México ha perdido la tercera parte de sus selvas y un cuarto de sus bosques en tan sólo 30 años

¿Este es el precio del progreso?

La pérdida de las zonas vírgenes de nuestro planeta es un asunto real y sus efectos se pueden percibir en México. Según el INEGI, en 1985, la vegetación intacta ocupaba el 60% del territorio mexicano; hoy, el número se ha reducido al 48%.

Este porcentaje se despliega en una disminución considerable en las selvas y bosques del país. En un rango de 30 años, la superficie de la selva ha caído en 30%, mientras que la extensión de los bosques se ha reducido en un 27%

¿A qué se debe? En gran medida, a los pastizales cultivados en los que se desarrollan las actividades agrícolas. Estos terrenos han sustituido a las selvas y bosques en diversas regiones del país.

Las localidades más afectadas según el INEGI son Tabasco, Veracruz y Sinaloa

Otros datos indican que la entidad de Tlaxcala es la que mayor uso de suelo dedica a la agricultura (con un 73%). Pero no todo es pérdida. Baja California Norte aún conserva el 95% de su vegetación primaria, compuesta principalmente por matorrales. 

Nada en este mundo es blanco y negro; como tal, el crecimiento urbano y la expansión de la agricultura no son en sí prácticas completamente negativas. Sin embargo, la conservación de los ecosistemas mexicanos, considerados de los más diversos del mundo, debe importarnos por varios motivos.

México cuenta con un gran número de especies endémicas de fauna y flora que no se encuentran en ningún otro sitio del planeta. La variedad de ecosistemas en nuestro país lo convierte en un espacio realmente único y, por ende, muy valioso. 

Además, las tierras vírgenes son un factor crucial en la mitigación del cambio climático.

La vegetación es fundamental para la captura de carbono, gas cuya acumulación contribuye al calentamiento global

La pérdida de las áreas naturales es dañina por donde se la vea, pero más si se piensa en las selvas tropicales, los bosques templados, las hectáreas de pastizales y matorrales que conforman la belleza de México. Es por ello que proteger los paraísos que todavía nos quedan debe ser una prioridad.



De la biodiversidad depende lo que comes (y de lo que comes depende la biodiversidad)

Una dialéctica de la naturaleza para comprender por qué es urgente defender la biodiversidad.

Todo esta interconectado: la vida se sustenta en los intercambios que día a día se realizan entre las 1,4 millones de especies vegetales y animales que poblamos la Tierra. Ya sea entre peces y aves, entre aves e insectos o entre insectos y flores… todos tenemos una relación de dependencia mutua, porque la naturaleza es un gran organismo vivo. Y eso es la biodiversidad.

De este delicado equilibrio depende una de las cuestiones clave de la vida:
la alimentación.

Mucho hemos oído hablar sobre la cadena trófica o cadena alimenticia, y normalmente la concebimos como un proceso que sucede en un ecosistema dado. No obstante, si pensamos a la naturaleza como un gran todo holístico, también podemos pensar que el planeta entero tiene su propia gran cadena trófica. Esta cadena vendría siendo la biodiversidad total de planeta, de la cual depende también nuestra alimentación. Así que también depende de ello nuestra cultura, pues mucho de ella se sustenta en la variedad alimenticia.

La biodiversidad es clave para la agricultura y la producción de alimentos.
Por lo tanto, también lo es para nuestra cultura.

Si de la biodiversidad depende nuestra alimentación, eso quiere decir que de nuestra alimentación también depende la biodiversidad. Sería muy arrogante pensar que nosotros estamos fuera de esta gran cadena trófica que une a todas las especies. No hay mejor ejemplo de ello que los cultivos de arroz. Porque los arrozales, según ha podido comprobar la FAO, son un microcosmos de vida. Ahí se han encontrado 700 especies de insectos y otros organismos.

Así que no somos sólo un mal para el planeta, siempre y cuando la agricultura como práctica no se entrometa con los ciclos de la naturaleza –algo que, lamentablemente, ocurre cada vez con más frecuencia–. Pero en la dialéctica que supone la biodiversidad, nosotros también somos necesarios. Si queremos conservar esta cadena trófica funcionando y seguir nutriéndonos como es necesario, defender la biodiversidad es un imperativo.

