Alterar la identidad: ¿por qué nos enmascaramos para interactuar?

En Japón los jóvenes usan cubrebocas para ocultarse, al mismo tiempo que evitan toda relación sexual. Una reflexión para entender lo que quizá es inentendible.

Nos ponemos una máscara diferente cada día: usurpamos atributos, reemplazamos defectos por virtudes, y mentimos deliberadamente para aparentar ser lo que no somos. Pero en esta perpetua alteridad identitaria, en esta fuga de nosotros mismos, terminamos siendo nadie. Nos despersonalizamos.

mascaras-por-que-jovenes-usan-mascarillas-cubrebocas-japon

En lugares como Japón, usar una máscara se ha convertido en el sosiego de saber que no existen imperativos sociales de ningún tipo. Pasar desapercibido es posible, diluyéndose en la colectividad. Esa es la razón por la cual algunos jóvenes usan cubrebocas: no sólo para protegerse de las enfermedades o del aire contaminado sino porque así, dicen ellos mismos, se sienten más cómodos al interactuar.

Esta despersonalización implica no tener que preocuparse por ser alguien o algo; pero no es, en definitiva, un ejercicio contra el egoísmo. Expresa, más bien, un desinterés por el ser propio y  ajeno. Ya nadie importa. Afirmarse en el mundo a través de uno mismo o de los demás ha dejado de ser una necesidad y se ha convertido, más bien, en algo contra lo cual enmascararse. Así los jóvenes japoneses sobrellevan la ansiedad y el miedo, que también han evolucionado en nuestra sociedad.

 

Las máscaras en Japón y la asexualidad

Ancestralmente las máscaras simbolizaron en Japón la riqueza de la expresión humana, y fueron usadas tanto para el teatro y la danza como para la ritualidad. Después se convirtieron en parte intrínseca de la cultura, todavía con un característico halo de sacralidad; quien usaba una máscara tenía una conexión mística con ésta, y cada una portaba los espíritus de aquel a quien pertenecía como de aquel que la había fabricado.

mascaras-por-que-jovenes-usan-mascarillas-cubrebocas-japon

Pero el objeto no dominaba al hombre. La humanidad –y los japoneses– se las arreglaron todo este tiempo para no perder su identidad pese a las máscaras y la teatralidad. Porque éstas constituían una fantasía materializada: la posibilidad de ser lo que no se es durante un pequeño lapso, de realizar una especie de prestidigitación identitaria. Nunca fueron, por lo demás, un sustituto de la identidad, sino acaso una forma de transformarla.

Porque en aquel entonces, cada persona ocupaba un lugar bien definido en el mundo: por ejemplo, uno nacía esclavo y permanecía esclavo toda su vida, aunque consiguiera la libertad. Era una cuestión trascendente, hereditaria si se quiere, sobre la cual reposaba un consenso social implícito.

Pero en el Japón contemporáneo, las máscaras no son tanto muestra de la expresión humana o de la fantasía.

Simbolizan, más bien, la represión autoinfligida del deseo, en el marco de la epidemia de asexualidad.

Porque, curiosamente, este fenómeno en Japón empata con otro: el del síndrome del celibato. Algunos jóvenes japoneses no están interesados en mantener relaciones amorosas ni sexuales, ya sea porque están cansados –sobreexplotados–, o muy preocupados procurándose a ellos mismos. Se ha extendido así una suerte de “pandemia de asexualidad”.

 

El enmascaramiento, ¿un síntoma de época?

La sexualidad, como reflexionara Michel Foucault, forma parte de nuestra libertad en este mundo. Es el lugar donde decantan nuestros deseos, donde éstos estallan en la posibilidad de salir del encierro de nuestra psique y volverse –otra vez en palabras de Foucault– una fuerza creativa. Así que el uso de máscaras en Japón, y la despersonalización que implica, sólo afirma una cosa: el celibato. Y ello sólo refleja un deseo: el de mantenerlo indefinidamente.

En Japón los jóvenes usan cubrebocas para ocultarse. Al mismo tiempo evitan toda relación sexual. ¿Es acaso un síntoma de nuestra época?

