La pregunta recurrente sobre qué es la mente, parece un laberinto sempiterno sin una salida exclusiva. Cada ciencia desde su trinchera intenta dilucidar qué compone a la mente, pero esto de nada sirve si no se aprende a desentrañar su naturaleza para alcanzar estados de calma. Es decir, podemos comprender cómo trabaja el cerebro, cuáles son sus zonas donde se aloja el pensamiento. No obstante, aquello no garantiza la templanza necesaria para el autocontrol y la claridad. El Muhamudra nos posibilita desentrañar la naturaleza de la mente a través de la vacuidad. 

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Así como en el famoso Mito de la Cueva, en el budismo la realidad es sólo aquello que la mente logra filtrar desde el exterior. El reflejo de la luna en un lago se utiliza como metáfora para explicar que las cosas no existen per se las percibimos. Si bien parecen sustancialmente reales y concretas tal como las vemos, esto no significa que sea así. Esta analogía la utiliza el Muhamudra, la esencia de las enseñanzas del budismo tibetano.

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Según el Muhamudra, la esencia de la mente está vacía, en el sentido de que es imposible representarla. Y cuando decimos que está vacía no nos referimos a que es inhabitable, desde luego que la habita su propia esencia. Se refiere más bien a que no podemos tocarla, ni tampoco ponerla en un concepto certero e inequívoco. La naturaleza de la mente es la luminosidad, permite la experiencia, que no es otra cosa que una creación de la mente que parte de los sentidos y lo fusiona con los filtros existentes en el pensamiento. Su cualidad más visible es que la mente depende de la espontaneidad.

Los pensamientos no son dañinos

Desentrañar la naturaleza de la mente y comprender sus cualidades en ese sentido, es fundamental para la práctica del Muhamudra. Contrario de otras disciplinas que tienen como instrucción el abandono de los pensamientos, el Muhamudra no mira a los pensamientos como algo dañino en sí mismos. Por lo tanto, el cese de la actividad mental no es justamente el fin último de este tipo de meditación.

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Ivan Blažetić Šumski

En esta tradición, se dice que la esencia del pensamiento es el dharmakaya, el cuerpo de la verdad de un buda. La capacidad de navegar a través de los pensamientos sin mirarlos como algo necesariamente malo, termina por convertirse en una instrucción con gran profundidad. Sólo aquel con la valentía de navegar sus pensamientos podrá abrazar su sombra y despertar la plena conciencia. Haciendo uso de la atención y la plena conciencia, el fuego de la percepción se enciende y se alcanza un entendimiento que supera al lenguaje. Así, la profunda conexión entre el gozo y la vacuidad derivada de los pensamientos fungirá como un puente para alcanzar el dharmakaya que termina por dar un extraordinario sentido a nuestras vidas.

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