La obesidad le cuesta caro a México. De hecho, le cuesta 7,800 millones de dólares al año, como lo expresó hace unos días Cristian Morales Fuhrimann, representante de la Organización Mundial de la Salud (OMS) en México. Tratar las complicaciones de esta enfermedad genera incluso más gastos que el robo de combustibles.

Este dato preocupa más allá del ámbito financiero, pues señala un fuerte problema de salud a nivel nacional. De acuerdo con datos del INEGI, las enfermedades cardiovasculares representan el 24% de todas las muertes en México, mientras que el cáncer y la diabetes ocupan el 12% y 14%, respectivamente. ¿Qué tienen en común estos padecimientos? Todos están ligados a la obesidad.

Según el representante de la OMS, México tiene un ambiente “obesogénico”. Esto quiere decir que nuestra sociedad incentiva muchos de los hábitos que derivan en obesidad. Para comprobarlo, basta con que mires a tu alrededor. Los pasillos del supermercado se atiborran de productos ultraprocesados y no hay esquina que no anuncie algún alimento sobrecargado de azúcar, sodio o grasa.

Por eso, no sorprende que México sea el mayor consumidor de refresco en todo el mundo, con un promedio de 163,000 litros al año. El resto de América Latina no se queda atrás: la OMS señaló un incremento del 38% en el consumo de alimentos procesados entre 2000 y 2013.

 

¿Cuál es la solución?

Pese a que la obesidad parece ir en aumento, es una condición que se puede prevenir. Esto no es tan complicado, pero sí requiere de una motivación individual fuerte, aunada al apoyo de nuestras instituciones. México libra actualmente una doble batalla: la de ser un país en vías de desarrollo que además debe invertir millones en tratar las enfermedades que la propia desigualdad provoca.

Así, en un mismo hogar mexicano pueden convivir tanto adultos con obesidad como niños con desnutrición. Es un panorama difícil, pero definitivamente hay soluciones. México es uno de los países que se comprometió junto con la ONU a reducir su tasa de obesidad para el año 2030. Hay aún muchas maneras de conseguirlo.

En el ámbito colectivo, es importante luchar por que las políticas públicas se enfoquen más en la prevención que en tratar las consecuencias finales de la obesidad. Algunas medidas, como aumentar el impuesto a los productos procesados, han tenido buenos resultados en México. La meta más importante a cumplir es que el dinero utilizado en tratar la obesidad se redirija, más bien, a incentivar un modo de vida sano en todos los niveles. 

Lo más sencillo para cada uno de nosotros es empezar por el plano individual, pero es importante no caer en un sentimiento de culpa. Aunque muchos mexicanos crecimos con hábitos poco saludables, el cambio siempre es posible. Limitar o eliminar el consumo de azúcares y harinas refinadas, aumentar el consumo de verduras y realizar actividad física por lo menos 30 minutos al día son grandes formas de cuidarse.