueltos por la ausencia.

 

*Imágenes: Sanja Marusic