Matar una lengua es matar una comunidad (y ahora mismo hay más de 2,000 lenguas en peligro)

La extinción de una lengua es un genocidio semántico cultural que debemos evitar.

A través del lenguaje es que devenimos seres humanos. Pero es a través específicamente de las lenguas que no sólo podemos expresar lo que nuestra psique aprehende del mundo y conducirnos más allá de las intuiciones, sino que devenimos seres humanos comunitarios. La diferencia es radical.

Todas las especies generan sistemas de lenguaje, ya sea por el tono o la intensidad de un sonido, por una forma de mover el cuerpo o hasta por códigos genéticos, como las plantas­. Pero el ser humano ha creado reglas y convenciones para expresar la infinita complejidad del mundo desde la perspectiva de la condición humana. Somos quizá la única especie cuyos lenguajes pueden ocasionar las peores catástrofes: tan sólo cambiar una palabra o traducirla incorrectamente puede desatar guerras.

Por eso, en cierto sentido, las lenguas moldean el mundo. Tan es así que no sólo una lengua muere cuando entra en desuso, sino que con ella mueren las comunidades originarias que cesan de usarla: se transforman, dejan de ser lo que son, abandonan las tradiciones cuyo guardián era su lengua. En síntesis: sucumben. Y eso está pasando ahora mismo en todo el mundo.

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Lenguas en peligro

Las 2,464 lenguas que según la UNESCO están en riesgo ahora mismo se llevarán con ellas, en caso de morir, un patrimonio inmaterial al que sólo se puede acceder en tanto las lenguas vivan y sigan comunicando las dinámicas internas, peculiares y originales de cada comunidad del mundo. Por eso, la extinción de una lengua es verdaderamente un genocidio semántico cultural.

De estas lenguas en peligro, 592 son las más vulnerables, pues aún se enseñan pero no se usan demasiado (como el náhuatl en México). El resto de las 2,464 lenguas no sólo están en peligro, sino a punto de la extinción. Esto, visto más allá de la lingüística, es una tragedia humana contra la que se debería luchar desde el flanco de los derechos indígenas, especialmente el derecho a la autodeterminación de los pueblos, inscrito en la Asamblea General de la ONU.

Algunos lingüistas, como András Kornai, han aportado también otros elementos a la discusión sobre las lenguas en peligro. Según Kornai, existe una suerte de “muerte digital de los idiomas”, pues las plataformas digitales están homogenizando el lenguaje que usamos para comunicarnos cotidianamente (pues hay que recordar que son plataformas globales).

Idiomas como el inglés, el español, el japonés, el árabe, el portugués y el chino son los que se están imponiendo como lenguajes universales, con su inevitable revés que es la paulatina desaparición de otras lenguas. Pero como dice el propio Kornai, una lengua no muere del todo hasta que muere su último habitante.

Así que aún hay esperanza: tenemos que focalizar el uso de las tecnologías (por ejemplo, con apps que nos ayuden a aprender lenguas pequeñas), haciendo lingüísticamente incluyentes los portales digitales, y concientizando sobre esta situación a todos aquellos a quienes podamos llegar.

Sólo de esta forma podremos salvar a las lenguas en peligro y a todo el patrimonio que representan.

 

* Imágenes: 1) Abhijit Varde; 2) La viajera; 3) AFP/Getty



Espiritualizar el Universo (de cosmovisiones y seres antropocósmicos)

Una reconciliación entre lo cósmico y lo humano es el germen teórico y científico que podría alentar nuestra evolución.

El cosmos ha sido siempre nuestro lugar favorito de contemplación, y ha suscitado las más portentosas reflexiones filosóficas. En la bóveda celeste se condensan también todo tipo de creencias místicas, sagradas, religiosas y espirituales, que comparten su realidad con la ciencia y las leyes de la física.

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Pero, ¿debemos concebir el cosmos como si fuese un dios?
¿O como si fuese lo que nos dio origen?

Quizá sí, porque aquello de que somos polvo de estrellas es más que una metáfora: podría ser que casi la mitad de los átomos que componen nuestro cuerpo provengan de galaxias más allá de la que habitamos. Y es que las primeras estrellas y, por tanto, los primeros átomos, nacieron cuando se formó toda la materia en el Universo, así como la energía que los transformó eventualmente en planetas y creó la vida en ellos.

Esto, que ahora lo explica la astronomía moderna, era lo que tenía su explicación esencialmente en los mitos de las cosmogonías antiguas: las narraciones centradas en los orígenes del Universo, como el Popol Vuh de los mayas, que buscaba la génesis de lo humano en el campo de fuerzas estelares. Pero además de las cosmogonías, las culturas mesoamericanas también sabían cómo hacerse a ellas mismas parte del relato universal.  Por eso tenían una cosmovisión.

¿Qué es la cosmovisión?

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Las cosmovisiones, como las cosmogonías, forman en conjunto lo que el pensamiento humano ha sido capaz de filosofar y crear hasta ahora. Una cosmovisión es una “concepción del mundo”, con historia y tradición, que se reactualiza cada tanto pero a su vez mantiene cierta continuidad. En ese sentido, las cosmovisiones no pertenecen sólo a las concepciones de las culturas mesoamericanas u originarias: en realidad, “cosmovisión” es un concepto alemán (Weltanschauung).

Pero curiosamente no hay concepción del mundo que merezca más ser llamada cosmovisión que la de las culturas mesoamericanas. Sus habitantes compartían muchos principios, pero también eran fundamentalmente diversos. Su mayor fortaleza era estar conscientes de ello y no escindir lo humano de lo cósmico, lo orgánico y lo místico. Algo que puede constatarse en la actualidad, en las comunidades indígenas contemporáneas.