 

¿Qué está poniendo en riesgo a la biodiversidad?

El alto consumo de carne

Según la WWF, los cultivos para alimentar al ganado dañan el ecosistema. Esto ha ocasionado la extinción de más de 30 especies en el mundo. Es por ello que comer menos carne verdaderamente salva especies y ecosistemas. Por lo tanto, es una forma de proteger la biodiversidad y asegurar nuestra alimentación, que no debe basarse en la proteína animal.

 

La modificación genética

La tecnología genética pretende adueñarse de la naturaleza, e incluso de sus bases más profundas. Y por si eso no fuese suficiente motivo de indignación, hay que agregar que a dicho crimen, se suma el hecho de que los transgénicos son una sentencia de muerte para cientos de cultivos. Entre ellos las 64 razas de maíz que hay en México, ya que el maíz modificado es capaz de matar y sustituir a las especies nativas para siempre.

Por eso es muy importante evadir a toda costa los transgénicos. Comprar orgánico es la mejor forma de hacerlo, y de paso le estaremos haciendo un bien a nuestro organismo.

 

El uso desmedido de pesticidas químicos

La ONU ha sido tajante: los pesticidas son catastróficos para el ambiente, para la salud humana y para la sociedad. Los pesticidas sólo han provocado colapsos en miles de cultivos alrededor del mundo, ya que matan indiscriminadamente a toda la población de insectos en los cultivos, incluso a aquellos que son necesarios para la salud de las plantas y la tierra. Además, contaminan los ecosistemas más allá de las granjas, desestabilizándolos por completo.

 

La poca variación en lo que comemos

Según la FAO, sólo 14 especies de mamíferos y aves componen el 90% del suministro de alimentos de origen animal que consumen las personas. Y apenas cuatro especies –el trigo, el maíz, el arroz y las patatas– proporcionan la mitad de la energía que obtenemos de las plantas. Estas prácticas, al no promover la diversidad genética, pueden provocar colapsos ambientales a mediano plazo, algunos de los cuales ya se han dejado sentir.

Por eso es importante variar lo más posible nuestra propia dieta y, sobre todo, incluir insectos en ella. Entre otras cosas, los insectos son el alimento del futuro por ser de gran ayuda para conservar la biodiversidad.

Un planeta biodiverso es un planeta donde todos los seres vivos podemos alimentarnos dignamente.

 

* Imágenes: 1) BiodiversidadLA; 2) Madras Courier; 3) Neil Palmer



Conservación y desarrollo: la complejidad del problema de la Selva Lacandona

Una visión holística es necesaria para lograr un equilibrio entre el desarrollo de las comunidades locales y el estado de conservación de la Selva Lacandona.

* Por Ana Helena Garay Ysita

 

Los problemas socioambientales de la Selva Lacandona deben abordarse de una forma integral si se pretende que las comunidades locales continúen con su conservación. A partir del último tercio del siglo XX, la cobertura selvática de la Lacandona se ha reducido en un 70% debido principalmente a tres actividades: la agrícola, la ganadera y la maderera (Castillo, 2000). Actualmente, se ejerce demasiada presión sobre las comunidades indígenas y campesinas que habitan la región para que conserven la selva, mientras por otra parte, varios programas gubernamentales promueven las actividades agropecuarias. Lo cierto es que hace falta tener otras tantas consideraciones que quizá no se estén atendiendo si se busca llegar a un equilibrio entre el estado de conservación de los ecosistemas y el avance de las actividades que sustentan la vida de las comunidades.

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En este ensayo se argumenta la necesidad de una visión holística para lograr un equilibrio entre el desarrollo de las comunidades locales y el estado de conservación de la región Selva Lacandona, en un momento en el cual es crucial fomentar acciones de manejo y aprovechamiento adecuado de los recursos naturales en la región. Se sostiene que la situación de la Selva Lacandona debe ser entendida como un problema público, y por ello se analiza en qué situación se encuentran las comunidades locales y cuál es la repercusión en el estado de conservación de una de las regiones más importantes del país y de Mesoamérica.

