El auge de plataformas de lectura electrónicas, apps y sitios web para compartir libros, ha cambiado la forma de leer de las nuevas generaciones. Los libros impresos no desaparecieron con la entrada al mercado de los e-readers como Kindle y Kobo. Ambas tecnologías conviven y son utilizadas por los lectores según sus posibilidades y necesidades, ¿pero qué hay de las bibliotecas?

Una investigación del Pew Research Center analizó los hábitos de lectura de 6,000 estadounidenses de todas las edades. La encuesta destaca que 88% de los menores de 30 años de edad afirmaron haber leído un libro el año pasado, contra 79% de los mayores de 30.

Pero al mismo tiempo, se reveló que las bibliotecas públicas atraviesan una histórica sequía de visitantes, en gran parte (según el estudio) debido a que los lectores más jóvenes no ven a las bibliotecas como parte esencial de sus comunidades.

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Una explicación puede ser que los chicos menores de 30 están comprando más libros: los numerosos sitios para descargar libros virtuales (gratuitos o de costo, pero legalmente) han socializado la lectura de formas distintas a las que pueden hacerse en las librerías y bibliotecas.

Además, el fenómeno de los booktubers, los círculos de lectura en línea y la compra directa de libros en plataformas donde los lectores pueden calificar y compartir, aportan un valor nuevo a la industria del libro y la lectura. Aunque esto puede ser un arma de doble filo desde el punto de vista de la oferta cultural.

 

El libro es sólo una de las muchas fuentes de conocimiento

Por un lado, los más jóvenes son quienes compran más libros, pero también son quienes hacen más consultas en los servicios bibliotecarios. Buscan otro tipo de respuestas que no encuentran solamente en la escuela, ni en Internet. 

En la encuesta, la evaluación de la importancia de las bibliotecas parece relacionada con “momentos clave en la vida, como tener un hijo, buscar un empleo, ser estudiante o atravesar una situación en donde la investigación y la información puedan ayudar a tomar mejores decisiones”.

Lo que tal vez sorprenda con este tipo de información es que los millennials entienden los libros como una más de las muchas fuentes de acceso al conocimiento. Si idealizan al libro como objeto, no lo hacen de la misma forma que la generación precedente: ni a los mismos autores ni por los mismos motivos. No detestan la lectura de libros impresos, simplemente leen libros impresos y de otro tipo.

Pero otro descubrimiento fue que los millennials también son capaces de reconocer las ventajas de la biblioteca frente al Internet. Comparados con sus mayores, ellos evaluaron más alto la opción de que las bibliotecas contienen “mucha información útil e importante que no está disponible en Internet”.

Basta ver las discusiones sobre ortografía en cualquier comentario de redes sociales para entender que a los millennials les preocupa el lenguaje, pero no de la misma forma que a sus predecesores. Se necesita tomar en cuenta la clase, el nivel educativo, el acceso a dispositivos electrónicos e incluso las diferencias culturales entre países para entender qué es lo que quieren los chicos hoy en día. Pero ellos lo saben muy bien, y tienen las herramientas para buscarlo tanto en línea como en el mundo “real”.