Porque según el historiador Alfredo López Austin, los procesos míticos mesoamericanos se expresaban como “pasiones humanas”. No había una tajante división entre el tiempo-espacio “mítico” o divino, y el tiempo-espacio “mundano” o humano. Ahí lo “divino” no podía ser escindido de lo humano, porque nada podía  ser concebido más que por las pasiones humanas que permiten experimentar el mundo. La conciencia sobre este hecho pareciera haber sido mucho mayor en el mundo mesoamericano que en cualquier otro.

¿Tenemos nosotros una cosmovisión?

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Los científicos contemporáneos están comenzando a comprender que ellos, y la humanidad en su conjunto, necesitan volver a sus raíces: hace falta una concepción del mundo que parta de nosotros (en plural). No lo requerimos por una suerte de impulso antropocéntrico o egocéntrico, sino antropocósmico. Porque los seres humanos somos la mediación y la finalidad de todo lo que para nosotros mismos existe, pero a su vez debemos ser conscientes de que estamos en correlación con el cosmos y con sus otros habitantes.

Tal cosa sería como el humanismo que necesitamos en estos tiempos convulsos. Y no por nada la ciencia se está dando cuenta de ello. La astrónoma de la NASA Michelle Thaller ha sintetizado este nuevo paradigma científico de una manera preciosa:

Nuestras mentes, nuestra percepción de lo bello, nuestra noción de las matemáticas y cómo las cosas encajan, funcionan muy bien con las leyes físicas del universo. Pero eso no es una coincidencia: porque evolucionaron adentro del universo.

Así, nuestras mentes se hicieron conscientes con estas leyes físicas y estas condiciones. Por lo que creo que podemos aprender más del gran Universo estudiándonos a nosotros mismos.

Esta inédita reconciliación entre lo cósmico y lo humano es el germen teórico y científico que podría alentar nuestra evolución. Porque más que una marcha forzada a un mundo heterogéneo, es una forma de alimentar la unidad de la diversidad –lo individual y lo colectivo– desde aquello más general: la humanidad, por un lado, y el cosmos, por otro. 

Por eso necesitamos una concepción que nos permita ser seres antropocósmicos: transitar el tiempo presente y pensar a futuro sin escindirnos del cosmos ni de la naturaleza. Algo así como una cosmovisión contemporánea.

 

 

*Imágenes: 1, 3 y 4) Philipp Igumnov; 2) Edición Ecoosfera

 



Lenguaje silbado: la comunicación en las montañas que está en riesgo de desaparecer

En todo el mundo, cientos de comunidades lidian con las distancias comunicándose como los pájaros. Ahora lidian con la posibilidad de que su lenguaje desaparezca para siempre.

La historia de la humanidad ha sido la historia de sus diálogos y sus lenguajes. Pero no todos los lenguajes están constituidos por palabras: algunos hacen uso de otras facultades físicas y por supuesto de otros sentidos. Es el caso del lenguaje silbado.

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Esta forma de comunicarse en las montañas existe en culturas de todo el mundo: desde América hasta Europa, Asia y África. En todos los continentes existen comunidades que han adoptado esta forma de comunicarse por las condiciones en las que viven —en regiones montañosas, entre nubes y grandes planicies, muy alejados como para ser escuchados con un grito—. El lenguaje silbado es una manera por demás melódica de traspasar las fronteras espaciales, incluso a una distancia de 5 kilómetros. Está basado en los tonos de la lengua hablada, y quienes se comunican de esta manera han podido distinguir las frecuencias así como la intencionalidad de la tonalidad de cada silbido.

De esta forma, el lenguaje silbado ayuda a expresarse, a intercambiar información o a transmitir una emoción. No es, ni mucho menos, un lenguaje sencillo, ni debiera ser visto como extravagante folklor. Surgió en realidad de una necesidad, como todos los lenguajes del mundo, y al igual que la lengua hablada condensa las costumbres y tradiciones de las comunidades que lo practican.

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Desgraciadamente, muchas comunidades están viendo al lenguaje silbado desaparecer, debido a la tecnología y al desinterés de los jóvenes por mantener un método de comunicación que les parece arcaico e inútil. Recientemente, el lenguaje silbado de las montañas del norte de Turquía, reconocido como un precioso silbido parecido al de las aves, fue incluido en el Atlas de las lenguas del mundo en peligro, con el objetivo de alertar e incentivar su rescate.

Es el caso también de las comunidades oaxaqueñas en México, donde 10 comunidades indígenas practican este lenguaje. Los habitantes mazatecos de la Sierra de Oaxaca, por ejemplo, se comunican de cerro a cerro silbando, para preguntarse cómo están, o avisar que ya está la comida. Para ellos es, incluso, una forma de entender mejor su relación con la naturaleza, y reconocer, con una humildad envidiable, que su lenguaje ya había sido inventado por las aves.

 

Actualmente, y según la UNESCO, 2, 500 lenguajes están amenazados, ya sea por vulnerabilidad ante los nuevos paradigmas tecnológicos, o a causa de las altas tasas de migración en busca de mejores oportunidades de empleo en las capitales. 

Conservar estas idílicas formas de comunicación es sin duda una tarea colectiva, en la que es elemental difundir la información y seguir realizando estudios al respecto que reafirmen la riqueza de estos sistemas lingüísticos por demás fascinantes y valiosos.