Si se retoman las palabras de Arellano y Blanco (2013) se le puede atribuir la calidad de público a un problema que ha sido posicionado en la agenda gubernamental, porque ha requerido una argumentación que lo presente ante la opinión pública como una cuestión con implicaciones negativas que ameritan la atención y deben ser resueltas con ayuda del gobierno. Aguilar (1993) habla de los problemas públicos como aquellos problemas sintomáticos de problemas de mayor trascendencia y cuya complejidad aumenta en la medida que se profundiza la intervención estatal. Tal parece ser el caso de la Selva Lacandona. La pérdida de la selva debido a la deforestación y el cambio de uso de suelo representa un problema para quienes se benefician directamente de los recursos, pues los miembros de las comunidades requieren de la madera, de la pesca o el agua de los ríos para sus actividades cotidianas, pero también para quienes requieren de los servicios ecosistémicos que provee la región a nivel nacional, pues la selva sirve como reservorio de grandes volúmenes de carbono, contiene en su sistema hidrológico el 56% del agua del río Usumacinta, que junto con el Grijalva, forman la mayor cuenca hidrológica en México (Lazcano-Barrero, March y Vásquez-Sánchez, 1992). En el aspecto económico, también se ha reconocido la importancia que tiene la región como uno de los principales atractivos turísticos del estado de Chiapas, tanto por su vasta diversidad biológica como por su riqueza cultural.

Lo anterior ha llevado a distintas administraciones de los gobiernos, estatal y federal, a reafirmar su compromiso con las comunidades y la conservación de la selva. Sin embargo, en estos esfuerzos poco se han considerado los orígenes históricos del conflicto hoy existente en la región. A saber, desde finales del siglo XIX y principios del siglo XX, el ingreso de madereras transnacionales, el establecimiento de grupos ganaderos provenientes de Tabasco y el inicio de las labores de exploración para detectar yacimientos petrolíferos comenzaron a causar estragos en la selva (Eroza Solana, 2006; Fuentes y Soto, 1992). Los problemas originados no sólo fueron de índole ambiental, sino que después de los decretos presidenciales de la década de los 70, se otorgó derecho sobre la tierra a las subcomunidades lacandonas sin tomar en cuenta los otros asentamientos que ya se encontraban ahí, principalmente de los grupos indígenas choles y tzeltales. Los llamados asentamientos irregulares se reubicaron en los nuevos centros de población ejidal. En conjunto, de todo lo anterior se ha generado una escasa o nula cohesión social entre las comunidades de diferentes orígenes y por tanto, una dificultad sustantiva para la organización interna en la región.

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Desde su llegada a la zona, los habitantes de las comunidades se tuvieron que enfrentar a las condiciones más inhóspitas, desmontar, esperar la llegada de las carreteras, sobrevivir al paludismo. Empero, estas condiciones no han cambiado del todo para ellos, pues en la actualidad aún viven en condiciones de completa marginación, los caminos son poco accesibles y en su mayoría de terracería, lo que complica sus traslados para comerciar o recibir atención médica o educación. La luz y el agua potable llegaron hace menos de 2 décadas (Eroza Solana, 2006) y los programas gubernamentales que llegan son un paliativo para mejorar marginalmente sus condiciones de vida.

Distintos instrumentos de política se han implementado en la región con el objetivo de mejorar las condiciones de sus habitantes y promover la conservación de la selva a través de la deforestación evitada. De acuerdo con la Iniciativa de Reducción de Emisiones de la Región Lacandona (CONAFOR, 2016) existen dos tipos de políticas en la selva, cada una con sus respectivos instrumentos: en la primera entran los instrumentos de conservación de los ecosistemas y sus servicios ambientales, como las áreas naturales protegidas (ANP), el pago por servicios ambientales (PSA) y los instrumentos de manejo en donde incluso se habla del fomento del ecoturismo; en la segunda se encuentran los instrumentos que buscan mejorar los sistemas productivos y las políticas agropecuarias, como Proagro y Progan.