Las máscaras están deshumanizándonos y aniquilando toda posibilidad de deseo. Nos alejan del placer que es ser lo que somos, pero sobre todo, están negando la posibilidad de aceptar lo que los otros son. Los japoneses han llevado esto al límite, pero en realidad todos portamos máscaras: cada emoción es una máscara en potencia. En ese sentido, podemos escondernos en la violencia si somos inseguros o en el enojo si estamos frustrados.

Quizá las máscaras y el acto de enmascararse sean inherentes a nuestro estar en el mundo. La condición humana es un devenir perpetuo en el cual la psique cambia, y con ella también nuestros disfraces. El problema está en que las máscaras nos están dominando: un día ya no habrá rostros, sino sólo máscaras. Y eso nunca habría podido suceder en una época que no fuera la nuestra.

mascaras-por-que-jovenes-usan-mascarillas-cubrebocas-japon

Acabaremos con la máscara pegada al rostro. Cuando la arranquemos y nos veamos en el espejo, veremos que estamos desfigurados.

Creyeron que yo era el que no era, no los desmentí y me perdí.
Cuando quise arrancarme la máscara,
la tenía pegada a la cara.
Cuando la arranqué y me vi en el espejo,
estaba desfigurado.
–Álvaro de Campos (Fernando Pessoa)

Sandra Vanina Greenham Celis
Autor: Sandra Vanina Greenham Celis
Colaboradora del proyecto político Colectivo Ratio. Le gusta potenciar la depresión en su psique consumiendo productos culturales de las postrimerías del siglo XX. Cree teleologicamente en el arribo de la humanidad al comunismo.


El axolote (un animal casi fantástico con el que tal vez te identificarás)

El axolote es un ser de características muy particulares con el que seguro podrás identificarte.

El axolote es un ser simplemente maravilloso. Navega en la frontera entre la biología y la fantasía, y sin duda ocupa un lugar muy especial en el imaginario mexicano. Quizá su característica más impactante es que los axolotes son jóvenes por siempre. A diferencia de otros anfibios, estos misteriosos seres jamás completan el proceso de adultez y, en cambio, retienen sus características originales desde el nacimiento.

¿Qué más? Pues desarrollan pulmones sin perder sus branquias, y presumen un cuerpo híbrido que vive entre el agua y la tierra. En pocas palabras, son una curiosa excepción a las reglas de la naturaleza.

Hay algo en los axolotes que se conecta con la experiencia humana. Casi nadie pasa limpiamente de la juventud a la adultez. El proceso de crecer es mucho más complejo: hay obstáculos y caminos que te llevan a lugares a los que nunca creíste llegar. Esta historia de crecimiento, con la que seguro puedes identificarte, se retrata en Chicuarotes, la nueva película dirigida por Gael García Bernal que se estrena en cines el 27 de junio.

Los protagonistas son dos chicos que, como los axolotes, viven entre dos realidades: la de su pueblo, San Gregorio Atlapulco, en Xochimilco, y aquello que está afuera. Ellos también sueñan con una metamorfosis a pesar de las dificultades propias de su realidad. Conoce más datos extraños sobre los axolotes: mira lo similares que son a estos dos Chicuarotes y, de paso, a cualquiera de nosotros. A fin de cuentas el axolote es, también, un precioso espejo de los mexicanos.

infografia-cinepolis-chicuarotes-2



Viktor Frankl: el psicólogo que recetaba un poco de “sentido de la vida” a sus pacientes

Parece simple, pero esta podría ser la mejor medicina contra los trastornos psíquicos contemporáneos.

Los tiempos que corren son tiempos de psiques aturdidas y espíritus cansados. Faltaba más: cada día, las noticias nos recuerdan que el mundo como lo conocemos hasta ahora está colapsando, mientras que nuestras experiencias cotidianas parecen querer convencernos de que nuestra vida no tiene sentido. Esto nos conduce a la ansiedad y a la depresión, trastornos que son ya epidémicos pero siguen siendo muy poco comprendidos.

No obstante, y aunque decenas de filósofos y pensadores han asumido que la vida carece de razón alguna, lo cierto es que hay quienes se resisten a pensar que así sea. Quizá el mejor exponente de un pensamiento positivo –más no ingenuo–, y que diverge con mucho de la escuela moderna, sea el de Viktor Frankl.

