Hay lugares que imponen a tal punto que te invitan a olvidarte del yo. Cuando la belleza natural abraza, sólo hay lugar para sentir la experiencia y envolverte de ella. Al menos momentáneamente, el ego parece diluirse, para fundirse con el entorno –la naturaleza como máximo detonante de atisbos místicos–. Una experiencia del tipo surge de la contemplación de la laguna Verde.

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Situada en la Reserva Nacional de Fauna Andina Eduardo Abaroa, en territorio boliviano, cerca de la frontera con Chile, este sublime recinto de agua color esmeralda decora majestuosamente las faldas del volcán Licancabur.

La planicie del sitio y la calma del agua, en contraste con su alucinante tonalidad, hacen de la laguna una especie de templo erigido para honrar la serenidad. El color del agua se debe a su alta concentración de minerales. Paradójicamente, esta cualidad hace particularmente tóxica el agua del lago, inhibiendo la vida submarina, pero también la dota de una belleza inusual. Para complementar el extravagante paisaje, en cierta temporada decenas de flamingos se posan sobre la superficie, e imprimen un contraste sorprendente al paisaje.

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El volcán Licancabur (“montaña del pueblo”), que corona la laguna como una metáfora materializada, tiene una peculiar y galante forma de cono. Se trata de un volcán inactivo, cuya cima está cubierta de nieve. Este volcán divide literalmente la frontera entre Bolivia y Chil y es, sin duda, un precioso referente geográfico.

Detrás de la laguna Verde hay una cadena de montañas cuyos picos con nieve parecen, desde lo alto, un valle de nubes esparcidas. La sensación desértica de los alrededores, enmarcada por montañas andinas, y la presencia de un espejo de agua con gamas tonales deslumbrantes, hacen del lugar un épico rincón para los viajeros amantes de la fusión ontológica con la naturaleza.