Neurocientíficos y filósofos debaten sobre cómo percibimos la realidad

Un diálogo entre ciencia y pensamiento especulativo sobre la naturaleza de la percepción y la realidad.

Alva Noë enseña filosofía en la Universidad de California en Berkeley y su campo de interés es la filosofía de la percepción y la conciencia, como Maturana, Hume o Kant antes que él. Recientemente ha presentado una tesis prácticamente contraintuitiva y revolucionaria, siguiendo la línea de la hipótesis de la mente extendida o cognición situada (la cognición más allá del cerebro) que critica los fundamentos tradicionales de la neurociencia.

Si el “cerebro experimenta el mundo”, como dice la neurociencia, estaríamos en un pensamiento cartesiano tradicional: pienso, luego existo.

Pero para Noë, la percepción y la pregunta por la realidad debe complicarse un poco más.

Cosas como los colores, los sonidos, incluso los días de la semana y las horas del día, son convenciones a las que socialmente hemos llegado para organizar el mundo a nuestro alrededor. Pero Noë cree que al ver el color azul, no solamente vemos la refracción óptica de la luz en cierto espectro, sino que el color nos parece “estable” sólo en referencia a nuestro concepto de azul.

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Alva Noë no cree en la realidad (y tú tampoco deberías)

Vemos el “cielo” porque aprendimos a llamarlo así, como nuestros padres antes que nosotros. Pero el “cielo” no existe cómo tal: lo que intenta Noë es llevar el lenguaje científico hacia sus últimas consecuencias, pero en la vida cotidiana, y mediante ese giro, hacer que nos preguntemos si en realidad “percibimos” el azul puro, sin asociaciones como las anteriores. En sus propias palabras:

Para mí, los colores son como formas. Y de la misma manera en que una pieza tridimensional tiene un lado oculto que no vemos, los colores tienen otras formas de ser vistos si cambian las condiciones de luz a su alrededor.

La tesis de Noë afirma que la percepción no es un acto pasivo que simplemente nos sucede, sino que es algo que se construye, algo que nosotros mismos hacemos junto con el entorno particular que estamos percibiendo.

Sin embargo, para los neurocientíficos la percepción está literalmente en nuestra cabeza y no depende del entorno, y en ese sentido no es confiable. Pero para Noë, la percepción es una dialéctica entre nuestro cerebro y nuestro entorno: una avenida de doble vía.

Esto implica que el cuerpo y sus procesos sensomotores tienen un papel fundamental en la percepción de la realidad, a diferencia de lo planteado por las neurociencias, que consideran que todo es una representación cognitiva creada por nuestro cerebro.

Por ejemplo, al percibir una nota musical, nuestro aparato auditivo sólo “copia”, reproduce o transforma las vibraciones de aire en impulsos eléctricos al interior de nuestro cerebro. Punto para la neurociencia.

Pero lo que postula Noë no anula la importancia del cerebro, solamente lo coloca como un factor más dentro de una red de acciones y consecuencias. Sí, para percibir unas notas musicales nuestro cerebro ha echado mano de un complejo mecanismo neuroquímico, pero las notas que escuchamos también están determinadas por las propiedades físicas del lugar en donde lo escuchemos: del eco, la resonancia, el volumen y otros factores como la memoria particular del escucha. Todos estos elementos afectan lo que llamamos “percepción” del sonido. Así que punto para la filosofía.

 

Entonces, ¿dónde está la realidad?

La neurociencia postula una realidad cerebral, química, neuronal, en la que todos los eventos de nuestra vida ocurren como consecuencia de procesos internos del organismo. Lo que hace Noë es invitarnos a pensar en nuestros cuerpos menos como máquinas de procesar percepciones y más como elementos de sistemas complejos y vivos.

Esta teoría tiene cada día más adeptos y podría significar una verdadera revolución en la forma en la que entendemos los procesos de percepción y construcción de realidad. La idea es sencilla: a pesar de que la neurociencia en nuestros días esté dando saltos gigantes, también hay que pensar que la ciencia no es completamente objetiva, y que parte de supuestos y conceptos que la filosofía lleva siglos explorando.

¿Por qué la pregunta sobre lo real no puede ser respondida? Porque nuestra experiencia sensorial del mundo es ya en sí misma una realidad, la única que podremos conocer jamás, y por lo tanto nunca sabremos qué hay “detrás” de la percepción que nosotros mismos construimos.

 

* Imagen principal: James R. Eads



Tu nariz puede captar las buenas y malas vibras (la 💯cia te dice cómo)

Percibir las “buenas” y “malas” vibras puede ser una forma de comunicación inconsciente, e incluso una ventaja evolutiva.