Si bien pudiera pensarse que los instrumentos señalados se complementan para abordar un mismo problema, hoy día para los habitantes de la selva las áreas protegidas representan una limitante para hacer uso de los recursos a los que antes tenían acceso, y de acuerdo con Tejeda-Cruz (2009), éstas se han decretado de forma unilateral por parte del gobierno mexicano con escasa o nula participación de las comunidades. El incentivo que reciben de PSA no resulta suficiente para cubrir sus necesidades y en muchas ocasiones deben retirar las tierras inscritas en el programa para volver a las actividades agrícolas. Por otra parte, el ecoturismo no es viable porque los caminos hacen difícil el acceso a la región, y entonces, las opciones más accesibles para ellos son recurrir a plantaciones de palma africana, ganadería extensiva o cultivos. En este sentido, es posible observar una falta de coherencia entre instrumentos de política que, como sugieren Cejudo y Michel (2016), posiblemente por separado cumplan su propósito, pero la falta de coherencia de instrumentos anula la posibilidad de resolver problemas públicos amplios.

A partir de lo anterior, se puede concluir que la labor que se delega sobre las comunidades locales para conservar la selva resulta en una encrucijada, pues se espera que sean ellos quienes conserven una de las regiones más importantes a nivel nacional (de modo que todos puedan beneficiarse con los servicios ecosistémicos que ofrece), pero no se consideran muchas otras presiones que se ejercen sobre ellas, como el hecho de que sus habitantes también necesitan buscar su propio desarrollo, tienen que ver primero por su propia subsistencia y que enfrentan problemas desde hace décadas que no han sabido ser resueltos, como la dificultad de acceso a los recursos y servicios básicos, y problemas para diversificar sus ingresos.

Referencias:
Aguilar, L. (1993). Estudio introductorio: La definición de los problemas públicos. En Problemas públicos y agenda de gobierno (pp. 51–71).

Arellano, D., y Blanco, F. (2013). Políticas Públicas y Democracia. México: Instituto Federal Electoral.
Castillo, A. (2000). “Asedio a Montes Azules. Historia de la verdadera destrucción de la Selva Lacandona”, Ojarasca. Suplemento mensual de La Jornada, Núm. 38, Distrito Federal, México, Desarrollo de Medios S.A. de C.V. (DEMOS), 12 de junio de 2000.
Cejudo, G. M., y Michel, C. L. (2016). Coherencia y políticas públicas: Metas, instrumentos y poblaciones objetivo. Gestión Y Política Pública, 25(1), 3–31.
CONAFOR. (2016). Iniciativa de Reducción de Emisiones (IRE): Programa de Inversión Región Lacandona, Chiapas.
Eroza Solana, E. (2006). Lacandones. Pueblos Indígenas Del México Contemporáneo. Comisión Nacional para el Desarrollo de los Pueblos Indígenas.
Fuentes Aguilar, L., y Soto Mora, C. (1992). Colonización y Deterioro de la Selva Lacandona. Revista Geografica, 116, 67–84.
Lazcano-Barrero, M. A., March, I. J., y Vásquez-Sánchez, M. A. (1992). Importancia y situación actual de la Selva Lacandona: Perspectivas para su conservación. En M. A. Vásquez-Sánchez y M. A. Ramos (eds.), Reserva de la Biosfera Montes Azules, Selva Lacandona: Investigación para su conservación. (pp. 393–437). Ecosfera.
Tejeda-Cruz, C. (2009). Conservación de la biodiversidad y comunidades locales: Conflictos en Áreas Naturales Protegidas de la Selva Lacandona, Chiapas, México. Canadian Journal of Latin American and Caribbean Studies, 34(68), 57–88.

México Sostenible
Autor: México Sostenible
Somos una organización de jóvenes comprometidos con la conservación de la riqueza natural y cultural del país. Integramos un equipo interdisciplinario capaz de analizar diferentes temas de la agenda ambiental, con el fin de generar acciones para fortalecer la capacidad de adaptación de las sociedades frente al cambio climático e incentivar su desarrollo sostenible.