La bondad y la cooperación nos hicieron humanos (y son sentimientos más naturales que el egocentrismo)

Una naturaleza humana alternativa para el aquí y el ahora.

Pocas cosas han hecho más daño que la idea de que el ser humano “es malo” por naturaleza. Y lamentablemente, pocas cosas han poblado con más fuerza el inconsciente colectivo que dicha aseveración. Pero, ¿qué dice realmente la filosofía sobre nuestra naturaleza?

Contrario a lo que se cree, la famosa sentencia popularizada por Thomas Hobbes, “el hombre es un lobo para el hombre, no apunta a que el hombre tiende a la maldad de manera instintiva y por lo tanto, natural. De hecho, dista mucho de ello. “El hombre es un lobo para el hombre” es en realidad un halago, al menos indirecto, a la naturaleza humana.

Lo que Hobbes parece haber querido decir en su obra De Cive, en la cual utiliza dicho aforismo, es que, cuando el ser humano se escinde de la naturaleza y se organiza en sociedad, se corrompe. Comienza entonces la “guerra de todos contra todos”. Es decir que la filosofía de Hobbes cuestiona a los seres humanos en tanto ciudadanos, pero no cuestiona la naturaleza humana, misma que, nos dice en Leviathan, es lo que nos hace fundamentalmente iguales.

La reconciliación entre los seres humanos depende de que nos concibamos como semejantes.

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Así, reflejarnos en el otro –la empatía– surge como primigenia necesidad, pero también como posibilidad. Y si esto es posible es porque nuestra naturaleza nos lo permite, como ya lo pensaban en la antigua Grecia. De hecho, el autor original de la famosa sentencia popularizada por Hobbes es el griego Plauto, y la frase original en su comedia Asinaria dice:

Lobo es el hombre para el hombre, y no hombre, cuando desconoce quién es el otro.

El ser humano siempre puede reconocerse en el otro, porque esa es su naturaleza. Porque dependemos del otro: nada ni nadie puede sobrevivir por sí mismo, lo cual hace del egoísmo algo también natural, pero accesorio.

Esto ha sido probado por la neurociencia, disciplina que también ha contribuido a las indagaciones sobre nuestra naturaleza. Un estudio reciente comprobó que los lazos que creamos con otros son potenciados en el cerebro, en el giro supramarginal, el cual tiene la capacidad de autocorregirse ante reacciones ególatras.

Es decir que sí podemos tender a la egolatría de manera innata, pero nuestra naturaleza –y nuestro cerebro– saben que no todo gira a nuestro alrededor.

Todo este cúmulo de conocimientos demuestra que la naturaleza humana es más compleja que el binomio bueno-malo, y que más allá de nuestra esencia, lo importante es lo que somos aquí y ahora. Además de la filosofía, otras disciplinas humanistas, como la psicología contemporánea, han hecho interesantes hallazgos. Algunos ponen de relieve rasgos francamente oscuros de nuestra naturaleza, mientras que la neurociencia nos ha ayudado a comprender mejor los mecanismos del cerebro, órgano en el cual la empatía suprime el egocentrismo y el odio y el amor conviven en la misma zona.

Pero así como en el reino animal, la evolución de los seres humanos ha dependido fundamentalmente de sentimientos que podríamos llamar “positivos” o “buenos”, como la cooperación y la empatía. Cuidar a otros nos permitió sobrevivir y desarrollar nuestro cerebro, y no porque estuviésemos “preservando a la especie”, sino porque estábamos ampliando actitudes que de por sí son instintivas, como la bondad.

Si tal cosa forma parte de la selección natural, ¿qué duda cabe de que los sentimientos empáticos son más naturales que el egocentrismo?

 

* Imágenes: 1) Nicole Xu; 2) Adam Hale



Lo más oscuro de la naturaleza humana: 5 hallazgos de la psicología

Aún estamos repletos de instintos, pero no todos son positivos.

No hay cuestión que haya causado mayores dudas, ni que haya justificado tantas acciones individuales y colectivas, como la concepción de la “naturaleza humana. Algunas corrientes filosóficas o religiosas han afirmado que la maldad es nuestra característica intrínseca, mientras que otras aseguran que nuestro rasgo primigenio es la bondad.

Pero nuestras características naturales se diluyen con aquellas que surgen de la culturización y de nuestras capacidades racionales, hasta que se vuelve imposible distinguir qué nos hace lo que somos.

Para sortear estos laberintos, valdría la pena reflexionar sobre la naturaleza humana a partir de un principio: nosotros también somos producto de la naturaleza. Quizá somos la más excéntrica de sus creaciones, pero lo somos a fin de cuentas. Por eso también tenemos tantos rasgos positivos, como por ejemplo, ser juguetones

Sin embargo, escuchar lo que la psicología tiene que decir sobre lo más desagradable de la naturaleza humana contemporánea es esclarecedor. El neurocientífico y escritor de ciencia Christian Jarrett reunió algunas de estas características, las cuales han sido confirmadas por la psicología.