¿Has sentido un extraño escalofrío al entrar a una casa o habitación, como si de pronto algo cambiara en el ambiente, pero no puedes explicar por qué? Muchas veces la gente nos agrada o nos disgusta sin que medien palabras, y lo mismo pasa con ciertas situaciones o lugares: despiertan en nosotros una breve aunque potente reacción emocional

La “energía” de los lugares o personas (la “vibra” o la energía de las cosas, si prefieren un enfoque mágico) podría explicarse científicamente como un conglomerado de señales químicas mediante el cual los humanos transmitimos y recibimos señales de otros a través del olfato y los aromas, incluso a través del tiempo. 

Esas vibras son algo así como fantasmas de las emociones de alguien más, captadas a través del olfato. Las reconocemos, incluso pueden afectarnos psicosomáticamente, pero no podemos explicar de dónde salieron.

Esta es la hipótesis publicada en la revista Psychological Science por un equipo de investigadores de la Universidad de Utrecht, en Holanda. Desde 2012 intentan determinar si los humanos producimos señales químicas que, a su vez, otros pueden detectar e interpretar.

Sincronización emocional olfativa

Los aromas son capaces de despertar en nosotros todo tipo de emociones, de la atracción al asco. Tomando eso en cuenta, los investigadores hicieron un experimento en el que un grupo de hombres observaba una serie de videos aterradores o desagradables, utilizando un tipo de playera particular (o remera, para nuestrxs lectorxs fuera de México).

Previo al estudio, cada hombre recibió un estricto protocolo de aseo corporal. Esto para no enmascarar el aroma particular que cada persona produce como resultado de un estímulo o refuerzo negativo, como ver una serie de imágenes desagradables.

Después, los investigadores le dieron las playeras a un grupo de mujeres, con el fin de captar sus reacciones inmediatas al olerlas. El estudio mostró una relación directa entre el gesto de las mujeres y el tipo de videos que habían visto los hombres. En palabras del propio estudio, las mujeres se “sincronizaban emocionalmente” con la emoción que había experimentado el portador de cada playera.

Pero eso no es todo. Unos años después reprodujeron el experimento, esta vez utilizando refuerzos positivos en los hombres. Como esperaban, las mujeres tuvieron una expresión positiva, acorde con el estímulo recibido por los hombres. En palabras del doctor Jasper H. B. de Groot, uno de los coautores:

“Nuestros descubrimientos sugieren que tanto los estados negativos como los positivos (como la felicidad) pueden transferirse a través de los aromas.”

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Las reacciones emocionales espontáneas (o “vibras”) pueden ser mensajes codificados que nuestro olfato detecta.

Más allá de la dicotomía buena/mala vibra

Este proceso es menos místico de lo que podríamos pensar, pero igualmente interesante. Tendemos a creer que somos “visuales” o “auditivos” según nuestra personalidad, pero nuestra impresión inmediata e inconsciente del mundo se compone de más cosas de las que vemos y escuchamos. De hecho, parece ser resultado de un escaneo constante de nuestro entorno, tanto en la vigilia como durante el sueño. A diferencia de nuestros ojos y nuestra boca, la piel, nariz y los oídos no tienen algo que los cierre del todo frente a estímulos exteriores. 

Cada sentido desencadena señales que nuestras neuronas interpretan como imágenes, sonidos, sabores y aromas, según sea el caso. El problema es que no es sencillo describir los aromas, mucho menos las sensaciones que nos producen. Piensa en tus reacciones corporales al oler olores agradables y desagradables.

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Los animales reciben mucha información de su entorno a través del olfato.

Las señales químicas de De Groot y sus colegas encontraron, son apenas la punta del iceberg para entender el sentido de este tipo de comunicación o transmisión de información entre humanos. Los científicos sospechan que el olfato nos aporta un panorama perceptual que pudo ser relevante en la prehistoria de nuestra especie.

En la naturaleza se ha observado que muchos animales muestran respuestas colectivas frente a los peligros de su entorno. La presencia de un depredador se aprecia con el olfato antes que con la mirada. La reacción de alerta de un simio comienza con estímulos sensoriales: probablemente el olor de la leona fuera más fuerte que el ruido de sus zarpas entre la hierba. Además, al oler una señal de peligro, un individuo alerta al resto de los suyos, lo que aumenta las posibilidades de supervivencia colectiva.

Queda mucho por conocer todavía acerca del mecanismo de la “sincronización emocional” y las señales químicas que enviamos y recibimos. Tal vez lo que necesitamos es un lenguaje para comprender qué es lo que nuestro olfato trata de decirnos.



Científicos y filósofos están de acuerdo en algo: la conciencia humana es una alucinación colectiva

Un grupo de científicos y filósofos buscan las raíces de la conciencia, y para eso deben aprender unos de otros y dejar atrás sus certezas.

