Miles de millones de años atrás, en medio del océano Pacífico, la roca volcánica formó un “sótano” de fondo marino. Mejor conocido como sedimento, este fondo del océano es materia orgánica pura. Es decir, aquí se acumulan los restos de animales muertos, nutrientes y extraños microbios.

Una vez que algo muere en las profundidades del océano, se desplaza hacia el fondo para convertirse en alimento para las criaturas más misteriosas. Lo que suele pasar con estas capas de materia orgánica es que se acumulan.

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De acuerdo con el investigador Steven D’Hondt de la Universidad de Rhode Island, estas capas de materia orgánica son el bioma más grande menos explorado en la Tierra. Las estimaciones indican que llegan a cubrir hasta un 70% de toda la superficie del planeta azul, pero se sabe muy poco sobre ellas.

Por esta razón, D’Hondt se unió con otros investigadores para realizar una expedición hacia los sedimentos oceánicos de Nueva Zelanda. El objetivo era buscar vida en toda esta materia orgánica, principalmente los microbios que ahí habitan.

Algunos de los datos curiosos que rodean a esta investigación son que es posible encontrar “basura” cósmica antes de llegar a los sedimentos, ya que la tierra expulsa materiales de su formación. Asimismo, los microbios que ahí se encuentran posiblemente sean menos de lo estimado, pues las probabilidades de vida son más reducidas.

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Un salto a los microbios marinos antiguos

Por suerte, para capturar a dichos microbios antiguos el equipo perforó 75 metros de sedimento fino para llegar al sótano de roca volcánica, donde recolectaron algunas muestras que podrían datar de hace unos 101.5 millones de años.

Al obtener las muestras, el geomicrobiólogo Yuki Morono (autor de un artículo al respecto) aplicó una sustancia química de alta densidad que permite aislar células vivientes. Los microbios en ese momento no importaban tanto, ya que el objetivo era descubrir si había una forma más segura de vida (en este caso, células).

El resultado fue el aislamiento de células de hace 100 millones de años. En su mayoría se encontraron bacterias aeróbicas (que respiran oxígeno) y organismos unicelulares conocidos como arqueas.

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Al alimentar a las células microbianas con carbono y nitrógeno, Morono las devolvió a la vida. Después de varios días algunos de los microbios habían aumentado en tamaño, lo que sugirió que era posible revivir microbios de hace millones de años.

Estos científicos despertaron a seres antiguos, con el único fin de conocer a la comunidad más grande que yace bajo el agua. Con este descubrimiento se abren muchas posibilidades, pero la más importante es que a pesar de que no logramos ver físicamente todas las células o microbios vivos, éstos están allí.

Los microorganismos comprobaron una vez más que las necesidades elementales del ser humano no son fundamentales para ellos. Estos pequeños microbios sobreviven en nuestro planeta de formas extraordinarias que nunca lograremos entender al 100%.

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