“Mamá, ¿hoy quién viene a la casa?”. La pregunta de mi hijo de 3 años se repite casi todos los días desde que se decretó la pandemia en marzo y dejó de ir a la escuela. La búsqueda de una visita o al menos una novedad que sacuda su nueva cotidianidad, para no decir “normalidad”, se convirtió en una premisa que trato de cumplir todos los días. 

Porque lo entiendo: a pesar de que tengo 40 años más que él, necesito también de pequeñas sorpresas que alteren este tiempo que por un lado parece suspendido pero que, por el otro, no entiende de recibos y tarjetas de crédito por vencer y que hay que pagar. Y trabajar para lograrlo. 

No; en mi caso, y como constaté con otras madres, la pandemia no me hizo políglota, ni me permitió darme atracones de series en Netflix, ni leer uno solo de los libros que se amontonan en mi mesa de noche. Durante un tiempo logré hacer mis clases de yoga en línea y me sentí poderosa al lograrlo… Luego, ya no pude continuar.

En cambio, llego a septiembre cansada, con pocas horas de sueño y poca ayuda. Los cuatro abuelos viven en Sudamérica y, mayores de 70, están confinados. Muchos amigos y amigas están guardados en la CDMX. Cada tanto, viene una amiga, con cubrebocas y su perro Elvis, para distraer a mi niño. 

soledad-por que es buena sabiduria-sentirse solo-depresion

 

Maternidad en tiempos de covid-19 

Gente de su tamaño no hay… a pesar de que por WhatsApp invité varias veces a las mamás de sus compañeros de guardería. Que si tomamos recaudos, tal vez podamos hacer una “playdate”, me vi escribiendo, teniendo cuidado de usar esta palabra fresa que parece caer bien en este grupo, cada vez que hijo me pedía “ver gente”. Hubo muchas respuestas amables -algunas ofrecieron un Zoom- pero sólo una aceptó traer a su nene a casa. Y así fueron pasando casi 6 meses, que se estiraron como chicle. 

Hubo -hay- infinitas tardes de pasteles, rompecabezas y acuarelas, que debo compaginar con videollamadas, artículos y correos varios. Nerviosa, espero que mi hijo se duerma para avanzar con el trabajo que se acumula. Indefectiblemente se enoja cuando respondo mensajes, con disimulo, durante sus momentos de juego. “Quiero jugar contigo”, se queja en voz baja, buscando quitarme el teléfono. Como si un amante secreto me escribiera, me sorprendo escondida en el baño mandando notas de voz a mi jefe explicando las métricas de un reporte y programando juntas. 

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“Mamá, estás seria”, me dice mi niño cuando me ve haciendo estos malabarismos imposibles. Aunque lucho por dulcificar mis gestos, mi cara debe traslucir esta desesperación por querer cumplir con mis labores de madre y el trabajo, que escasea y a la vez parece multiplicarse como pan bíblico. “Necesita atención”, me dice el pediatra, de origen chino y diplomado en la UNAM. 

De la consulta médica, vuelvo a casa arrastrando los pies. Antes compramos pan dulce y lo devoramos mirando Patrulla de cachorros. Mi hijo se queda dormido y antes de abrir la laptop, repaso mentalmente cuánto tiempo pasé hoy con él sin revisar el correo. ¿Cuánto tiempo será suficiente? ¿Cuánta atención lo será? Y ya que estamos con números, ¿cuántas promesas le hice hoy?

“Cuando termine la pandemia“, “cuando me depositen”, “cuando seas grande”, “cuando nos visiten Edu y Abu”, “cuando venga papá”, “cuando abra la escuela”, “cuando podamos viajar”… 

Tarda en llegar y al final, 

al final hay recompensa, 

cantaba Cerati en “Zona de promesas”… Respiro y empiezo a atacar los pendientes. 

Estamos vivos. Y sanos. 

Que no es poco…

 

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