Estos son 5 hallazgos que revelan
lo más oscuro de la naturaleza humana:

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Por naturaleza… vemos a las minorías como menos que humanos

Esta deshumanización rampante fue comprobada en un estudio en el que se usó tecnología para escanear el cerebro. Dos psicólogas observaron la actividad cerebral de alumnos de la Universidad de Princeton mientras veían fotos de gente de diversos estratos sociales y grupos. Ver a los de mayor “estatus” activaba la corteza prefrontal media –asociada a las conexiones emocionales con otros–, mientas que las fotos de gente sin hogar o drogadictos no la activaba.

Otros estudios han demostrado que la gente considera a personas ­como los migrantes o habitantes de países menos desarrollados como “menos evolucionados”, lo que incluso le sucede a niños que ven niños de otro género.

 

Por naturaleza… somos dogmáticos

Si tuviésemos otra naturaleza, quizá sabríamos demostrar nuestro desacuerdo con buenos argumentos. Lo cierto es que en diversos estudios clásicos se ha comprobado que la gente que cree firmemente en algo tiende a ignorar por completo los elementos que determinan su posición. Al parecer, esto tiene que ver con un resguardo instintivo de nuestro sentido de permanencia.

 

Por naturaleza… preferimos hacernos daño que pasar tiempo con nuestros pensamientos

Un peculiar estudio del 2014 comprobó que las personas ya no podemos sólo pensar o desconectarnos. En la prueba, 67% de los hombres y 25% de las mujeres prefirieron darse toques eléctricos antes que pasar 15 minutos en contemplación pacífica.

 

Por naturaleza… somos hipócritas morales

Cuando no somos nosotros quienes hacemos algo egoísta –como optar por la tarea más fácil y relegar la más difícil a otro– y somos, en cambio, a quienes les hacen la jugarreta, nos indignamos como si nosotros “no hubiésemos sido capaces de hacerlo”. Esto se probó en un estudio reciente. También tendemos a justificar lo que hacemos por las condiciones en que vivimos, pero somos incapaces de medir con el mismo barómetro lo que hacen otras personas.

 

Por naturaleza… nos atraen las personas con rasgos de personalidad sombríos

La evidencia sugiere que tanto los hombres como las mujeres se sienten atraídos por los narcisistas, psicópatas e individuos maquiavélicos –e incluso por aquellos que tienen esos tres rasgos de manera simultánea–. Es probable que esto tenga que ver con la supervivencia, pues dichos rasgos muestran confianza y fortaleza en el otro.

 

* Imágenes: 1) Creative Commons; 2) Marcus Selmer



¿Disfrutas la música? Según la neurociencia, quizá seas más empático

La música es una suerte de “otro” virtual que nos conecta con los demás (y con la conciencia colectiva).

Según su origen etimológico, ser empático es ser apasionado: la palabra viene del griego antiguo empátheia, que significa “pasión”. Eso apunta a una pasión por lo humano, pues quienes son empáticos tienen facilidad para identificarse con el otro, lo cual se traduce en que toda producción humana –sobre todo, de índole artística– le produce al sujeto empático una estimulación extraordinaria.

La música es una de las producciones que, de acuerdo con varios estudios neurocientíficos, podrían desatar más placer y, además, iluminar zonas insospechadas del cerebro empático, como aquellas relacionadas con la interacción.

 

El “otro virtual” en las ondas sonoras

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En un estudio del 2007 se concluyó que para alguien empático –la empatía se mide con un estudio llamado Interpersonal Reactivity Indexla música es como un “otro virtual, pues así lo confirman las reacciones en el cerebro estudiadas a partir de imágenes de resonancia magnética (IRM).

En dicha investigación, cuando las personas empáticas escuchaban música con la cual estaban familiarizadas, las reacciones de su cerebro eran sorprendentes: las ondas sonoras producían actividad en zonas específicas del cerebro de los participantes, como el llamado cuerpo estriado –un centro de recompensa– y el giro lingual, dos regiones asociadas al procesamiento visual. Esto sugiere que los escuchas empáticos son susceptibles a imaginar lo que escuchan de manera visual.

Pero además, esas áreas están asociadas también a las interacciones sociales. A partir de esto, en otro estudio de este año, publicado en Frontiers in Behavioral Neuroscience, se investigó cómo la música es una suerte de entidad social para nuestros sentidos.

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Según las conclusiones de estas investigaciones, la música se traduce en nuestro cerebro en toda una forma de procesar el mundo y concebirlo: es por eso que la música con la que estamos familiarizados tiene un impacto aún mayor en el cerebro, y más aún, en el cerebro de las personas empáticas.

Así, la música puede estimular a las personas empáticas, pero quizá también tenga el poder de deshacer los hechizos de la apatía que reina en la actualidad. De esta manera, las posibilidades del arte musical se vuelven infinitas: los ritmos pueden curarnos, abrir espacios introspectivos o hacernos mucho más productivos; pero ahora sabemos que la música también tiene la capacidad de conectarnos con el otro, con la colectividad, y alterar nuestra conciencia social, lo que la convierte en una herramienta para la evolución de la humanidad.

 

* Imágenes: Sam Chirnside