El ser humano ha observado el cosmos durante siglos. Los curiosos astrónomos de antes contaban con pocas herramientas para descubrir el universo, pero aún así hicieron grandes avistamientos. Hoy la tecnología nos abre las puertas de un espacio inconmensurable y es posible que, entre tantos cuerpos celestes, se haya encontrado a la segunda luna de la Tierra.

Después de mirar durante más de 50 años las estrellas, los científicos han confirmado la existencia de dos lunas o seudosatélites alrededor de la Tierra. La luna que conocemos es enorme, de un color grisáceo y emite un brillo excepcional.

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Esta nueva “luna” es distinta; incluso, no es un cuerpo con una estructura definida. La “luna” está constituida de nubes de polvo conocidas como nubes de Kordylewski. Estas nubes fueron observadas por primera vez en 1961, situadas en los puntos de Lagrange en la órbita de la Tierra. Estos puntos son lugares donde la gravedad se mantiene, tal como la Tierra con el sol o la luna con la Tierra. Las nubes forman exactamente un triángulo, son enormes y ocupan un área de unos 76 kilómetros.

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Explorando la segunda luna de la Tierra

La segunda “luna” o nube descansa a unos 402,336 kilómetros de la Tierra. Se compone principalmente de motas de polvo que reflejan débilmente la luz del sol. Se estima que estos restos de polvo cósmico son antiguos y difícil de detectar.

Una de las autoras del estudio en el que se analizó esto, Judit Slíz-Balogh, explica que “las nubes de Kordylewski son dos de los objetos más difíciles de encontrar, y aunque están relativamente cerca de la Tierra, los investigadores en gran parte las pasan por alto”.

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Es realmente intrigante descubrir que la Tierra tiene otra “luna”, tal vez no idéntica al magnífico satélite que rodea a nuestro planeta, pero igual de maravillosa. Estas nubes en órbita son posiblemente vecinos temporales, pero no lo sabemos con certeza. Hasta ahora, llevan 59 años abrazando al globo azul. No es posible observarlas desde la superficie terrestre a simple vista debido a la ligereza de su composición. Pero aun así, su presencia se ha confirmado, y el hallazgo implica que tanto la Tierra como la luna no están solas.

 

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