Las mascotas son adorables, y por eso muchos las amamos. En la mayoría de los casos no se trata de una búsqueda desesperada por afecto, ni de una suerte de suplencia. Lo que nos une a nuestras mascotas es un lazo antiguo que el ser humano ha formado con los animales desde hace milenios, a partir de necesidades variadas que incluyen el gozo que trae pasar el tiempo con un animal de compañía.

7 de cada 10 hogares en México tienen una mascota.

Esta es una relación de mutuo respecto y cariño que incluso podría ser crucial en términos evolutivos, y por eso algunos la definen como espontánea e instintiva en el ser humano. Se ha comprobado que las mascotas estimulan la salud psíquica, pues nos ayudan a lidiar con la ansiedad y liberan nuestra mente. Esta es la razón que, según algunos científicos, podría estar detrás de la fascinación que algunos sentimos por la mascotas.

 

Pero, ¿por qué algunos aman a las mascotas y otros no?

A muchas personas les gustan los perros, pero no los gatos. A otros al revés. Y a muchos más les da completamente igual cualquier animal de compañía, e incluso generan aversión por ellos. ¿Por qué?

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Según algunas investigaciones recientes, esto podría tener que ver con factores externos, pero también con bases genéticas. En un estudio se analizaron los genes de más de 1,000 gemelos (monocigóticos) y mellizos (dicigóticos) de edad media, los cuales son ideales para analizar diferencias meramente genéticas en personas que han tenido más o menos las mismas experiencias. Los resultados arrojaron que los gemelos monocigóticos tenían mucha más preferencia por jugar con mascotas que los mellizos dicigóticos, ante lo cual quedaría indagar qué genes están detrás de esta diferencia.

No obstante, según este estudio los factores genéticos tienen que ver un 37% con esta preferencia, mientras que los factores externos, como puede ser la exposición a las mascotas en la infancia, parecen tener un peso aún más decisivo en el amor o la repelencia a las mascotas.

Pero hay otro factor: algunas investigaciones recientes también han probado que el amor a los animales es directamente proporcional al amor a la naturaleza. Bueno, quizá no es algo tan matemáticamente exacto. Sin embargo, la tendencia más común es que quien ama a los animales tenga a priori un lazo más fuerte de lo común con el mundo natural. Tal persona no se es indiferente a los problemas ambientales ni siente interés sólo por las mascotas, sino también por los animales salvajes.

Esto podría ser señal de algo crucial y primigenio: detrás del amor que algunos –nos atreveríamos a pensar que la mayoría– sentimos por las mascotas, hay un aferrarse a nuestras raíces naturales. Esto demuestra una vez más el papel evolutivo de las mascotas en la vida, pero también que quienes sí las amamos tenemos mucho que enseñarle a quienes no las aman o son indiferentes a ellas.

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Porque admitámoslo: la mayoría de las veces, los argumentos antimascota son muy malos. Tienen que ver con temor a las enfermedades, a la “suciedad”, o a que el animal sea agresivo. Incluso hay quienes arguyen que sí les gustan las mascotas, pero que no las tienen porque es nocivo para el propio animal. Y en parte, tienen razón. Pero lo que no entienden es que esta relación es social e histórica, y no terminará por decreto ni sólo porque algunos se abstengan de tener mascotas.

Una forma de evolucionar como individuos y como sociedad es incentivar el amor por las mascotas y repudiar su maltrato. Además de ayudarnos conservar nuestras raíces naturales, es una manera como podemos consolidar los afectos en estos tiempos de aislamientos digitales y encierros de concreto.

Así que ve pensando tus argumentos para usar contra el próximo hater de mascotas que te encuentres.