* por: Jennifer Morales Uribe

 

Las emociones son parte inherente de las personas. Si bien en la actualidad las emociones han cobrado relevancia para algunos sectores como el empresarial, el educativo o el de salud, por el impacto que pueden tener en el desempeño y mejoramiento dentro de los mismos, este ámbito no se ha desarrollado de igual manera para otras áreas, como es el caso de la educación ambiental.

En las empresas, el buen manejo de las emociones ha resultado en mejoras en el desempeño de las y los trabajadores, de modo que podríamos aventurarnos a afirmar que ante una mejor experiencia emocional, hay un mejor rendimiento y desempeño de las funciones de cada elemento de la empresa. Si, por el contrario, la experiencia emocional es negativa, su labor se verá afectada de manera adversa.

Si aplicamos esta fórmula a otros escenarios, los resultados son similares. Por ejemplo, si en un hospital las y los pacientes tienen una grata experiencia motivada por emociones positivas, sus síntomas pueden mejorar y esto a su vez, puede verse reflejado en su capacidad de recuperación. De igual forma, en la escuela, el estudiantado construye su conocimiento de mejor manera cuando experimenta emociones positivas como alegría, interés u orgullo, que cuando se encuentra en situaciones de estrés y ansiedad.

Ahora, en la educación ambiental, pocas personas se han aventurado a explorar las emociones y cómo se relacionan con los diversos problemas ambientales a los que nos estamos enfrentando. Las emociones han sido relegadas puesto que se cree que a la gente le hace falta información, bajo la premisa de que el desconocimiento es la causa de los comportamientos y prácticas poco favorables hacia el ambiente. De modo que la tendencia de la educación ambiental se ha enfocado, principalmente, en instruir a las personas y difundir información para corregir aquello que atenta contra la naturaleza, en lugar de conocer qué es lo que sienten las personas con respecto a su entorno o cómo es que se relacionan con el mismo.

Tan importante es entender lo que saben y lo que no saben las personas como comprender lo que sienten. Por eso, antes de diseñar cursos y estrategias para mejorar las prácticas educativas respecto al ambiente, sería conveniente conocer lo que las personas creen y sienten, y lo que les interesa respecto a su entorno. Las emociones tienen todo que ver en esto. La información y la técnica son de suma importancia para el mejoramiento de nuestro medio. Sin embargo, ahondar en nuestras formas de relacionarnos con el mundo es igualmente importante, no para cambiar el mundo sino para cambiar y mejorar en conjunto como especie.