A pesar de los extraordinarios avances de la ciencia actual, existen problemas que todavía no sabemos cómo abordar. La conciencia es uno de ellos. Y es que la conciencia ha sido, a lo largo de la historia humana, un problema filosófico, literario e incluso religioso. Pero cuando se abordan las bases biológicas o neuronales de lo que nos hace percibir el mundo, la respuesta suele ser elusiva.

El neurólogo Anil Seth tiene una extraordinaria ambición: producir una “teoría unificada de la percepción. El tiempo, la visión, la escucha… queremos explicar eso”.

Seth es el director del Centro Sackler de las Ciencias de la Conciencia de la Universidad de Sussex, donde un equipo multidisciplinario de físicos, filósofos, científicos de computación y artistas aplican diferentes metodologías para identificar los mecanismos que componen la conciencia tal como la conocemos.

Y lo que conocemos hasta ahora sobre la conciencia es precario y fragmentario: cada cultura, cada religión y rama de la ciencia tienen su propia aproximación al respecto. Es por eso que Seth ha propuesto que la realidad, al menos la que tiene que ver con la conciencia, no es muy distinta a una alucinación colectiva.

 

Alucinar la realidad

que-es-la-conciencia-alucinacion-colectiva-neurocienciaAlucinación es, también, una palabra para designar algo que no entendemos del todo, como la conciencia.

En las alucinaciones la gente cree ver, escuchar o percibir objetos o sensaciones que nadie más puede notar. Pero la realidad, al menos la realidad de la conciencia humana, se comporta como un fenómeno alucinatorio que nos es común y compartido a lo largo de la historia.

Por ejemplo, cuando vemos una aurora boreal, sabemos que no estamos alucinando porque hay otros que también pueden verla (de ahí la importancia del método científico, de medir y describir los fenómenos del mundo); pero si nos encontramos con una criatura voladora con tentáculos que escupe fuego… bueno, a menos de que alguien más la vea, se trata de una alucinación.

En otras palabras, no sabemos cómo funciona o de qué está hecha la realidad, pero nuestra conciencia la percibe de una determinada manera que nos es común a todos los miembros de la especie. Y por más sofisticadas que sean nuestras máquinas, nuestro entendimiento colectivo del mundo depende de las palabras que utilizamos para comunicarnos entre nosotros.

Para Seth, la percepción es una combinación de “impulsos eléctricos y predicción”. Cuando la información de nuestro alrededor entra por los sentidos, el cerebro la procesa según lo que sabe, lo que recuerda o lo que puede deducir en ese momento. Así, cuando observas un perrito no piensas “Oh, qué extraño ser peludo de larga lengua y ojos felices”, sino que tu cerebro contrasta la imagen del perrito con la información almacenada en tu memoria, y entonces, voilá: sabes que es un perrito.

 

Nombrar lo que nadie ha visto pero todos sentimos

El concepto de “alma”, por ejemplo, ha servido a numerosas filosofías de la conciencia para explicar los fenómenos de percepción y de emoción en los seres humanos. El alma, según las religiones, es inmortal, pero no de la misma forma: para los cristianos, el alma individual es parte de un complejo más amplio, que incluye a toda la Creación; no obstante, para los budistas el alma individual es skandha, o las condiciones de existencia, además de que puede reencarnar mientras siga en la rueda del samsara.

“El concepto de alma, en las religiones occidentales, es como si fuera un pequeño yo hecho de algo que brinca de cuerpo en cuerpo. En las tradiciones orientales, es un poco más sofisticado”, afirma Seth.

Aunque difíciles de probar mediante el método científico, la teología y las religiones son la base conceptual de muchas de las ideas que tenemos sobre la conciencia. En el Centro Sackler se realizan experimentos de modelos computacionales para probar o refutar a Descartes (el sujeto que afirmó aquello de “Pienso, luego existo”), acerca de si los animales son distintos a los humanos en cuanto a su autopercepción.

“Tuvimos que enseñarle algo de neuociencias a los filósofos profesionales, y los científicos como yo tuvimos que familiarizarnos con la filosofía”, afirma Seth.

Y es que, ¿cómo podemos entender qué es la realidad si no comprendemos primero cómo percibimos la realidad? ¿Y qué es la percepción, sino nuestra manera de comunicar las realidades más inmediatas?

De Aristóteles a David Hume y a Humberto Maturana, las teorías de la percepción parten de los sentidos: no tenemos solamente la vista, el oído, el gusto, el tacto y el olfato, sino también un sentido de ubicación espacial, una memoria, un sentido del paso del tiempo y muchos más, que apenas comenzamos a comprender. Es por eso que sensibilizar la inteligencia científica, así como poner a prueba las bases conceptuales de la filosofía, abre inusitados y excitantes panoramas al conocimiento de nosotros mismos.

 

* Collage principal: øjeRum