Las revoluciones sociales, por lo menos desde la francesa de 1789, han disputado al statu quo una cuestión elemental: los derechos individuales. Primero los del hombre, casi a la par que los de la mujer –aunque éstos tuvieron que ser peleados por separado–. Pero no fue sino hasta principios del siglo XX que surgieron los derechos universales y colectivos, que son la figura donde se podrían insertar los derechos de la naturaleza, los cuales es urgente decretar.

Y es que, si por naturaleza somos iguales entre seres humanos…

¿Por qué la naturaleza no es igual a nosotros?

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Pensando en esto, un grupo de científicos de diversas universidades publicó un portentoso manifiesto en la revista Science titulado A rights revolution for nature. Ahí, estos expertos apelan a una revolución por los derechos de la naturaleza, recordándonos que los derechos no se piden, sino que se conquistan. Porque, ¿cuándo ha sido de otra forma?

En su manifiesto puede leerse:

La destrucción de la naturaleza es un error moral que debe ser detenido.

Por supuesto –y ellos mismos lo dicen–, a dicha aseveración subyacen bases éticas y filosóficas, pero no científicas en el sentido estricto. No obstante, en una época donde no necesitamos tantas certezas científicas como sí una nueva conciencia, parece que abogar por los derechos de la naturaleza es lo mejor que podemos hacer. Además, la evidencia científica respecto a la destrucción de la naturaleza ya está ahí, y la realidad la ha venido a comprobar aparatosamente.

Lo que necesitamos ahora es apelar a un cambio desde otras prácticas.
Una de ellas es la de la moral.

Es urgente una nueva moral, individual y colectiva, que nos lleve a relacionarnos de otras maneras con la naturaleza y con los otros. Asimismo, la lucha por nuestra supervivencia y evolución requiere de que saquemos a la empatía del baúl de los recuerdos, utilizándola como la han venido utilizando los jóvenes activistas que se han manifestado contra el cambio climático. Ellos nos han enseñado que se acabó la época de los discursos y que, para convencer a otros de hacer algo, necesitamos apelar a las emociones, y no sólo a la razón.

Así que la propuesta de estos científicos es, más que sugerente, completamente coherente y necesaria. La naturaleza reclama sus derechos, y más vale que se le otorguen pronto en todo el mundo –ya que, hasta ahora, sólo un puñado de países lo han hecho, entre ellos Bolivia y Ecuador–. Afortunadamente, este manifiesto cuenta con sólidos argumentos que seguramente se volverán un arma poderosa para que, juntos, podamos conquistar los derechos de la naturaleza.

 

* Imágenes: 1) Nat Geo; 2) Afloral