No existe mejor forma de amar la naturaleza que a través del asombro por el arte y de su expresión natural. Y desde siempre, la música ha sabido aprovechar muy bien los ritmos del bosque, la selva, los océanos, el desierto y de cada entorno orgánico. 

Jean-Jacques Rousseau decía que “la naturaleza es un libro abierto esperando paciente a que decidas aprender sobre él”, y es así como los músicos de la era moderna aprovechan el misticismo de los ecosistemas.

Esta sonoridad compuesta por delicados choques del viento con las hojas, silbidos de pájaros, el crujido de los truenos, la rapidez del agua al fluir por las rocas, el golpeteo de la lluvia en la tierra húmeda, etc., es objeto de inspiración.

Björk es una de las artistas que más han experimentado con los sonidos orgánicos de la naturaleza

No es extraño que esta musicalidad se encuentre en cualquiera de las siete bellas artes —con especial presencia en la música clásica—; sin embargo, el sonido del mundo no es exclusivo de lo clásico. La pluralidad de los géneros musicales modernos permite la creación de piezas únicas de techno, pop, rock, cumbia, country, soul, garage, etcétera.

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El eco de la Tierra está plasmado en canciones que desintegran los sonidos de su individualidad para acoplarlos en perfección. Por ejemplo, en el escenario underground de la electrónica, se encuentra Shushupe —Úrsula Talavera, DJ peruana—, que entrelaza la cumbia, la electrónica y los sonidos naturales del Perú en su álbum Taricaya.

La música electrónica encontró un nicho especial para mimetizar la electricidad de las mezclas con la intensidad de los fenómenos meteorológicos y cósmicos. Jean-Michel Jarre ha creado piezas que se desvían de la norma proponiendo un balance entre la esfera abstracta ecológica y la base de la electrónica con Oxygene 8.

Sigur Rós es más que una banda encasillada en el posrock. La génesis de estos islandeses es su visión de la atmósfera natural en canciones que provocan la reflexión y la nostalgia. El álbum Takk es un viaje auditivo por Islandia: basta con cerrar los ojos para sumergirse en la isla del hielo.

Jimi Hendrix también incursionó con su blues-rock en el sonido del océano y los animales marinos. “1983… (A merman I should turn to be)” es el resultado de la experimentación atmosférica con un sutil acompañamiento de guitarra que culmina con oníricos sonidos parecidos a los de un delfín.

La influencia de los ritmos de la naturaleza nos acompaña a todos lados. Basta con abrir un poco más nuestra percepción para cautivarse con la raíz heterogénea de estas piezas musicales que utilizan de musa al planeta.

 

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