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NATURA

Descubren que los insectos también sienten dolor (igual que nosotros)

Durante mucho tiempo se ha visto a los insectos bajo una mirada poco simpática, quizá por su aspecto tan distinto al nuestro que provoca que no generemos empatía frente a sus características diametralmente opuestas a las nuestras. Sin embargo, se ha comprobado que los insectos funcionan similar al sistema humano y también pueden experimentar dolor.

Nocicepción y dolor

Se llama nocicepción a la detección por parte del sistema nervioso sensorial de estímulos desagradables. Dentro de estos estímulos se pueden incluir quemaduras, cortes afilados y presiones que ocasionan magulladuras, todas estas generan una reacción inmediata de respuesta fisiológica que conocemos como la percepción del dolor.

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Es bien sabido que los animales, tienen respuestas para evitar el contacto potencialmente dañino. Es decir, puede resultar obvio que los humanos huyen de ciertas acciones que podrían causarles dolor, pero, ¿qué tal en animales tan diferentes como los insectos? Las investigaciones anteriores sugieren que ellos también evitan cruzarse con estímulos desagradables.

Sin embargo, tratar de detectar la presencia de dolor en otras criaturas tan distintas a nosotros, ya es hablar de palabras mayores. Para esto se requiere el estudio del sistema fisiológico y descubrir si al igual que los humanos, se encuentra intrínsecamente ligado al cerebro.

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Los mamíferos poseen unos receptores llamados nociceptores que son los encargados de percibir el dolor, cuando esto sucede envían señales de alerta ante estímulos negativos. Luego las neuronas producen una sensación de malestar subjetiva, física e incluso emocional ante la situación y es cuando se dice que sentimos dolor. Pero no funciona tan sencillo como esto, pues se ha comprobado que en ciertos animales la nocicepción y el dolor pueden regularse independientemente uno del otro debido a que se han detectado distintos sistemas para la regulación independiente de cada uno.

El mayor ejemplo de que estos sistemas existen es sin duda el humano. “Un sello distintivo de la percepción del dolor humano es que puede ser modulado por señales nerviosas del cerebro”, explica Matilda Gibbons quien es neurobióloga de la Universidad de Queen Mary.

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Se han observado reguladores de dolor en soldados, pues muchas veces “no se dan cuenta de las lesiones graves en el campo de batalla, ya que los propios opiáceos del cuerpo suprimen la señal nociceptiva”. En otras palabras, aunque el dolor está presente, el cuerpo activa sus mecanismos de defensa y logra controlar la nocicepción, dándole tiempo para sobrevivir.

Los insectos también sienten

En los insectos todavía no se ha logrado identificar completamente estos mecanismos reguladores independientes de la nocicepción y el dolor. Pero se cree que aunque carecen de los genes productores de opioides que regulan el dolor en los humanos, los insectos en cambio producen otras proteínas durante eventos traumáticos que podrían tener el mismo efecto.

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Los investigadores se centraron en “si el cerebro del insecto contiene los mecanismos nerviosos que harían plausible la experiencia de una percepción similar al dolor, en lugar de sólo la nocicepción básica”. Y lo más sorprendente es que encontraron que los insectos también son capaces de sentir dolor.

“Argumentamos que los insectos probablemente tienen un control nervioso central sobre la nocicepción, según la evidencia de la neurociencia anatómica, molecular y del comportamiento”. Agregaron que “tal control es consistente con la existencia de la experiencia del dolor”.

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Este descubrimiento marca una pauta ética importante ante el estudio de los insectos, debido a que por muchos años se pensó que los insectos no eran capaces de sentir dolor a niveles comparables con los de los humanos. Pero poco a poco hemos ido comprendiendo que los animales también experimentan un abanico de sensaciones y sentimientos que son equiparables a los nuestros.

Referencias: Gibbons, M. Sarlak, S. Chittka, L. (2022). Descending control of nociception in insects? Proceedings of the Royal Society B, DOI

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