Este psicólogo vienés, sobreviviente del holocausto, tenía razones para pensar que cada vida tiene un porqué. Lo creía tan firmemente que todo su método terapéutico se basaba en convencer a los pacientes de ello, por lo cual les recetaba un poco de “sentido de vida”. La logoterapia se basa en la “voluntad de sentido” como principal motor de la experiencia humana, por encima de la “voluntad de placer” en la que creía Freud. Suena simple, pero el método terapéutico de Frankl se basaba en las reflexiones que tanto su profesión, como sus experiencias en los campos de concentración, le habían proveído.

El sentido de recetar “sentido de la vida”

viktor-frankl-sentido-vida-terapia-ansiedad-depresion-frases

Para Frankl, el sentido de la vida provenía de tres fuentes primordiales: el trabajo significativo, el amor y el coraje. Tanto el trabajo como el amor debían basarse en disfrutar de la experiencia sin pensar en obtener felicidad, mientras que el coraje es un rasgo de la personalidad que debe fortalecerse para asumir los golpes de la vida. Porque para este psicólogo, una queja al estilo de “por qué me pasa esto a mi” no era valida, ya que a todos nos determinan cosas como lo son la naturaleza o la sociedad. Esto no significa que todos estemos en igualdad de condiciones, pero sí que, en última instancia, todos pasamos por momentos que parecerían “injustos” o “demasiado malos”.

Si todos estamos conformados por condiciones externas a nosotros mismos, no podemos pensar que específicamente nuestra vida es la que carece de sentido. Por eso, Frankl centró parte de su análisis en lo que significa la libertad. Y sin duda, lo que reflexionó al respecto en su libro El hombre en busca de sentido parece la mejor medicina contra los trastornos psíquicos contemporáneos.

Pero ¿qué pasa con la libertad humana? ¿No hay libertad espiritual con respecto al comportamiento y las reacciones a un entorno dado? [… ] ¿No tiene el hombre opción de acción ante tales circunstancias?

Podemos responder a estas preguntas desde la experiencia, así como desde los principios. Las experiencias de la vida en los campamentos muestran que el hombre tiene una opción de acción. … El hombre puede preservar un vestigio de libertad espiritual, de independencia mental, incluso en condiciones tan terribles de estrés psíquico y físico.

[…] Todo puede ser tomado del hombre, excepto una cosa: la última de las libertades humanas. Elegir la propia actitud que se tomará en todo conjunto de circunstancias, es decir, elegir el camino propio.

Hay que asumir el sufrimiento 

viktor-frankl-sentido-vida-terapia-ansiedad-depresion-frases-5

Para Frankl, cada momento es un momento en el que podemos decidir dejar a nuestros demonios. Porque son nuestros, y no del entorno exterior. Sea como sea nuestra realidad en un momento dado, a nosotros nos toca mantener a raya a nuestros demonios. Y es que estos, por cierto, pueden aparecer hasta en los buenos momentos. Así que aprender a lidiar con la depresión, la ansiedad, el estrés o los comportamientos compulsivos es algo que sólo podemos lograr plenamente aprendiendo a cultivar el coraje, y no buscando la felicidad en todos lados, sino viviendo plenamente cada experiencia.

En ese sentido, el sufrimiento no es sino un elemento con el que hay que aprender a vivir. Porque, de hecho, para Frankl el sufrimiento podría tener significado en sí mismo, y quizá ser uno de los componentes fundamentales del propio sentido de la vida. Algo parecido a lo que enseñaban algunos monjes zen, con respecto a cómo lidiar con los pensamientos obsesivos.

Si hay un significado en la vida, entonces debe haber un significado en el sufrimiento. El sufrimiento es una parte ineludible de la vida, incluso como el destino y la muerte. Sin sufrimiento y muerte la vida humana no puede ser completa.

Así que la felicidad no lo es todo cuando se trata de encontrar sentido a la vida. Una vez que entendemos esto, podemos entablar un diálogo con nuestros demonios y aprender a convivir con ellos y con las malas experiencias.

*Imágenes: 1) CC edición Ecoosfera; 2 y 3) Maya Beano